Neruda
El poeta chileno Pablo Neruda, Premio Nóbel de Literatura, presentado por el gran crítico Harold Bloom en su libro El cánon occidental como una de las figuras más importantes del idioma español de todos los tiempos, clasifica, sin duda, como una personalidad expansiva, o para decirlo de un modo más lírico, una personalidad telúrica tanto en su obra, que cuenta con más de 43 títulos publicados en vida (sin contar los póstumos) como en el amor, terreno en el que sus amantes más significativas alcanzan una cifra respetable: 10, siempre que tengamos en cuenta que aún sus biógrafos podrían descubrir otras amadas hasta hoy desconocidas.
Neruda es descrito por sus amigos y biógrafos como un hombre de elevada estatura y poco apuesto (pero yo diría que muy interesante), con una nariz prominente y dominadora, que fue sencillo y campechano en las primeras etapas de su vida y adquirió después modos más sofisticados y un tanto histriónicos, rebasado tal vez por su propia gloria, que lo obligó a desarrollar una suerte de personalidad pública rimbombante para estar a la altura de su inmensa estatura social. En la intimidad padecía flebitis y usaba siempre un calzado de talla mayor que la suya para aliviar sus dolores. A pesar o quizás por causa de su desempeño diplomático no le gustaba usar corbatas, y le encantaban las chaquetas a cuadros. Su hobby consistía en recoger objetos relacionados con el mar y en su casa de Isla Negra llegó a reunir una enorme colección de ellos, entre los que se contaban varios mascarones de proa.
La poesía eligió a Neruda desde los primeros años de su adolescencia. Él mismo se describe entonces como un joven delgado, lívido, que vestía de negro, usaba un sombrero alón y una larga capa negra que le daba un aire espectral, indumentaria que parece haber estado de moda entre los jóvenes aspirantes a poetas en el Chile de la época. Su intensa vida es bien conocida: sus éxitos literarios, su carrera diplomática, su amistad con las grades figuras del arte y la literatura de su tiempo, su papel en la Guerra Civil Española, su militancia comunista, su vida en Isla Negra, la persecución a que fue sometido por la dictadura de Pinochet, su muerte por cáncer de próstata y la sospecha de su asesinato por sicarios de la dictadura militar. Pero sus amores parecen un árbol que cada cierto tiempo tiene una renovada floración.
Los primeros brotes conocidos parecen haber visto la luz cuando el joven poeta tenía solo 14 años y fue cautivado por una amiga de su hermana Laura, llamada Guillermina Roheren. Unos años más tarde, cuando ganó en Temuco los Juegos Florales, conoció a Teresa León Battnes, coronada en ellos como Reina de Belleza, a quien apodó Terusa.
Albertina
Cuando comenzó sus estudios en el Instituto Pedagógico de Santiago de Chile inició una estrecha amistad con el también joven poeta Rubén Azócar, cuya hermana Albertina Rosa era su compañera en la clase de Francés. Albertina convalecía de un amor frustrado por otro joven cultivador de la poesía tan vestido de negro y con capa como el propio Neruda, a quien la familia Azócar rechazaba por encontrarse enfermo de tisis. Sin embargo, ella tuvo una relación con Neruda, como atestiguan las más de 100 cartas que él le escribió y ella conservó por más de sesenta años. Hubo una primera edición pirata de esas cartas debida a un pariente cercano suyo que las sustrajo de la casa de la anciana. Este hombre, dato curioso, era de derechas y delató y persiguió a Neruda durante décadas, al parecer impulsado por una especie de morboso amor-odio que le causaba la figura del poeta. Albertina inició una demanda judicial contra él, proceso que terminó devolviéndole su derecho sobre la mencionada correspondencia, de la que más tarde ella autorizó publicar una selección.
Albertina fue, sin duda, una mujer extraña desde su adolescencia. El poeta tísico, quien sintió por ella una pasión arrolladora, la describió como una jovencita de largos cabellos con una belleza “pálida, blanco invierno” con “ojos color té” (que Neruda comparó con “las llamas del crepúsculo”) y “un aroma amable y lujurioso”. Pero era incurablemente silenciosa, con una capacidad para callar que provocaba en la romántica mentalidad de Neruda un efecto casi hipnótico. Parece que su silencio no era solo verbal, sino que también se extendía en su cerebro a las áreas de la escritura, puesto que tampoco respondía con asiduidad las cartas que Neruda le enviaba, de lo que el poeta se queja lastimero en una de las tatas misivas que le dirigió:
Pequeña, ayer debes haber recibido un periódico, y en él un poema de la ausente (tú eres la ausente). ¿Te gustó, pequeña? ¿Te convences de que te recuerdo? En cambio tú. En diez días, una carta. Yo, tendido en el pasto húmedo, en las tardes, pienso en tu boina gris, en tus ojos que amo, en ti. Salgo a las cinco a vagar por las calles solas…. […] He peleado con las numerosas novias que antes tenía, así es que estoy solo como nunca, y estaría como nunca feliz, si tú estuvieras conmigo.
