La Primera Villa y el dolor de todos los siglos

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Juventud Rebelde publica una serie de testimonios sobre el paso de Mattew por el oriente guantanamero, material que podemos a disposicion de nuestros lectores…

Y salieron todos a la calle con la vista en el cielo, como adivinando el camino por donde se había ido el huracán. Así amaneció este jueves la tierra más al oriente de Cuba, luego de que con lentitud de hormiga y la fuerza de un elefante, Matthew, agresivo en su cuarta categoría, transitara por Baracoa, Imías, San Antonio del Sur y Maisí, la noche anterior.

Dicen las fotos que no pocas calles de Baracoa, ciudad de aguas y bosques vírgenes que recuerdan cuando los españoles la convirtieron en la primera villa, ya no son las mismas, y da la impresión de que las casas envejecieron cien años.

Lo sabe bien la joven Enma a sus 24 abriles. Cuando comenzó la braveza del huracán, la mitad de su casa, hecha de tejas, voló por los aires. Ella, su esposo y los dos niños pequeños estaban en la otra mitad, que es de placa y resistió.

En la cocina puso una camita y allí los bebés durmieron, no se enteraron de nada, pero ella sufrió a cada minuto los embates del ciclón, y con el agua hasta los tobillos a causa de las penetraciones del mar, rezó para que nada malo sucediera. Tiene la voz temblorosa aún y la llamada a través de un móvil se escucha mal, pero me cuenta sobre su miedo a que el techo les cayera encima por los temblores que provocaban los vientos.

«Desde las cuatro de la tarde y hasta las 11 de la noche nos duró el susto», dice, y habla otra vez de su patio exuberante, ahora huérfano de árboles, y la escena triste de ver todas las casas de su barrio sin techo.

«Pero estamos vivos», susurra consolada.

Y ese también es el consuelo de Nidia, otra baracoense que a sus 64 años nunca había sentido la fuerza terrible de un huracán como este, ni tanto temor en una noche.

«Fue horrible, como si el mar hubiese entrado completo y estuviese acabando con las calles, estaba bravo de verdad», asegura.

Ella, su hermana y la nieta de 12 años pasaron la noche en el baño, con una vela encendida y sintiendo a las persianas chirriar, como amenazando con desprenderse completas. Nerviosas por los golpes de las tejas y pedazos de fibras que caían sobre el techo, pensaron que la casa se iba a partir en pedazos.

Los gajos del almendro enorme y viejo que estaba frente a su casa, cayeron sobre otra y la destrozaron. Muchas de las viviendas de sus vecinos están sin cubierta, con sus pertenencias mojadas, pero están bien, cuenta. «A la media noche comenzó a llegar la calma. Hoy amaneció y vi que no quedó ni un árbol en pie. Parece que han quemado todo, no hay nada verde».

El viento, con rachas superiores a 250 kilómetros, aulló más que los lobos, y cuentan quienes lo escucharon que fue casi como un ladrón queriendo entrar en las casas. Algunas cedieron, y hoy las imágenes en las redes sociales narran la batalla intensa de la punta este de Cuba con las lluvias recias, las olas de hasta cinco metros de altura y las ráfagas del ciclón.

Por televisión, instántaneas en internet, los periódicos o llamadas, hemos conocido las tristezas de la Ciudad Primada luego de que Matthew entrara la tarde del martes con su ojo de casi 30 kilómetros de diámetro por Punta Caleta, al sur de Maisí.

Como si fueran plumas, la tempestad arrancó postes de luz, destrozó paredes, rompió balcones y llenó carreteras de piedras y escombros. Trajo miedo, deslaves, derrumbes, pero no se llevó la vida, y tampoco pudo arrancar a Baracoa los ánimos para levantarse.

