Entusiasmo por el magisterio
Hace pocos días estuve en la graduación de maestras y maestros de primaria, preescolar y de la enseñanza especial.
Cuando llegué al teatro América inmediatamente tuve unos deseos enormes de no estar allí. Tal era el escándalo que la propia acústica del recinto amplificaba. Mientras lo comentaba con una colega me remonté a mi adolescencia y la primera juventud.
Creo que nosotros, los de entonces, no éramos más discretos que quienes esperaban en esa sala recibir sus títulos de graduados. Además, la propia decisión de ser educadores; de haber llegado a una de las metas en ese largo camino que es instruir y educar bien justificaba el superlativo entusiasmo.
A veces se nos va la mano cuando juzgamos a los demás; a veces se nos va la mano cuando juzgamos a los otros.
Entre los más de 320 egresados de esta segunda graduación de las secundarias “Fulgencio Oroz” y “Presidente Salvador Allende”, conocí a Nailyn Frances Recio y a David Díaz; ella de la enseñanza especial y él de la primaria.
A ella la motivó el magisterio cuando en la casa de una de sus mejores amigas conoció al hermano de esta, un niño con síndrome de Down. Me contó Nailyn que no podía desprenderse de aquel muchacho por lo amoroso y amable que era, y que ella comenzó a investigar cómo podía enseñarlo, cómo podía ayudarlo no solo a él sino a las personas con necesidades educativas especiales.
Y ese fue su primer paso hace cuatro años atrás antes de llegar al día de hoy que no es más que un alto en el camino para continuar ahora la licenciatura en la universidad, por supuesto, en la especialidad de enseñanza especial.
Por su parte, David tiene entre sus familiares: un abuelo maestro, su mamá y su papa también lo son. Dice que a él le viene en la sangre, que es un problema de tradición de familia.
David tuvo, al igual que Nailyn y aproximadamente ocho estudiantes más, el orgullo de llevar a su casa para esos que estaban esperando y no estaban en el momento de la graduación, un diploma distinguido como mejores graduados integrales. En el caso de David, entre los diez fue el único varón de las dos escuelas con semejante honor.
En ese momento me sentí dichosa en el teatro América; el acto de graduación quedó precioso y hasta recordé mis primeros andares hacia el periodismo, estudiando licenciatura en español y literatura. Realmente valió la pena soportar la euforia del inicio.
Las aulas, las niñas y los niños tendrán en septiembre a estos jóvenes que siendo adolescentes como “Ascunce” y “Conrado”, eligieron con madurez una de las profesiones más humanistas que existen. A estos les toca enfrentarla cuesta arriba ante desafíos tecnológicos y espirituales, en tiempos de crisis económica y formar a mujeres y hombres de bien en la Cuba de hoy pero con nuestros jóvenes y sé que a ellos les sobran fuerzas y optimismo en el empeño.