Parece ser que en algún momento entre la publicación en 1923 de su primer libro, Crepusculario, y 1927, y por tanto en medio de su larga relación con Albertina, Neruda vivió un intenso y fugaz romance de un año con una estomatóloga chilena de nombre Olga Margarita Burgos, la primera mujer admitida en el Liceo Fiscal de Talca y cuyos estudios terminó después en Alemania. Se conocieron cuando ella, impresionada por la lectura de Crepusculario, fue a verlo personalmente para comunicarle sus opiniones sobre sus versos. Él le autografió un ejemplar con la siguiente dedicatoria: «A Olga Margarita en el tiempo de las violetas». Y enseguida salió a la calle a comprar un ramo de esas flores para obsequiarlas a su admiradora. En la única fotografía de ella que he visto, tomada en su clínica, aparece con su bata blanca como una mujer alta y de hermosa presencia. Contrajo matrimonio en 1934 con un amigo de Neruda, quien dejó al matrimonio un apartamento de su propiedad. Olga guardó en el mayor secreto las cartas y fotos que Neruda le envió y a su muerte las dejó a su nieta Rosario, quien decidió publicarlas.
En 1927 Neruda recibió un ascenso social tan oscuro como exótico: fue nombrado Cónsul de Chile en Birmania, Ceylán, Java y Singapur. Durante esos años de separación física (pues no parece que la relación estuviera rota) Neruda escribió muchas cartas a Albertina en hojas de hoteles, tarjetas postales, servilletas y en todo lo que soportara la escritura, en las que le repetía que lo abrumaba la soledad y le suplicaba desesperadamente que se reuniera con él. La llamaba “Lombriz regalona”, “Moscosa mía”, “Rana”, “Culebra”, “Araña”, “Escarabajo”, “Mala pécora”, “Muñeca adorada”, “Pequeña canalla”, “Moscosa de los recuerdos”, “Ratoncilla”, “Caracola”, “Fea mía”, “Abeja”…, pero Albertina no se conmovió, o quién sabe si su familia intervino en el romance llevándosela en un largo viaje a Europa, como antes lo hizo para separarla del poeta tísico. Ella siguió guardando silencio. En diciembre de 1929 Neruda le escribió desesperado: “Me estoy cansando de la soledad, y si tú no vienes trataré de casarme con alguna otra”, pero los novios nunca se reunieron. La última carta de Neruda a la amada indiferente, fechada el 11 de julio de 1932, dice: “Tengo tanto que hablarte, reprocharte, decirte. Me acuerdo de ti todos los días (…) Aún no sé qué te pasó en Europa. No entiendo aún por qué no fuiste (por qué no se reunió con él en Indonesia)”. Desde diciembre de 1931 se había casado con otra mujer.
Sin embargo, Neruda y Albertina de algún modo continuaron siendo amigos. Años después el poeta Jorge Edwards la encontró participando en una velada de amigos en la casa de Neruda y Delia del Carril. Acompañaba a Albertina su esposo borracho. En 1953 Neruda dedicó a ambos un libro suyo: “A Ángel y Albertina, hermanos de todos los tiempos. Pablo, 1953”.
Guillermina, Teresa y Albertina fueron las tres musas principales de Veinte poemas de amor y una canción desesperada, probablemente el libro de versos en español más leído del siglo XX. Aunque se sabe que hubo otras dos: Laura, mujer casada, y María Parodi, pero no encontré muchos datos sobre la relación de Neruda con ellas.
Josie Bliss
Durante su desempeño consular en Birmania, Neruda, a quien realmente pesaba mucho su soledad oriental que era casi un exilio, se enredó en un idilio de violenta intensidad con una joven birmana llamada Josie Bliss. El poeta la presenta de un modo apasionado en sus Memorias:
Me adentré tanto en el alma y la vida de esa gente, que me enamoré de una nativa. Se vestía como una inglesa y su nombre de calle era Josie Bliss. Pero en la intimidad de su casa, que pronto compartí, se despojaba de tales prendas y de tal nombre para usar su deslumbrante sarong y su recóndito nombre birmano. [El romance duró unos meses, hasta que] …la dulce Josie Bliss fue reconcentrándose y apasionándose hasta enfermar de celos… A veces, de noche, me despertaba la luz encendida y creía ver una aparición detrás del mosquitero. Era ella, apenas vestida de blanco, blandiendo su largo cuchillo indígena, afilado como una navaja de afeitar, paseándose por horas alrededor de mi cama sin decidirse a matarme. Con eso, me decía, terminarían sus temores. Al día siguiente preparaba curiosos ritos para asegurar mi fidelidad. Por suerte recibí un mensaje oficial que anunciaba mi traslado a Ceilán. Preparé mi viaje en secreto y un día, dejando mi ropa y mis libros, salí de la casa como de costumbre y entré al barco que me llevaba lejos. Dejaba a Josie Bliss, especie de pantera birmana, con el más grande dolor. Apenas comenzó el barco a sacudirse en las olas del golfo de Bengala empecé a escribir mi poema Tango del viudo, trágico trozo de mi poesía dedicado a la mujer que perdí y me perdió, porque en su sangre apasionada crepitaba sin descanso el volcán de la cólera.
