A tantos años de Volumen 1…

Universidad de las artes CubaNavegando por internet encontré un blog de una joven cubana estudiante de Arte, donde rememoraba la mítica exposición de artes visuales Volumen 1, evento del que por su edad ella no pudo ser testigo, y me gustó que alguien tan joven escarbara en la memoria de aquella década que no fue prodigiosa como los sesenta, pero que en ciertos aspectos fue fundacional para la cultura cubana.

También me provocó cierta tristeza teñida de nostalgia, porque aquellos fueron mis años de una adolescencia y una juventud pasadas hace mucho, y no hay modo de que eso no resulte desgarrador.

Yo tuve la oportunidad de participar desde dentro en la formación de aquel grupo de jóvenes pintores como José Bedia, Rubén Torres Llorca, Fords, Arturo Cuenca, Ricardo Brey, Consuelo Castañeda y Humberto Castro, formados en San Alejandro, donde fueron mis compañeros, y algunos en la ENA como Flavio Garciandía y Gustavo Pérez Monzón. No recuerdo de dónde procedían Edson y Leandro Soto, y no he querido verificar curriculums ni visitar posts de crítica para no contaminar la virginidad de mis recuerdos.

Menos a Cuenca, que estaba ya en segundo año, al grupo de San Alejandro lo conocí porque todos ingresaron en la escuela el mismo año en que lo hice yo. Creo que antes de que termináramos el primer curso ya ellos despuntaban como los más talentosos de esa promoción. Mi primer amigo fue Rubén.

No recuerdo exactamente cómo nos conocimos, pero creo que fue en un bebedero de la escuela que cruzamos las primeras palabras. Bedia estaba en mi clase, pero lo conocí a través de Rubén. Luego todos nos relacionamos en la primera Escuela al Campo que hicimos juntos, donde por las noches, después del trabajo, los alumnos mayores armaban en un rincón de alguna barraca un “cabaret” al que llamaban El Bhúo Nocturno, donde tocaban guitarra y cantaban los que sabían, entre ellos Gumersindo, un jabao de cabello color de paja y estatura de gigante, y María Luisa, una muchacha delgada y frágil con la piel traslúcida y la belleza sutil de las descendientes de asiáticos, aunque la estrella era Grajales, el profesor de Diseño, un hombre joven, mestizo, locamente bohemio y con una vena autodestructiva que puso un temprano fin a su vida. Grajales era el ídolo de todos, porque era afable, descomplicado, siempre risueño, chistoso y magnífico guitarrista y cantautor, aunque ahora sé que era un depresivo siempre intentando alejar las sombras que lo acosaban, irradiando una luz que se sacaba a la fuerza de no sé qué parte de su ser.

Recuerdo aquella época en San Alejandro como un panorama en el que existían en la escuela pocos, pero grandes grupos en los que se nucleaban los jóvenes. Poca gente de segundo año se unía a nosotros, los nuevos, y una excepción era Cuenca, siempre juguetón, irreverente y rebelde, junto a su amigo Reinaldo el Mono. Me encantaba Cuenca, con su ingenio de una brillantez inquieta y transgresora. Todos eran muy inteligentes, y aunque en el plano personal eran deliciosamente adolescentes, y en algunos casos realmente cándidos, como artistas siempre les conocí un pensamiento de extraordinaria madurez. Todo el tiempo que compartí con ellos fue una escuela de profundidad de reflexión, de búsquedas estéticas e interiores, y aunque su amistad y su contacto no pudieron hacer de mí lo que yo no podía ser, una pintora, haberlos conocido y escuchado fue muy importante para mi formación como artista.

Todos eran asiduos a la biblioteca de la escuela, para ellos no había horarios. Me maravillaban los libros y revistas que estudiaban, la mayoría sobre arte moderno, del que yo, salida de una secundaria de barrio y del seno de una familia de cultura clásica, no sabía nada. Verlos discutiendo con una lámina de Andy Warol en medio de ellos me inspiraba una veneración profunda, y auque algunos, como Bedia, eran más jóvenes que yo, siempre los respeté de acuerdo con la enorme distancia que me separaba de ellos. Ya entonces todos hablaban o chapurreaban inglés, lo que para mí ha sido siempre absolutamente imposible, y eso los hacía crecer en estatura ante mis ojos deslumbrados entonces por aquel mundo del arte que empezaba a descubrir.

