La historia de Cuba habrá que reescribirla algún día

historia de cuba, mambisesEsta frase tantas veces oída en conversaciones de familia, de barrio, en centros de estudio, de trabajo, en almendrones y en casi todas partes, y que uno ha escuchado desde que tiene uso de razón, acudió una vez más a mi memoria cuando comencé a leer El Diario perdido de Céspedes, publicado por la editorial Boloña con prólogo del doctor Eusebio Leal Spengler. Yo llevaba años buscando este libro sin poder conseguirlo, hasta que lo encontré en la biblioteca de un pequeño pueblo de provincias que atesora, sorprendentemente, algunos títulos muy valiosos.

Aunque el Diario en cuestión no ha sido mi primera lectura sobre el Padre de la Patria cubana, Carlos Manuel de Céspedes, hacendado, patricio y abogado prestigioso de Bayamo que incendió la guerra de Independencia al dar la libertad a sus esclavos en 1868, en su ingenio La Demajagua, quedé atónita ante la revelaciones que hacen tanto Leal como el propio Céspedes, y que dejan para la posteridad páginas extrañas de la historia de Cuba, de las que no podemos enorgullecernos.

En su Prólogo narra Leal cómo sus búsquedas de este Diario le llevaron a la casa de un historiador que lo tenía en su poder, pero que se negó a entregárselo, mostrándole, sin embargo, documentos relacionados con la historia de Cuba que le arrancan a Leal la confesión de su enorme sorpresa y el comentario adusto de que nunca deberíamos olvidar que nuestros héroes, a quienes casi hemos deificado, eran por encima de todo, humanos con defectos y virtudes. A la muerte de este señor, la viuda remitió a Leal un paquete sellado para cumplir la última voluntad del difunto. Contenía, entre otros documentos, el último cuadernillo de los Diarios de campaña de Céspedes, que se creía definitivamente perdido.

Este Diario en el que el Padre de la Patria consignó sus experiencias, pensamientos y sentimientos durante sus últimos meses de vida, poco antes de ser depuesto vilmente de su cargo por la Asamblea que en ese entonces, encabezada por el marqués de Santa Lucía, lo suplantó en el mando de la República en Armas, fue requisado junto con otras pertenencias personales de Céspedes en el rancho que este habitaba cuando fue cercado por el batallón español de San Quintín, contra el que se batió sin más compañía que su pistola, y del que pretendió librarse lanzándose a un barranco en una acción que recuerda la inmolación de Martí, quien, dato macabro al mismo tiempo que épico y misterioso, llevaba prendida al pecho la escarapela de Céspedes con los colores patrios cuando fue muerto en Dos Ríos, como si el hado hubiera querido señalar a ambos hombres como unidos en un mismo destino de tragedia y traición , y como víctimas acusadoras de sus asesinos.

En el paquete recibido por Leal iba una carta que Ana de Quesada, la viuda de Céspedes, dirige a Manuel Sanguily desde su exilio en los Estados Unidos, reclamándole que le entregara el Diario, como había sido voluntad de Céspedes y consignado de su puño y letra en el primer folio del cuadernillo. Sanguily, en una respuesta que revela soberbia y desdén y es totalmente indigna de un caballero y de un patriota, replica a la viuda que el cuadernillo constituía legítimo botín de guerra de los españoles que habían capturado a Céspedes y tomado su cadáver, y que les fue comprado a ellos por su hermano Julio Sanguily por una fuerte suma de dinero, en vista de lo cual él no tenía ninguna obligación de entregárselo a ella. Esa fue la primera impactante sorpresa que encontré en mi lectura.

En cada página de ese Diario está retratado de cuerpo entero un patricio noble de alta cuna y exquisita educación, cuya familia había gozado de gran preeminencia en Bayamo casi desde los primeros años de la Conquista. Céspedes había recibido una excelente educación, había estudiado en España y viajado por varios países, hablaba varios idiomas, tenía vasta cultura universal, era un excelente esgrimista y jinete y un acerado jugador de ajedrez, un hombre de modales y gustos refinados, y al mismo tiempo austero, contenido, vigoroso y elegante. Dicen sus enemigos que era autoritario y deseaba ejercer un poder absoluto sobre los destinos de Cuba, pero lo que pude apreciar en monólogo torturado de Céspedes consigo mismo es un inmenso amor a su patria y una profunda preocupación por su futuro. Céspedes conocía bien a sus compañeros de armas y no confiaba en muchos de ellos ni les creía capacitados para conducir la guerra a buen término, y temía que los afanes de poder, la falta de experiencia en el mando y la incapacidad guerrera los hicieran precipitar a Cuba en un abismo. ¿Era un hombre arrogante? Es posible, pero no era ambicioso ni ruin, y las acusaciones de sus enemigos respecto a su deseo de beneficios personales resultan absurdas y ridículas, si se toma en cuenta que fue el primer hacendado cubano que renunció a sus posesiones para levantar a Cuba contra España.