Poco después de esta huída, Josie Bliss reapareció de forma inesperada en la vida del poeta, quien describe el suceso en sus Memorias de forma deliciosa:
Inesperadamente, mi amor birmano, la torrencial Josie Bliss, se estableció frente a mi casa. Había viajado hasta allí desde su lejano país. Como pensaba que no existía arroz sino en Rangún, llegó con un saco de arroz a cuestas, con nuestros discos favoritos de Paul Robeson y con una larga alfombra enrollada. Desde la puerta de enfrente se dedicó a observar y luego a insultar y agredir a cuanta gente me visitaba, consumida por sus celos devoradores, al mismo tiempo que amenazaba con incendiar mi casa. Recuerdo que atacó con su largo cuchillo a una dulce muchacha inglesa que vino a visitarme.
Nuestra coexistencia era imposible y por fin un día se decidió a partir. Me pidió que la acompañara hasta el barco. Cuando éste estaba por salir y yo debía abandonarlo, se desprendió de sus acompañantes y besándome en un arrebato de dolor y amor me llenó la cara de lágrimas. Como en un rito me besaba los brazos, el traje, y, de pronto, bajó hasta mis zapatos, sin que yo pudiera evitarlo. Cuando se alzó de nuevo, su rostro estaba enharinado con la tiza de mis zapatos blancos. No podía pedirle que desistiera del viaje, que abandonara conmigo el barco que se la llevaba para siempre. La razón me lo impedía, pero mi corazón adquirió allí una cicatriz que no se ha borrado, aquel dolor turbulento, aquellas lágrimas terribles rodando sobre el rostro enharinado, continúan en mi memoria.
Lo que Neruda no confiesa en sus Memorias es que fue él quien obtuvo de las autoridades ceylanesas la expulsión de la isla de aquella “terrorista del amor”, como él mismo la llamó. Pero la mejor descripción de la personalidad salvaje y extraña de esta Josie Bliss la hizo en su poema Tango del viudo:
Oh Maligna, ya habrás hallado la carta, ya habrás llorado de furia,
y habrás insultado el recuerdo de mi madre
llamándola perra podrida y madre de perros,
ya habrás bebido sola, solitaria, el té del atardecer
mirando mis viejos zapatos vacíos para siempre
y ya no podrás recordar mis enfermedades, mis sueños nocturnos, mis comidas,
sin maldecirme en voz alta como si estuviera allí aún
quejándome del trópico de los coolíes corringhis,
de las venenosas fiebres que me hicieron tanto daño
y de los espantosos ingleses que odio todavía.
Maligna, la verdad, qué noche tan grande, qué tierra tan sola!
He llegado otra vez a los dormitorios solitarios,
a almorzar en los restaurantes comida fría, y otra vez
tiro al suelo los pantalones y las camisas,
no hay perchas en mi habitación, ni retratos de nadie en las paredes.
Cuánta sombra de la que hay en mi alma daría por recobrarte,
y qué amenazadores me parecen los nombres de los meses,
y la palabra invierno qué sonido de tambor lúgubre tiene.
Enterrado junto al cocotero hallarás más tarde
el cuchillo que escondí allí por temor de que me mataras,
y ahora repentinamente quisiera oler su acero de cocina
acostumbrado al peso de tu mano y al brillo de tu pie:
bajo la humedad de la tierra, entre las sordas raíces,
de los lenguajes humanos el pobre sólo sabría tu nombre,
y la espesa tierra no comprende tu nombre
hecho de impenetrables substancias divinas.
Así como me aflige pensar en el claro día de tus piernas
recostadas como detenidas y duras aguas solares,
y la golondrina que durmiendo y volando vive en tus ojos,
y el perro de furia que asilas en el corazón,
así también veo las muertes que están entre nosotros desde ahora,
y respiro en el aire la ceniza y lo destruido,
el largo, solitario espacio que me rodea para siempre.
Daría este viento del mar gigante por tu brusca respiración
oída en largas noches sin mezcla de olvido,
uniéndose a la atmósfera como el látigo a la piel del caballo.
Y por oírte orinar, en la oscuridad, en el fondo de la casa,
como vertiendo una miel delgada, trémula, argentina, obstinada,
cuántas veces entregaría este coro de sombras que poseo,
y el ruido de espaldas inútiles que se oye en mi alma,
y la paloma de sangre que está solitaria en mi frente
llamando cosas desaparecidas, seres desaparecidos,
substancias extrañamente inseparables y perdidas.
María Antonieta Hagenaard
De su noviazgo con la serena y casi muda Albertina pasó Neruda a la borrascosa relación con su fiera birmana, y tras esta aventura contrajo matrimonio en Java, en diciembre de 1931, con una joven mestiza de holandés y malayo. Neruda pidió a su amigo Ángel Cruchaga, poeta y editor de una revista, que publicara la foto de la boda en la primera página para que Albertina supiera que la había olvidado. El amigo lo complació, pero Neruda volvió a frustrarse, pues Albertina demoró cuatro años en devolver el guante bajo la forma de su matrimonio con el propio Cruchaga.