Dije que eran deliciosamente jóvenes, sensibles, y no recuerdo haber visto jamás en ninguno de ellos una actitud de superioridad o de desdén hacia los que no estábamos dotados para el pincel. No eran elitistas, aunque como todo grupo humano se habían agrupado por afinidades, y había mucha gente dentro de la misma escuela que no les despertaba interés porque no compartían casi nada aparte de la matrícula y el aula. Pero como individuos, eran de una absoluta y hoy casi inconcebible naturalidad.

Les gustaba reunirse, las fiestas, disfrutaban enormemente de la playa. Recuerdo que para asistir a una fiesta en la Embajada de Polonia, donde Leandro Soto tenía una amistad, Ricardo se compró con su primer salario una camisa bacteria, un jean y unas gafas de sol, y yo estuve una semana bordándome con canutillo un fotingo de colores en el peto de un jumper que me había cosido la mamá de Rubén, por entonces mi suegra. Era tímidos, y cuando llegamos a la Embajada nos quedamos sobrecogidos en un rincón, con nuestras ropitas pobres, viendo cómo llegaban aquellas señoras con trajes largos y eran recibidas por el Embajador y su esposa con todo el protocolo diplomático. No sabíamos qué hacer hasta que llegó Leandro y nos presentó a Irena, la esposa del Embajador, si no recuerdo mal, quien nos trató con mucha gentileza porque percibió, tal vez, lo incómodos que nos sentíamos. Fue amiga del grupo por mucho tiempo.

Gustavo tenía una cabañita en Guanabo, un rinconcito muy humilde donde el grupo se reunía. Yo fui varias veces y guardo un recuerdo maravilloso de aquellos días. No teníamos dinero, pero cada uno llevaba lo que podía: pan, papas, arroz, huevos, spaguettis, y al final comíamos opíparamente y lo pasábamos como reyes hablando de arte, de estética, de artistas y de obras. Ellos hablaban de sus proyectos, intercambiaban ideas. Gustavo hacía yoga. Cuando comenzaron a graduarse ya teníamos dinero para alquilar casas en la playa, que eran entonces muy baratas, y hacíamos fiestas de disfraces donde ya despuntaba el espíritu instalacionista que ha marcado la obra de todos ellos.

Los recuerdo como un grupo de personas muy sanas de mente. Éramos libres, nadie nos controlaba, no había adultos ni represores, y sin embargo, no recuerdo ni un solo evento de los que hoy suceden con tanta naturalidad entre los jóvenes. Nunca vi drogas, nunca vi nada impropio relacionado con la sexualidad. Más bien eran recatados, algunos tenían sus parejas y no eran uniones de un día ni mucho menos. Rubén y yo estuvimos casados por corto tiempo, pero mientras duró fue una unión sólida y respetuosa de ambas partes. Bedia tenía una novia. Consuelo y Humberto eran pareja, una de las más emulsionadas que he conocido en mi vida. Ford tenía una esposa y un bebé. Una tarde en que fuimos todo el grupo a comer spaguettis a su casa, me llamó la atención que los jóvenes padres no intentaban aislar del ruido la cuna del niño. Ellos me explicaron que el pequeño iba a crecer en un ambiente de artistas y que era mejor que se acostumbrara al ruido. El “ruido” eran los discos de los Beatles, los Rollig Stones, el jazz, pues el grupo estaba tan informado en plástica como en el último grito de la música.