La lectura del Diario revela cómo Céspedes fue despojado paulatinamente no solo de sus poderes como Presidente, sino, en los meses posteriores a su deposición, hasta de su dignidad humana. Fue poco a poco relegado a lugares cada vez más aislados y con condiciones más precarias de vida, hasta terminar en un ranchito que se inundaba con las lluvias. Sufría de trastornos digestivos y migrañas, perdió buena parte de su vigor físico, sus comidas eran malas y en un párrafo se queja de haber tenido que comerse “una desabrida lechuza”; otro día solo boniatos en mal estado. Fue regalando su ropa fina, y la que guardó para sí se la lavaban mal, se la entregaban húmeda y “con olor a moho”. A los militares que le habían sido cercanos la Asamblea los persiguió y los perjudicó como pudo. Se emplearon contra él y sus seguidores las tácticas más viles y vulgares, fue calumniado, despojado de todo, aislado de la guerra. Al final, solo era visitado por alguna que otra familia campesina y algunos negros libertos. Había solicitado un pasaporte para reunirse con su esposa y sus hijos, a quienes no conocía, pero la Asamblea se lo demoraba con toda clase de pretextos. Su correspondencia era abierta y leída antes de llegar a su destino. Le fue retirada la escolta. Los vejámenes y las humillaciones eran interminables y parecían como creaciones de una mente malévola.

¿Cómo llegaron a conocer los españoles su paradero? Un negro que había sido esclavo del marqués de Santa Lucía llevó la información al campo enemigo. El retiro de la escolta que debía proteger (y vigilar) al expresidente recuerda las extrañas circunstancias de Martí lavándose su ropa en el río, y la posterior asignación de un único soldado a su servicio, aquel Ángel de La Guardia casi niño que lo siguió al martirio. ¿Así debía ser tratado un General del Ejército Libertados…? No era así como vivían Gómez y Maceo, con nutridos Estados Mayores que los acompañaban en todos sus movimientos. A Céspedes y Martí les llamaba el pueblo Presidente, con la consiguiente ira de sus enemigos, que no estaban todos en el bando español. Los dos se volvieron personajes molestos para quienes consideraban que Cuba no debía ser repartida entre tantas bocas.

Céspedes vivía torturado por el alejamiento de su esposa y sus hijos, por la traición de los otros jefes insurgentes, sobre la personalidad de algunos de los cuales dejó en su Diario comentarios muy amargos y reveladores, que explican en cierto modo la decadencia moral de la alta oficialidad del mambisado después del fin de la guerra del 98, que desembocó en la camajanería de la República y llevó a la presidencia a hombres de tan pobre catadura moral como Menocal y José Miguel Gómez y asesinos como Machado. Ya advertía Céspedes con ojo sabio los muchos defectos de Estrada Palma y alertaba sobre su hipocresía y falsedad. A menudo escribió con su letra encogida para ahorrar papel: “¡Pobre Cuba!”. Y no se equivocaba. Le obsesionaba la idea de haber sido depuesto de su cargo, pero no por la pérdida de su preeminencia política y los poderes omnímodos que ella implicaba, sino por un sentimiento terrible de haber sido tratado con la más sucia injusticia y la más cruel alevosía, a pesar de lo cual jamás pierde su empaque de patricio. Como Abraham Lincoln poco antes de su asesinato, también tuvo Céspedes sueños premonitorios la noche antes de su muerte, cuando se vio en una iglesia contrayendo matrimonio con una novia velada a quien no pudo identificar, y vio aparecer en el umbral el espectro de su primera esposa acompañada por una dama vestida de negro y con el rostro también oculto. Atormentado por un profundo sentimiento de dolor, Céspedes narra que se arrojó a los pies de Carmelita y le pidió perdón entre lágrimas, completamente desesperado.

Puede sentirse en la escritura de Céspedes el nervio vivo de un hombre que sufre y que se siente profundamente humillado y solo. Es una voz que conmueve, una lectura que duele y desgarra el alma. Era un padre tierno y preocupado que envió a sus hijitos en el exilio pelos de su barba y sus cabellos, por temor a que no llegaran a conocerlo vivo. ¡Qué dimensión tempestuosa habrá tenido en su alma la decisión de permitir que los españoles asesinaran a su hijo Oscar, y qué supremo esfuerzo viril habrá tenido que hacer para obligar a sus labios a pronunciar aquella frase que fue sentencia para el hijo amado: “OSCAR NO ES MI ÚNICO HIJO…”.

Confieso que terminé la lectura del Diario perdido de Céspedes en un completo agotamiento emocional y en una muy turbadora confusión del ánimo. Quiso la casualidad que yo encontrara entre los libros de la biblioteca del pequeño pueblito de Pinar del Río, exactamente detrás del Diario de Céspedes, la biografía de Néstor Leonelo Carbonell (en cuya escritura tuve el honor de participar), aquel patriota casi anónimo que ayudó en Tampa a Martí a fundar el Partido Revolucionario Cubano.     Y ello me consolidó, aún más firmemente si eso fuera posible, en la convicción inquebrantable de que es necesario volver a escribir la historia de Cuba, pero solo después de haber segado pedestales. Y de haber encontrado las tres páginas del Diario de Campaña de José Martí que Máximo Gómez se tomó la atribución de arrancar en total desacato a la Historia de Cuba.

 

 

 

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