Todos los testimonios que se han conservado sobre Maruca (forma criolla que Neruda dio a Maryka, nombre holandés de su mujer) la describen como una mujer muy blanca y con cabellos negros y ensortijados, de elevada estatura que correspondería con la exigida a las modelos actuales, con un rostro de expresión enigmática aquejado de un ligero prognatismo, pero ciertamente bello. Hierática, “fría como el mármol”, “insulsa” llegan a llamarla, y afirman que no le atraía la vida nocturna y bohemia de Neruda y trató de apartarlo de todos sus amigos. Sin embargo, cuando Neruda llegó a Chile con su esposa, quien de inmediato fue rechazada por la familia del poeta, ella, que apenas hablaba español, entabló una profunda amistad con la escritora María Luisa Bombal, gran amiga de su marido, y se integró perfectamente al cogollito femenino de la Bombal. Tengo pocos datos sobre Maruca, pero me parece que en Chile no fue bien comprendido su majestuoso estilo del Norte.
Incluso antes del nacimiento de la niña ya la holandesa era una esposa solitaria. Algunos testimoniantes recuerdan haberla visto esperando a Neruda a altas horas de la madrugada fumando con visible angustia en el balcón del apartamento que ocupaban. Neruda se refería a ella como la Giganta, cuenta en sus Memorias que tenía un apetito formidable y, cuando vivían en Madrid, en más de una ocasión devoró la única lata de pescado que los magros ingresos del Cónsul les permitían, mientras él la miraba comer en resignado silencio. Tengo la impresión de que la detestaba. En alguno de sus poemas escribió: “No sé por qué me casé en Batavia”. Desde el inicio la relación fue mal, como demuestra esta cita que tomé de alguna parte:
Ya casados, se toman una foto parecida a esas que cuelgan en las salas de los hogares de provincia y que suelen iluminar los farautes, como llaman a esos curiosos buhoneros que van por los pueblos, de casa en casa, ofreciendo poner color a viejas fotos de tonalidades sepia o verde musgo. Ella lleva un sombrerito del que se escapa la tupida melena. Las dos cabezas al mismo nivel revelan casi idéntica estatura. El ya no es flaco; ni triste, ni contento, sino cerrado. Maruca sería linda si no estuviese tan triste; la boca muy roja no sonríe y hace juego con los grandes ojos apagados; los arcos de las bien diseñadas cejas sugieren más que interrogación, una resignación melancólica.
En 1934 a la pareja le nació una hija, a la que el padre nombró Malva Marina, muy en consonancia con su afición por el océano. La niña padecía hidrocefalia y los médicos decretaron que moriría pronto, pero vivió hasta los 8 años. Neruda escribió un poema titulado Enfermedades en mi casa, en el que expresa un desgarramiento absoluto ante la deformidad de su hija y su cruel destino. La lectura de esos versos no dejan duda sobre la autenticidad y hondura de su paternidad herida, pero tras su separación de Maruca Hagenaard, que en Chile no fue reconocida legalmente, nunca más habló con nadie sobre la niña y es probable que tampoco volviera a verla. No parece haber sido un hombre estructurado para el dolor.
Tiempo después Maruca fue llevada a Santiago por los enemigos políticos de Neruda, quien por entonces deseaba contraer matrimonio con Matilde Urrutia. Maruca ofreció concederle al poeta la anulación de su matrimonio a cambio de un millón de pesos, que Neruda se negó a darle aunque aceptó negociar por una cantidad más razonable. La amiga de Neruda que visitó a Maruca en calidad de mediadora cuenta que fue recibida por la holandesa con fría corrección. Ante su disuasiva observación de que no se puede poner precio a las horas de felicidad y de amor, Maruca respondió: “Es inútil, pensamos muy distinto. Yo no transijo”.
Maruca terminó viviendo en la casa de la pintora María Tupper, una enorme residencia con muchas habitaciones y con fama de estar poblada por espíritus que causaban constantes fenómenos de manifestación. No le caía bien a su huésped porque aunque Neruda le pasaba una pensión, siempre estaba lamentándose de su mala suerte (que era, desde luego, muy real). La pintora llegó a pensar que Maruca emanaba energías negativas capaces de crear verdaderos estragos y turbulencias en el interior de la mansión. Probablemente lo que más desorganizaba a la Tupper era la costumbre de Maruca de permanecer encerrada en su habitación hasta la madrugada y con la luz encendida, y nadie se explicaba qué hacía durante esas largas horas. Una noche la Tupper ordenó a una sirvienta que tomara una escala de manos y subiera al segundo piso del inmueble para espiar a la holandesa a través de su ventana. La criada obedeció y poco después volvió junto a su señora casi muda de espanto. Dijo que no había podido verle la cara a la estrafalaria, pero “Señora, está comiendo pan, habla sola y tiene tres sombreros puestos…”.