No faltaban ciertas notas esotéricas en el entorno, aunque ellos no eran adictos a las especulaciones metafísicas ni nada parecido, pero atraían sin proponérselo rarezas de esos terrenos del espíritu. Una tarde estábamos en la cabañita de Gustavo terminando de almorzar. Estaba cayendo uno de esos aguaceros que parece que van a borrar el mundo, cuando de repente alguien llamó a la puerta o entró por una ventana, nunca he podido recordar el dato. Gustavo lo dejó pasar aunque nadie sabía quién era aquel tipo bajito, calvito, con un gastado maletín negro en la mano. El hombrecito dijo llamarse Gabriel Laguna, cantante del Lírico y tarotista. No recuerdo quiénes de nosotros se hicieron un tarot aquella tarde. Rubén y yo lo hicimos y a él le salió la carta del Sol en posición dominante. Gabriel Laguna le dijo que le esperaba un futuro de grandes éxitos y que se convertiría en una persona importante en el mundo del arte. A mí me dijo que mi bienestar en la vida dependería siempre de que supiera mantener discreción en torno a mis pensamientos, cosa que, por desgracia, nunca he sido capaz de hacer. Recuerdo que me dio tristeza saber que a Rubén le esperaba un futuro luminoso mientras que el mío sería mediocre, y tuve en ese mismo momento la premonición de que nuestro tiempo juntos estaba ya contado. El misterioso tarotista regresó con nosotros en ómnibus para La Habana y nunca más lo volví a ver. Nos quedamos con la casi convicción de que era un agente que nos espiaba.

Lo cual era bastante absurdo, porque salvo Cuenca, que sí tenía muchas inquietudes de orden filosófico y cuestionaba duramente los mecanismos represores que se aplicaban entonces a la juventud, durante el tiempo que traté a los muchachos hubo dos territorios en los que nunca los vi moverse: lujuria y política. Solo una vez comentaron que a alguien, no recuerdo si a Gory, le habían retirado un cuadro o una foto de una exposición. En el San Alejandro de mi época el tema predominante eran las búsquedas estéticas. La primera obra expuesta que vi de Bedia en una galería de La Rampa mostraba ya su inclinación hacia la antropología, recuerdo que había estado buscando lanzas indígenas para hacerla. Y la primera obra de Gustavo que vi era una instalación, un mapa hecho con piedras. Tuve tiempo de leer la primera crítica que Gerardo Mosquera hizo de ellos, pero sus cometarios fueron, como siempre, sobre sus obras y sus búsquedas. Me divorcié de Rubén antes de que tuviera lugar la exposición Volumen 1. Me sorprendió el proceso de radicalización que lentamente se fue operando en ellos, y me sorprendió que comenzaran a marchar al exilio tras un éxito inicial que parecía asegurado en la isla. Pero ese fue el destino de casi todo el mundo.

He oído poco sobre ellos en todos estos años, incluso no supe que Gustavo realizó una exposición en La Habana en agosto de 2015. Me hubiera gustado saludarlo. Pero habrán cambiado, como sucede con todo el mundo. Cuando encontré en Internet una instalación de Rubén que es una foto muy antigua del grupo -tomada probablemente el mismo día de la inauguración de la muestra que cambió el camino de la plástica cubana-, montada sobre un papel tapiz de pared viejo y deslavado, y rodeada por un cable eléctrico enchufado en uno de sus extremos, pero sin conexión en el otro como símbolo de la comunicación perdida, me di cuenta de que el paso del tiempo no perdonó a los muchachos, y que pueden ser ciertos los rumores que han llegado a mí sobre desavenencias entre algunos de ellos que en su día fueron amigos entrañables. Conociendo a Rubén, conociendo su sensibilidad tan profunda y a mismo tiempo algo cínica (mezcla común en toda autodefensa ante el dolor), que haya titulado esta obra con el famoso verso de Vallejo “Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”, me clavó una puntada de dolor en ese rincón del espíritu donde uno guarda los recuerdos más queridos, aquellos que sirven de norte y ayudan a que uno no pierda el sentido de quién fue alguna vez, aunque ya haya perdido todo lo demás que configura una vida. Nunca quisiéramos que La Marea que Corroe Todas las Cosas alcanzara ese rincón de la memoria que es como un sanctum, pero cuando lo hace, cuando un golpe de esa marea azota allí, un pedazo de nosotros se desmorona ¡y como duele! Qué importante es el pasado para quienes no tenemos presente ya.

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