Armas incompletas

pulverizadores de insecticidasEstamos viviendo en un mundo que bien pudiera calificarse como apocalíptico, o al menos como una antesala del Fin de los Tiempos de que hablara el célebre profeta francés Nostradamus, médico, farmacéutico y protoquímico especialista en herbolaria y en venenos.

“Sobre el pecho de los hombres nacerán flores”, es la frase que pone fin a sus famosas Profesías, escritas en cuartetas y en un lenguaje tan oscuro que pocos exegetas pueden con él. Aunque con respecto al temido Fin de los Tiempos hay tantos convencidos como escépticos, no deja de ser curioso el hecho de que en toda civilización que posea un libro inaugural es coincidente hallar la referencia a las plagas mortíferas que asolarán la Humanidad cuando ese día llegue.

Pero plagas y epidemias han existido siempre en todas las épocas aunque haya habido picos de ellas, como los ocurridos con la Peste Negra que despobló Europa de dos tercios de su población en la Edad Media, y que inspiró a los artistas obras tan terroríficas como los óleos del flamenco Bruheguel el Viejo. Sin embargo, el hombre, con ayuda de la ciencia que él ha sabido desarrollar, encontró siempre el modo de combatirlas, y en ocasiones hasta de exterminarlas.

Los mosquitos Aedes y Anopheles existen en Cuba mucho antes de que la isla fuera habitada por nuestros aborígenes. Sus cuerpos, o huellas de ellos, han sido encontrados en formaciones fósiles. La primera gran batalla de los cubanos contra estos insectos letales la libró el sabio Carlos J. Finlay, quien descubrió que estos vectores eran los transmisores de la fiebre amarilla. Desde entonces la lucha consciente de los cubanos contra los mosquitos y las epidemias que propagan no ha cesado.

Quienes ya peinamos canas recordamos, entre las imágenes de nuestra lejana infancia, la del “carrito del humo”, un pequeño vehículo que solía pasar por las calles una vez a la semana inundándolas con el humo de la fumigación. Los niños seguían al carrito bañándose alegremente en la humareda, bailando y gritando, mientras las niñas éramos recogidas en las casas hasta que el carrito se perdía de vista y las nubes humosas se disipaban en el viento.

Otra imagen que muchos de nosotros conservamos con tanto cariño es la de una abuela o una tía que de repente recorría la casa armada de un mínimo artilugio conocido como “el aparatico del fly”, y que consistía en una especie de latica que hacía las veces de tanque para el líquido de fumigar, y un tubo que terminaba en un émbolo que se accionaba empujando una especie de mariposita de madera. Era un objeto completamente rústico y había más de uno en todas las casas. Pero era muy eficaz: bicho al que rociaran con el fly moría al instante. Y esta eficacia unida a la perpetua vigilancia de las amas de casa despoblaba bastante bien los hogares de insectos, ya fueran mosquitos, moscas cucarachas o arañitas.

También recuerdo la presencia de las “telas metálicas”, colocadas en las ventanas, ya fuera en marcos de madera superpuestos o por el simplísimo procedimiento de clavarlas a la madera de la ventana con clavos o tachuelas. Con el tiempo las telas metálicas se construyeron de fibra plástica de color verdoso. A los niños contemplativos no nos gustaban, porque cuando queríamos ver el mundo que estaba más allá de nuestras ventanas las telas metálicas opacaban el paisaje y solo nos permitían una imagen borrosa del Afuera, pero no tengo dudas de que, entre todas las maneras que el hombre ha encontrado de combatir a los mosquitos, las telas metálicas eran una de las más efectivas.

También escuchamos hablar a nuestros mayores de la petrolización de las aguas, si no recuerdo mal fue el método empleado para poder llevar a término la construcción del Canal de Panamá, zona muy insalubre donde gran número de obreros perdieron la vida víctimas de fiebres transmitidas por esos vectores. En mi reparto, los niños nos entreteníamos mirando los colores iridiscentes que se formaban en la superficie de los charcos donde se había vertido petróleo.

Tras décadas de presenciar las campañas contra el dengue —desgracia a la que ahora se suman el chicungunya y el zika—, y de ser tanto protagonistas como víctimas de esta convivencia tenebrosa entre hombre y mosquitos, de la que nunca logramos librarnos, la memoria retrospectiva nos devuelve los recuerdos lejanos de las fumigaciones semanales del carrito del humo, la esgrima familiar con el aparatico del fly y el aura verdosa que proyectaban las telas metálicas en los interiores hogareños, y me pregunto si estos procedimientos tan simples no podrían volver a prestar a los cubanos la misma gran ayuda que ya le prestaron antes.

Un frasco del spray Lo Maté no siempre está al alcance de todos los bolsillos, pero un simple aparatito del fly dura muchísmos años y se podría fabricar con pocos recursos y en muy breve tiempo para venderlo, como antes, en las bodegas, a un precio irrisorio. El aparatito del fly no puede reemplazar a las mochilas de los fumigadores, pero tiene ciertas ventajas: cualquiera puede emplearlo en su casa a cualquier hora, cualquier día, y atenuar la presencia de los vectores sin tener que esperar las fumigaciones programadas por el policlínico.

¡Y las telas metálicas! No hay mosquitero capaz de garantizar que no se cuele un mosquito, una cucaracha, cualquier bicho peligroso o repulsivo, pero una tela metálica cubriendo ventanas y puertas ofrece a la vivienda un por ciento muy elevado de seguridad, y e un clima tan caliente como el cubano, permite que en cualquier época del año se mantenga la ventilación.

¿No estaremos siendo excesivamente entusiastas al prescindir de estas ayudas y creer que no son necesarias? Si volviéramos a proteger los inmuebles tanto públicos como domiciliarios con las telas metálicas, ¿cuántas personas no se librarían no solo de padecer el virus, sino de sus peligrosísimas secuelas, que provocan discapacidades y hasta amenazan la vida?

¿Y el repelente, el viejo y olvidado Repelex? El repelente contra insectos es el ABC de cualquier paquete de procedimientos antivectores. Este producto se encuentra raramente en los mercados cubanos, generalmente en las shopings, a precios elevados, pero es lo primero en lo que hay que pensar cuando se trata de buscar protección contra los mosquitos.

¿Sería tan costoso fabricar repelente y venderlo de modo que esté al alcance de todos? ¿Sería tal vez más costoso que las enormes inversiones que hace el país en las campañas masivas de fumigación, cuya eficacia nadie cuestiona, pero que a todas luces no pueden, por sí solas, eliminar el peligro que representan los mosquitos infectados?

Hay que educar a la población en las medidas preventivas antivectoriales como el autofocal, la eliminación de recipientes con aguas estancadas y otras muchas que todos conocemos, incluyendo la eliminación de basureros, una tarea cuya efectividad, todos lo sabemos, no corre solamente a cargo de la población, pero… no hay por qué dejar toda la responsabilidad del éxito a estas medidas y a las campañas masivas de fumigación y despreciar la utilidad de ayudantes más modestos como las telas metálicas, el repelente y los aparatitos del fly.

En la situación epidemiológica en que se encuentra nuestro país, el conocido latinajo ubi sunt, que traducido a nuestra lengua española representa un triste motivo poético destinado a preguntarnos dónde han ido a parar las gloria de quienes ya se han ido de la vida, resulta una mueca sardónica aplicada a estos objetos tan útiles como humildes, que podrían ayudarnos a preservar la salud y la vida, y que al parecer la desmemoria se ha encargado de sacar de nuestra lista de armas incompletas para combatir vectores.

imop/

 

 

 

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