Delia del Carril
Delia del Carril parece haber sido, entre todas las amadas de Neruda, la que poseyó la personalidad más equilibrada y polifacética, la única asertiva. Pertenecía a una riquísima familia de hacendados con ascendencia gallega y escudo de armas, llegada a la Argentina a mediados del siglo XVIII. Su marca heráldica consistía en un arado entre dos espigas de oro con una leyenda en letras de plata que rezaba: “Surco de mi arado, oro cosechado”. Su padre fue Diputado Nacional y Vicegobernador de Buenos Aires. La quinta de catorce hermanos, Delia nació en 1885. Aquella niña de ojos verdes que nunca perdieron el asombro de su primer descubrimiento del mundo tuvo
…institutrices extranjeras de grandes sombreros, profesores, choferes, cocineros franceses, viajes en barco con vaca a bordo para la leche fresca de los niños; veraneos en Biarritz o San Sebastián, ocupando todo un piso del hotel, y una mansión en Buenos Aires. […] Libros, teatro, cultura musical, importantes amistades, belleza, cabalgatas por Palermo y una aguda sensibilidad configuran una joven mujer capaz de distinguir el otro mundo paralelo que subyace en la carencia y por el que siempre luchará.
Era cuñada del escritor Ricardo Güiraldes, autor de la icónica novela Don Segundo Sombra, y amiga íntima de Victoria Ocampo, reina de la vida cultural bonaerense y una de las más importantes promotoras de la cultura latinoamericana en Europa. Contrajo matrimonio con el millonario argentino de ascendencia holandesa Adam Diëhl Algelt, intelectual, propietario de hoteles (era dueño del hotel Formentor, uno de los más bellos de Mallorca), con quien pasó una fabulosa y exéntrica luna de miel en Alaska. Según rumores también era “sádico, banquero y playboy”. La pareja se instaló en París, donde Delia estudió pintura con Andre Lhote y Fernand Leger. Conoció a Picasso y a Luis Aragón, y frecuentó asiduamente el mundo artístico-intelectual donde fue amiga de todos. A los nueve años de casada se separó de su marido y volvió a Argentina, donde con su hermosa voz de tiple incursionó –sin éxito- en el canto, al que siempre había sido aficionada. Poco después regresó a París y de allí pasó a una España en plena efervescencia republicana. Una tarde conoció a Neruda en el apartamento del poeta español Rafael Alberti. Delia tenía en aquel momento cincuenta años y era 24 mayor que Neruda, pero era bella, distinguida, inteligente y culta y, sobre todo, poseía un capital económico y social de muy estimable magnitud, pues conocía a todo el mundo y tenía muchas relaciones que serían de gran utilidad para impulsar la carrera diplomática y poética de su joven amante. Por su alegría y su disposición a ayudar sus amigos la apodaban La Hormiga, nombre que Neruda le mantuvo.
A pesar de su edad, sus dotes artísticas, su posición social y sus muchos pretendientes, no parece que Delia tuviera lo que se llama una vida propia. Poseía grandes dones para las artes plásticas, pero aún no se había dedicado en serio a ello y pasaba la mayor parte de su tiempo disfrutando de una vida nocturna y bohemia en compañía de los muchos artistas de todas las profesiones que formaban entonces el mundo cultural de París. Como quien dice, Delia del Carril se ocupaba de vivir intensamente, de modo que cuando comenzó su relación con Neruda y descubrió la afinidad política y cultural que los unía, se integró al mundo de su compañero con verdadero fervor. Se convirtió humildemente en su secretaria, su mecanógrafa, le presentó editores importantes y grandes personalidades que significaron oportunidades decisivas para el poeta, y trabajó hombro con hombro con él en la lucha ideológica contra el fascismo y contra Franco, que los llevó a preparar más de un barco para enviar a Chile a miles de españoles salvados de los campos de concentración franceses. Sin embargo, no fue una mujer-sombra y los biógrafos de Neruda reconocen que cuando ellos se encontraron y se unieron ya Delia poseía una personalidad completamente formada y madura, y era incluso una marxista convencida. Fue su igual, su colaboradora, su compañera de vida en el más amplio sentido del concepto. Vivieron como amantes 18 largos años. Neruda nunca se casó con ella o ella nunca se interesó en hacerlo, pero tuvieron casa juntos en Madrid, París y Santiago de Chile, donde recibieron a lo más granado de la intelectualidad occidental y llevaron una vida social extraordinariamente activa. En Madrid la estrella de sus tertulias fue Federico García Lorca, el amigo más cercano de Neruda, y la broma preferida de quienes en ellas se reunían era llamar por teléfono a Juan Ramón Jiménez para burlarse de los colorcitos pastel que había regado con mano generosa entre las páginas de su Platero y yo.
