El cementerio más grande del mundo
En las tertulias de amigos, cuando no se habla sobre un tema específico siempre surgen preguntas del tipo “Cuál es el edificio más alto del mundo, cuál fue la primera marca de automóvil, quién ha sido el modisto más célebre de Europa, quién es el mejor escritor de tal o cual país”, etc.
Esto puede convertirse también en un juego divertido que al mismo tiempo aumenta los conocimientos de los participantes y da lugar a situaciones cómicas cuando alguien se equivoca y recibe un castigo.
Una de las preguntas más tramposas y que suele atrapar a un mayor número de incautos que se consideran bien informados es esta: “Cuál es el cementerio más grande del mundo”. Ojo con la respuesta que parece más evidente, porque podría ser un error.
Según consta en estadísticas oficiales, enciclopedias y estudios culturales y urbanísticos internacionales, el cementerio más grande del mundo sería el de Wadi-us-Salaam, ubicado en Shia, en la ciudad sagrada de Najaf, Iraq, una necrópolis musulmana donde reciben sepultura los chiítas de ese país persa de religión islámica. Esta ciudad de los muertos tiene 6 kilómetros cuadrados y se calcula que alberga unos 5 millones de cadáveres. 
Sin embargo, existe un cementerio aún mayor que nadie tiene en cuenta a la hora de hacer cálculos probablemente porque no está a la vista, sino bajo tierra. Se trata de las famosas catacumbas de París, con más de 300 kilómetros de corredores laberínticos, capillas, salones y bóvedas, y más de 6 millones de muertos que duermen el sueño eterno en este tétrico vientre subterráneo bajo la ciudad más alegre y luminosa de Occidente.
Los corredores más antiguos de las catacumbas parisinas podrían tener más de 2000 años, mientras que el cementerio iraquí d
ata de aproximadamente 1 400. Los ocupantes romanos de París fueron los creadores de esta intrincada red de pasajes subterráneos que excavaron para usarlos como canteras, de donde extrajeron material para fabricar edificios, acueductos, iglesias, una muralla fortificada y otras instalaciones urbanas.
En 1786 la ciudad se expandía y sus necrópolis ya no tenían la capacidad suficiente para recibir todos los restos humanos generados por epidemias y hambrunas, en especial la epidemia surgida en el cercano barrio de Les Halles, causada por la deficiente inhumación de cadáveres sepultados en las iglesias cercanas, según era costumbre en la época.
En un intento por controlar la situación, el alcalde de París decidió que los cadáveres enterrados en cementerios y templos fueran trasladados a las catacumbas, por lo que toca a este funcionario el honor de haber sido el primero en idear utilizarlas como cementerio.
No obstante lo macabro de la decisión, las autoridades civiles y eclesiásticas tomaron medidas para que el traslado se efectuara con el mayor respeto hacia los restos de cristianos habitantes del otro mundo: la labor duró décadas, e traslado se hacía de noche en carretas cubiertas, en las que iban sacerdotes cantando rogativas por las almas a las que se molestaba de tal modo con el cambio de morada.
Cuando la ciudad comenz
ó a crecer hacia arriba, el peso de las edificaciones no pudo ser soportado por los cimientos, que se afianzaban sobre largas zonas de suelo hueco, y muchos edificios colapsaron, derrumbes que hasta hoy continúan, pues no es nada raro que un edificio o una casa de vecindad parisinos de repente se hundan tragados por la tierra, con la consiguiente perdida de vidas humanas y materiales. Es un espectáculo que ya no sorprende a los franceses.
Las catacumbas de París tienen muchas vías de acceso, pero se considera su entrada principal por el cementerio de Montparnasse. Solo un pequeño tramo de las catacumbas puede ser visitado con licencia de las autorid
ades, y quienes deseen recorrerlo tienen que descender ¡130 escale
ras!. Como es propio de los sitios subterráneos, el aire es pobre en oxígeno, denso, con una mezcla de olores que van desde aguas pútridas y estancadas a restos humanos, excremento de roedores y otras inmundicias. Después de las primeras cámaras aparece una inscripción que conmina al visitante a detenerse porque ha llegado al reino de la muerte. Si se traspasa este punto, comienzan a aparecer los osarios, que van del piso a los techos abovedados, y están formados por miles de huesos apilados de acuerdo con las partes del cuerpo a las que pertenecieron. Hay osarios de calaveras, de fémures, de costillares, dispuestos en un orden perfecto que impresiona por su prolijidad, como si se tratara de mercancías en los estantes de un bazar.
Pero las catacumbas de París no son solo ciudades muertas. En ellas también bulle la vida. Víctor Hugo describió en su novela Nuestra Señora de París un ejército de mendigos, criminales y seres deformes y enfermos que vivían en este antro del inframundo. Durante la Segunda Guerra Mundial la resistencia francesa utilizó los corredores para desplazarse a través de la ciudad y los nazis llegaron a construir en ellas un refugio antiaéreo con puertas metálicas, letrinas, habitaciones y otras instalaciones de uso básico para protección de sus tropas.
Hoy muchos aventureros y gente aficionada a la exploración y la espeleología histórica invaden los corredores, aunque es un acto penado por la Ley, ya que las catacumbas son realmente peligrosas, no solo por su trazado complejo que facilita al viajero poco experimentado extraviarse en sus vericuetos, sino porque hay en ellas auténticas piscinas de aguas estancadas y profundas donde un ahogamiento transcurrirá sin que la víctima, aislada y solitaria, pueda recibir ninguna ayuda.
Los espeleólogos han descubierto en las catacumbas una antigua fábrica de cerveza, que ha sido convertida en galería de arte moderno donde todos pueden pintar a su gusto y dejar la huella de su estancia. Hay un cine y varios cabarets muy frecuentados, y cámaras recoletas que son utilizadas por solitarios aficionados la meditación y por alguna que otra secta de filiación satanista. Por consiguiente, hay que reconocer que la Vida y la Muerte pueden compartir los mismos espacios, y que los muertos de las catacumbas de París están alegremente acompañados en su Eternidad.
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