De allá era el cacique Guamá, quien escenificó la primera guerra independentista cubana de los diez años, y conserva su pueblo la rebeldía con que se defendió de piratas y corsarios. Por eso el cielo gris con que amaneció hoy tras la despedida del huracán más poderoso que ha visto, mañana se pintará de azul intenso y, con su fuerza aborigen, leyendas fortuitas y maldiciones rotas, sus hijos sabrán sanar las heridas.

Todo dolor tiene su contrapeso

Lo que más duele cuando un desastre natural nos cambia el mapa de la vida, es ver cómo, allí donde habitaba la memoria —hecha de las pequeñas costumbres de los días—, hay de pronto un amasijo de roturas en vez de cuna mansa para sentirnos a nosotros mismos.

Eso es lo que más duele cuando un desastre natural nos toca. Porque la memoria, los amores, los desvelos, las esperas, los sueños, todo lo mejor que uno es, descansa casi siempre en las pequeñas cosas: en el camino habitual, en el jardín o en el balcón, en los espejos, en el escaparate lleno de telas o diminutos recuerdos de familia, en los libreros y en las fotografías, en la esquina tibia y en el sagrado techo.

Ahora, cuando a Cuba le duele sobre todo Guantánamo, es muy difícil que la imaginación nos ponga con exactitud en el dolor de quienes han perdido las innumerables cosas donde hasta hoy habitó la suerte. Para eso hay que estar bajo la piel de los vulnerables perdedores, los que tras el paso del huracán miraban atónitos, casi paralizados, el paisaje de la devastación.

Afortunadamente, como todo dolor tiene su contrapeso, lo que alivia es la posibilidad de remontar la cuesta, de abrir los brazos a la luz, a la cobija, a la solidaridad que vendrá abriéndose paso desde todos los lugares de la Isla.

Lo que alivia es haber resguardado las vidas, sin las cuales no se hubiera podido reemprender la hechura de los caminos, de las paredes, de los balcones, del sagrado techo.

Lo que alivia es que Cuba nunca le ha pedido permiso a su pobreza para restaurar lo que se le rompe, para levantar incluso lo que nunca había tenido, para dar a sus hijos, una y otra vez, contra todo zarpazo fiero, el paisaje donde lo mejor de nosotros encuentra sentido.

Si mi palabra pudiera… Si pudiera ser un abrazo, uno de esos que te rescata del abismo, un abrazo como un oasis, como una bandera. O un pedazo de zinc. Si pudiera sujetar las lágrimas de esa niña sentada sobre los escombros, de esa mujer que se abre el pecho.

Subo La Farola, bordeo la montaña. Recorro el malecón. Subo las calles de la villa fundadora, la villa de los asombros, la villa de chocolate. Me detengo en la plaza Cacique Hatuey. Quiero tocar la Cruz de la Parra. Bajo al Duaba, a la historia, donde el General Antonio ancló la Patria. Recojo una piedra para Florentina Boti. Me voy al Yunque, al Miel. Rememoro…

¿Qué poemas tendrá ahora Gertrudis Labaceno? ¿Qué historias, Alejandro Hartman? ¿Qué crónicas, Richard o Miguel? ¿Y qué patio, Rosendo? ¿Qué bahía y qué palmas pintarán Piedra y Caboverde? ¿Qué insomnios, qué ruidos, qué silencios contará al mundo mi colega Arelis Alba desde el ojo del huracán?

Matthew es otro nombre, otro huracán; pero el mismo infierno. Es octubre como aquel de Sandy, en 2012, en Santiago de Cuba. Estoy lejos y estoy cerca. Tengo lágrimas, pero también certezas.

Toda Cuba está en Baracoa. Cuando se junten los hilos, volverá el amanecer. Vendrán los brotes en la montaña seca. El mar será hermoso y amigo. Y crecerán columnas sobre nuevos cimientos. Es la fuerza, la fuerza inextinguible de la vida, aunque ahora mismo haya una mujer que se abre el pecho y una niña sentada sobre los escombros.

Si mi palabra pudiera adelantar el tiempo…

Fuente Juventud Rebelde/MM

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