Todos los amigos de la pareja consideraban a Delia una persona extremadamente simpática y hasta cómica, capaz de pintarse la cara con dentífrico para hacer reír a sus invitados, y alguno afirmaba en broma que la mejor manera de morir era comer su comida, porque era una funesta ama de casa. Una anécdota recogida por sus biógrafos cuenta cómo después de una fiesta en la casa que compartía con Neruda, mientras Delia se paseaba con la testimoniante por el jardín se encontraron un tenedor sobre la hierba; Delia lo miró y comentó con displicencia a su acompañante: “Mira por donde andan los tenedores en esta casa”, y no se agachó a recogerlo. “Pero tenía el don de la más desbordante cordialidad. Parecía que nunca se aburría y que disfrutaba con cada ser humano que trataba”, y todos recuerdan con gratitud su corazón generoso y su elevado sentido de la amistad.
Al contrario de Maruca, Delia era una diva intelectual y poseía esa clase de personalidad magnética que atrae a los demás como un imán. Fue con ella con quien Neruda descubrió Isla Negra y la casa en que después vivió hasta su muerte. Él y Delia la arrendaron para pasar los fines de semana, probablemente sin que ella sospechara que nunca la habitaría, y él, que sería su hogar definitivo con otra mujer.
Sin embargo, ninguna de sus muchas cualidades humanas y ventajas económica y sociales le sirvieron a Delia para retener a Neruda, quien, durante su convalecencia en una clínica por causa de un accidente automovilístico, recibió como enfermera de buena voluntad a una chilena de cabellera de fuego llamada Matilde Urrutia. Matilde era, como Delia, también aficionada al canto, pero además escritora, y el poeta se prendó de ella de inmediato. Poco después Neruda y Delia partieron para Capri, y Matilde viajó con ellos sin que Delia lo supiera. Una vez en la isla griega del Amor, Neruda se las arregló para hacer volver a Delia a Santiago con cualquier pretexto y se quedó viviendo su romance con la voluptuosa nueva amante, a la que llamaba La Chascona (La Despeinada), y para quien construyó una casa de igual nombre en Santiago, donde ambos vivieron sus amores clandestinos hasta que Delia descubrió el triángulo amoroso y desertó de la vida del poeta sin una queja y con la misma clase que mantuvo en todos los momentos de su vida. Ella tenía entonces casi 70 años. Se quedó viviendo en Michoacán, la casa que ella y Neruda habían construido, mantuvo sus amistades de siempre y se rodeó de un grupo de artistas jóvenes. Se reveló a esa edad como una de las mejores grabadoras de Chile. Se especializó en figuras de caballos. Los expertos dicen que tenía mucho talento y sus obras son de gran calidad y fuerza expresiva. Sus amigos jamás la abandonaron, al contrario de lo que sucedió con Maruca, quien tuvo muy pocos amigos propios y cuando Neruda salió de su vida todo el mundo la dejó sola con sus tragedias. Delia alcanzó a vivir 100 años y conservó su lucidez casi hasta el final. Cuando murió solo recordaba algunas canciones francesas de su infancia. Quienes fueron sus íntimos aseguran que jamás volvió a mencionar a Neruda, salvo en una ocasión en que dijo a alguien, refiriéndose a la producción poética de Neruda posterior a su relación: “Ese hombre necesita que alguien le diga que no abuse de su talento, que se haga mayores exigencias. Todos celebran como genial cuanto hace y lo malo es que él parece creerlo”. Dada su cultura enciclopédica y su buen gusto artístico, tal vez estemos en presencia de un juicio crítico digno de atención.
Matilde Urrutia
Matilde nació en Chillán, Chile, en 1912. Era de extracción popular y parte de una familia numerosa que pasaba dificultades para subsistir. Cuando Neruda la conoció él tenía 46 años, pero no pudieron casarse hasta 1966, tras la muerte de Maruca. Algunos investigadores creen que ella tuvo un pasado algo turbio en su juventud, cuando fue la pareja de un argentino que traficaba con campesinas chilenas con destino a la prostitución, pero la participación de Matilde en esos delitos no ha podido probarse.
Fue Matilde la musa inspiradora de Los versos del Capitán, donde aparece bajo el seudónimo de Rosario de la Cerda. Neruda publicó anónimamente este libro, pues no quería irrespetar a Delia, con quien estaba unido todavía. Lo dedicó a Matilde con estas palabras de infinita belleza:
Señora mía muy amada, gran padecimiento tuve al escribirte estos mal llamados sonetos y harto me dolieron y costaron, pero la alegría de ofrecértelos es mayor que una pradera. Al proponérmelo bien sabía que al costado de cada uno, por aficción electiva y elegancia, los poetas de todo tiempo dispusieron de rimas que sonaron como platería cristal o cañonazo. Yo con mucha humildad hice estos sonetos de madera, les di el sonido de esta opaca y pura sustancia y así deben llegar a tus oídos. Tú y yo caminando por bosques y arenales, por lagos perdidos, por cenicientas latitudes, recogimos fragmentos de palo puro, de maderos sometidos al vaivén del agua y la intemperie. De tales suavizadísimos vestigios construí con hacha, cuchillo, cortaplumas, estas madererías de amor y edifiqué pequeñas casas de catorce tablas para que en ellas vivan tus ojos que adoro y canto. Así establecidas mis razones de amor te entrego esta centuria: sonetos de madera que sólo se levantaron porque tú les diste vida.
