El Fidel que conocí
Dicen que las águilas pueden mirar desde muy lejos y directamente al sol, por eso los antiguos cuando querían definir al visionario lo llamaban el de la vista de águila.
En varias ocasiones estuve frente a Fidel. Ojos negros, intensos, que calaban hasta lo más profundo, desde un rostro muy inteligente. Una figura alta, que se agigantaba por instantes con una energía tremenda emanada de su personalidad.
Si reía, perfecto, pero si la seriedad inundaba su cara, entonces era preferible esconderse, porque una vez flechado quedarías clavado frente a él… y rápidamente pasar de entrevistador a entrevistado, para ponerte a prueba lo que sabias y más. Así era el, genial.
Recuerdo la visita a un campesino, el mejor productor de papa en ese momento en La Habana, quien de pronto me dice: “No te muevas, ¿ves esa nube de polvo en el camino?, ahí viene Fidel.
Un carro negro, pero rojo de tanto polvo, traía al Comandante, que había dejado la oficina y venía a
corroborar lo que se decía sobre una plaga en los cultivos e ineficiencia en la producción. Y, una vez tocaban sus botas la tierra, las preguntar salían en ráfagas, una detrás de la otra: ¿qué pasa en la empresa de al lado, por qué tu finca si y la de ellos no. ¿Es verdad lo que me dicen? Entonces conocí al Fidel que no solo podía encarar desde la ONU al imperio, presidir una reunión ministerial o inaugurar un círculo infantil. Era el hombre capaz de sentarse en un taburete y entablar un diálogo con este guajiro que no tenía pelos en la lengua para contar la verdad.
En otra ocasión, en una fiesta por el 17 de Mayo, Día del Campesino, donde los propios productores cooperaron con sus cosechas para celebrar en grande y para que nada faltara. Comenzó la cena. Fue entonces que se le ocurrió a Fidel pasarle el brazo por los hombros a un cosechador de ajo de La Habana, que acababa de sentarse y servirse su mejor plato. Más tarde el guajiro me comenta: “periodista, yo que tenía tremenda hambre, me quede sin aliento y sin comer”.
Porque eso sí, compartía con los hombres del campo como uno más. Hablaba sobre riego, la tierra, la lluvia y los ciclones…, esos fenómenos que desafiaba con su sola presencia. ¿Por dónde dicen que entra el ciclón?, preguntó. ¿Por Batabanó? Entonces, para allá iba entre ráfagas de viento que levantaban de raíz los árboles, relámpagos que cegaban con su luz y caían por doquier, y la lluvia tan intensa que muchas veces hizo bordear caminos.
Pienso que tuvo poco tiempo para vivir como cualquier mortal, porque tenía depositado sobre sus hombros no solo el destino de su Patria, sino el de muchos hombres revolucionarios del mundo que luchaban por la misma causa.
Fidel vivió siempre en combate, con su uniforme de campaña y rápidos pasos de gigante. Así lo vemos político, estratega, solidario y humano por siempre.
Es el hombre que carga un niño con ternura, empuña un rifle con firmeza y toma una pluma con nobleza para firmar leyes a favor de los humildes… El que exhorta a la creación científica, intelectual, deportiva y el que es capaz de reconocer la heroicidad diaria de un pueblo desde su trinchera de trabajo.
Entre sus muchos dones, el de la oratoria fue uno más, y un gran reto para los reporteros. Luego de más de ocho horas en un congreso, hacer un aparte hasta el amanecer, de pie, sin siquiera tomar un vaso de agua. Y yo subida en la bota de uno de sus escoltas porque oía su voz, pero apenas alcanzaba a verlo entre la multitud.
El estadista, el economista de operaciones matemáticas instantáneas, el ambientalista, el agricultor y el cañero, el colosal Fidel que vivió 90 años para saltar a la eternidad, y con mirada de águila divisar el futuro de la humanidad. Para mí fue el hombre sin miedo, el elegido universalmente para plasmar en el firmamento su nombre Fidel y la estirpe de los cubanos. Por qué puede que alguien no sepa donde está situada Cuba en el mapa, pero si sabe que Fidel es Cuba.
Fuente: Maritza Mariana
