Kora, el arpa africano

Kora el arpa africano. Foto: arts224El arpa es uno de los instrumentos musicales más hermosos del mundo. Su sonido dulce, alegre y triste a un tiempo es capaz de instilar en la sensibilidad estados emocionales muy hondos.

Irlanda ha hecho de su arpa tradicional, el cláirseach, el emblema nacional y este instrumento aparece impreso en su moneda.

A través de los tiempos ha sido un instrumento musical asociado a reinas, princesas y damas aristocráticas, y también a hadas, hechiceras y seres mitológicos femeninos. Aunque no faltan figuras devinas o semidivinas como los griegos Apolo y Orfeo, tañedores de lira, instrumento de cuerda pulsada basado en el mismo principio que las arpas, o el celtoirlandés Dagda con su arpa de tres aires mágicos, cuyos instrumentos hipnotizan a los hombres y dominan sus emociones.

Quien haya escuchado los armónicos de un arpa no olvidará jamás la sensación que despiertan en el alma.

La inmensa mayoría de las ilustraciones, pinturas, relieves y otros testimonios tanto gráficos como escritos que nos ha legado la Historia sitúan al arpa en Europa, pero las primeras arpas fueron construidas en Egipto, como prueban los bajorrelieves de templos y palacios. El diseño de estas arpas pioneras seguía en sus líneas básicas el de las arpas que conocemos hoy.

Pero no solo en el norte de África, en el poderoso imperio de los faraones, existía el arpa. Más al interior del continente existe desde tiempos remotos la Kora, el arpa africana, cuyas formas tienen poca semejanza con las arpas conocidas.

Lo primero que sorprende en ella es que su caja de resonancia no es otra cosa que la mitad de una calabaza de gran tamaño que ha sido ahuecada para formar el cuerpo del instrumento. Sobre la parte seccionada se tensa una piel que suele ser un cuero de vaca tratado con hierbas para otorgarle durabilidad y resonancia, y que se fija a la calabaza por medio de clavos de cobre.

A esta “caja” se le inserta un mástil largo y cilíndrico sobre el que se fijan 21 cuerdas tradicionalmente elaboradas con tripa animal, atadas al mástil por anillas correderas también de cuero. El extremo superior del mástil tiene un puente alto con muescas por las que pasan las cuerdas. En el extremo que se inserta a la caja-calabaza hay dos orificios, los “oídos” de la kora, en torno a los cuales algunos de estos instrumentos presentan decoraciones elaboradas con tachuelas dispuestas en diseños geométricos.

La kora es un híbrido entre laúd y arpa con escalas de afinación heptafónicas que tienen semejanza a con ciertas escalas del arpa occidental. Las interpretaciones suelen ser de carácter rítmico, donde se alternan obstinatos con solos improvisatorios.

Para tocar esta arpa tan singular solo se emplean los pulgares e índices de cada mano. Con los dedos restantes y la palma se sostiene el instrumento mediante dos mangos cortos paralelos al mástil. Estos mangos cruzan también el cuero que recubre la caja-calabaza y sirven de anclaje para que el músico pueda sujetar la kora.

Aunque la principal función de la kora era acompañar el canto del intérprete, en la actualidad su uso se extiende al puro virtuosismo interpretativo. Permite tanta libertad y vastedad en la improvisación como cualquier instrumento occidental, por lo que se presta muy bien para la expresión de las emociones más profundas, y su registro sonoro es amplio y de gran belleza.

Pero la música africana es tan ritualística como toda la cultura de este continente, y no basta amar la música para poder tocar la kora. Por tradición es un instrumento solo permitido a los griots, personajes en los que el poeta se mezcla con el profeta, el vidente, el hechicero, el historiador.

El griot carga sobre sus hombros la responsabilidad de ser el conservador de la memoria de su tribu, y más aún, de su etnia. La figura del griot solo tiene equivalente en el mundo occidental en los antiguos bardos de la cultura celta.

Para que se tenga una idea aproximada, podríamos decir que el célebre mago del rey Arturo, el druida Merlín, es más o menos lo que un griot africano. Como los druidas y los bardos, los griots gozan todavía hoy de una gran consideración social, y son figuras muy cercanas a los reyes y los jefes guerreros.

El griot es también un experto genealogista. El oficio se trasmite por herencia familiar. Hay familias enteras de griots que disfrutan de un enorme prestigio en la vasta zona que comprende el antiguo imperio de Mali, Guinea, Senegal y Gambia, antiguos territorios de la cultura mandinga.

Algunos de los más famosos intérpretes de kora viven hoy en países occidentales, donde han trabajado la música fusión, mezclando los esquemas rítmicos propios de la kora con música pop y rock. Entre los nombres más conocidos están Toumani Diabaté, Mamadou Diabaté, Salif Keita, Ali Farka Toure o Seckou Feita, cuyo virtuosismo y velocidad interpretativa siguen causando admiración en los públicos más exigentes del mundo occidental.

imop/

 

 

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