Octubre de 1959
Una amiga de Neruda ha descrito a Matilde como
… una mujer chilena, chillaneja pragmática, llana, producto de una familia absolutamente popular, que cantó en la guitarra desde niña chica, con una familia numerosísima, criada en un medio semi-rural como es Chillán, que hace un gran esfuerzo por desarrollar su vida, que lucha por salir adelante, trabaja en distintas cosas, tiene muy poca formación cultural, pero es muy inteligente. […] Era espontánea, fuerte, voluntariosa y capaz.
Era muy bella, según se aprecia en las fotografías, aunque la suya no fuera una belleza etérea y espiritual como la de Albertina, Maruca y Delia. Poseía un cuerpo fuerte y voluptuoso, la piel morena, y una cabellera pelirroja bastante inusual en una mujer de su biotipo. Pero sobre todo era de carácter firme y dominador, y muy pronto redujo a Neruda a una completa dependencia de ella. La pareja se instaló en Isla Negra y no hay dudas de que durante muchos años vivieron un gran amor. Paseaban juntos a la orilla del mar, tomados de las manos, y fue con ella con quien Neruda inició sus famosas colecciones de caracoles y mascarones de proa que se hicieron célebres en el mundo entero. El alma poética de Neruda identificaba a Matilde con el espíritu de la tierra misma, con lo vegetal, con la Naturaleza. Sostuvieron una relación erótica plena de pasión, y esa fue exactamente la misma palabra que usó Neruda durante una conversación con una amiga suya y de Delia, ante quien intentaba justificar su naciente relación tripartita: “Delia será siempre mi esposa, mi reina, pero ella tiene que entender que yo tengo que tener una pasión”.
Si bien Matilde compartió los años de mayores éxitos literarios y políticos de Neruda y fue junto a ella que él recibió el Premio Nobel, no es menos cierto que también lo acompañó durante los duros años de persecución a que lo sometió la dictadura militar de Pinochet, y estuvo tan expuesta como él a los peligros que entrañaba esa situación de tan precario equilibrio. Ella no poseía el encanto personal y la cordialidad que caracterizaron a Delia, y su carácter difícil era proverbial entre quienes trataban con la pareja, incluso entre lo amigos de su círculo más íntimo. Ella hizo de la casa de Isla Negra un santuario al que muy pocos tenían acceso. Se ocupó personalmente de los asuntos de Neruda y no permitía que nada ni nadie perturbara su trabajo y su aislamiento.
Cuando Neruda murió en 1973 en una clínica, aquejado de un cáncer de próstata a la edad de 70 años, Matilde hizo velar sus restos en las ruinas de la casa que ambos tenían en Santiago y que había sido destruida y anegada por los sicarios pinochetistas. El funeral se convirtió en un acto político al que asistieron muchas personalidades de la cultura chilena, quienes en franco desafío cantaron La Internacional para despedir al poeta militante. Después del entierro algunos de los presentes jamás volvieron a ser vistos y pasaron a formar parte de las listas de desaparecidos.
.Una amiga común de la pareja se refirió a Matilde en estos términos:
Fue admirable en la defensa de los intereses de Pablo, de absoluta generosidad en ese sentido porque no malgastó ni se dio ningún lujo para nada, vivió con suma parquedad para mantener el acervo financiero que ella sabía que sería el sostén de una Fundación que Pablo había querido hacer desde el año 54 y que no alcanzó a hacer porque murió sin testar.
Matilde dedicó su viudedad a la creación de la Fundación Pablo Neruda, que había sido uno de los sueños de Neruda, quien deseaba construir una institución donde ofrecer al pueblo su inmensa biblioteca y todos los tesoros de conocimiento que había reunido a lo largo de su existencia viajera. A ella se debe que la casa de Isla Negra sea hoy un museo que perpetúa la memoria de uno de los más grandes poetas del siglo XX
Alicia Urrutia
Sin embargo, aunque Matilde Urrutia ha pasado a la Historia como el último y más grande amor de Pablo Neruda y fuente de inspiración de su mejor poesía, existió aún otra mujer en la vejez del coloso, una del mismo apellido, puesto que era sobrina de Matilde y ella misma la había traído a la casa de Isla Negra, con su hija sin padre conocido, en calidad de asistente. Al parecer, Matilde trató con severidad a su sobrina Alicia, de 25 años, a quien relegó a labores de criada y a quien no permitía sentarse con ellos a la mesa en los horarios de comidas. No existe información fidedigna sobre qué motivó el interés de Neruda en la muchacha, pues los biógrafos difieren en sus especulaciones sobre el tema, aunque Jorge Edwards aporta una observación interesante: vio a Alicia en la presentación de un libro en la que ella se le acercó para pedirle un autógrafo, y él la encontró físicamente idéntica a una versión juvenil de su tía. Alicia se enamoró perdidamente de Neruda. Mantuvieron una relación erótica muy fuerte, que lograron ocultar hasta que Matilde, sospechando que algo raro sucedía en su casa, anunció una tarde que saldría de compras y regresó antes de la hora anunciada. Encontró en su cama, completamente desnudos y enfrascados en pleno goce sexual, a su sobrina y a un Neruda de 70 años ya enfermo y carente de todo atractivo físico, pero aún vigoroso semental y con el corazón tierno presto a la seducción.
