Jugar a la felicidad

Arma una y otra vez las ruedas y puertas de su carrito azul. Las pelotas le esperan en el patio de su casa. Los pinceles y colores aguardan para convertirse en nubes y soles en el imaginario mágico de Carlos con cuatro años de vida. Él sólo conoce de juegos y fantasías que comparte con Leila la novia del círculo infantil a quien adorna en los amaneceres con flores silvestres   en complicidad con el sol.

En un noviar de infantes con sueños de príncipes y princesas cuando la felicidad les acompaña desde el nacimiento en esta isla nuestra. En una Habana Vieja entre adoquines, balaustres y el mar acariciándoles las mejillas morenas o blancas.

Carlos, desconoce el dolor, la angustia sólo siente el pinchazo de una fina ajuga cuando la tos le impide dormir y enferma por días. El paseo del Prado es su lugar predilecto para danzar y jugar entre leones que no le tocaran, árboles que le cobijan si la lluvia de este invierno de noviembre oculta el sol y anuncia el regreso a la casa de San Isidro junto a la madre y abuela. Donde no existe un lujoso palacio, juguetes sofisticados o cenas extraordinarias.

Carlos lo que tiene para regalar no se compra en tiendas o se importa de cualquier confín de este mundo. Amor es lo que tiene de su familia, la misma que toma un ómnibus y va de prisa a comprarle frutas en el agro mercado. La que le cuenta sueños de carruseles para que duerma y despierte feliz no solo un día Internacional del Niño EL 19 DE noviembre. Su felicidad es la de todos los días desde el alba al ocaso en una Habana rendida a sus pies.

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