La reacción de Matilde fue violenta: recogió las pocas pertenencias de su sobrina y de la niña y las echó a ambas de Isla Negra. Su siguiente paso fue exigir a Neruda que pusiera tierra por medio entre ellos y Alicia, y Neruda tuvo que pedir al presidente Salvador Allende que lo destinara como embajador en París. Solo así logró aplacar la volcánica ira de Matilde y obtener su perdón. A ella sí no se atrevió a decirle como a Delia: “Tienes que entender que yo tengo que tener una pasión”.
Alicia y Neruda no volvieron a verse, pero mantuvieron una correspondencia que duró hasta la muerte del poeta. Existe una nota de cumpleaños escrita por Alicia a su viejo galán y recientemente descubierta, que conmueve por su candorosa sencillez:
Pablo amor, quisiera que esta carta te llegue el 12 de julio de tu cumpleaños. Pablo amor que seas feliz. Todas las horas del día y de la noche, estés donde estés y con quien sea, sé feliz, te recordaré, pensaré en ti alma mía. Mi corazón está tibio de amarte tanto y pensar en ti. Amor amado amor, te beso y te acaricio todo tu cuerpo amado. Amor amado amor amor amor mío amor. Tu Alicia que te ama.
Los biógrafos y críticos de Neruda afirman que su poemario La espada encendida fue inspirado por Alicia. En esa obra Neruda recrea un mito arquetípico: un hombre primitivo, una niña en la selva, un encuentro amoroso y la refundación de la vida. Un coleccionista privado especializado en Neruda ha descubierto un manuscrito de 14 páginas, titulado Álbum de Isla Negra, que contiene material confirmatorio de esa relación.
¿Semental, pervertido o un hombre que necesita reinventarse constantemente para crear?
Mi experiencia personal me ha permitido conocer más de un caso de artistas (en especial poetas) que parecen vivir en perpetuo estado de enamoramiento, cambiando su atención de una mujer a otra sin cesar. La gente dice que están enamorados del amor. Me ha costado muchos años de mi vida llegar a entender que el amor-pasión, con sus altas dosis de idealización y glorificación de la amada, es una fuerza que hace a la creación las veces de una placenta rica en savia vital, capaz de servir por sí sola de motor perpetuo para la regeneración de las fuerza espirituales que favorecen la inspiración. Y la creación es, probablemente el oficio más agotador que existe, por lo que los artistas necesitan regenerarse de continuo o quedan secos como la higuera de la parábola bíblica.
La mayoría de los amantes compulsivos que he conocido en el mundo del arte no se asemejaban en nada al semental típico, macho robusto de instintos primarios que come, bebe y fornica como si en ello consistiera su única misión sobre la Tierra. Neruda no era un enclenque y por su constitución se asemejaba al semental icónico, pero sin desdeñar el peso que tuvieron en su sexualidad las demandas eróticas de su naturaleza de fuego, insisto en que su estado permanente de amador espástico nacía, más que de insaciables hambres físicas, de una dilatación infinita de su imaginario poético, que le creaba necesidades que ninguna mujer por si sola hubiera podido satisfacer jamás. Comprendo que Neruda, siempre en la diana de sus incontables enemigos, que le odiaron por motivos políticos, personales y poéticos, siga siendo víctima por toda la Eternidad de fabulaciones irrespetuosas sobre su conducta erótica. Su gigantesca estatura de artista atrae, lógicamente, envidias de tamaño gigante y capaces de enormes osadías y juicios a menudo abocados a la superficialidad.
He querido reunir en este trabajo a todas las mujeres que Neruda amó con la suficiente intensidad como para hacerlas pasar a la Historia, para armar una especie de muestrario donde pueda apreciarse que ninguna de ella tuvo nada en común con las otras. Todas fueron diferentes, con personalidades y estilos marcadísimos y únicos. Si pudiéramos reunirlas a todas en un solo cuerpo que conservara la independencia de sus cabezas, nos encontraríamos con un monstruo de naturaleza divina que solo tiene parangón en las antiguas mitologías orientales. Este monstruo sería la representación metafórica de las diferentes etapas de la vida de Neruda. Para cada etapa el poeta buscó a la mujer específica, en un proceso que cada vez se repitió de modo instintivo y completamente subconsciente. Un pensamiento más inclinado hacia el esoterismo nos instilaría la idea de que el Universo, en su infinita sabiduría, puso cada vez en el camino de Neruda la mujer ideal para acompañarlo en ese tramo de su andadura. ¿Acaso podemos afirmar con entera certeza que el Universo no tenga esa cortesía con sus creaciones humanas más logradas…?
