Los nueve días que estremecieron a Cuba
Que dolor esa noche del 25 de noviembre al escuchar a Raúl. Las palabras se cortaban y el dolor lo ahogaba. Nuestro Comandante se había ido del reino de los vivos.
Conmoción y expectativa por lo que acontecería seguidamente. Luego llegaron las oportunas orientaciones, para organizar digna despedida.
Nueve días de duelo nacional para rendir postrer tributo al líder de la Revolución cubana.
Desde el MINFAR partió el cortejo conduciendo la urna de cedro que atesoró las cenizas de Fidel. Comenzó así el peregrinar hasta Santiago de Cuba de una caravana en sentido inverso a la de la Victoria, que protagonizaron los Rebeldes en 1959.
No hubo convocatoria, no fue necesario. El pueblo se volcó en un último abrazo de amor al padre de la Revolución. Los cubanos y cuantos lo amamos nos ubicamos en los mejores lugares, para desde la acera ver y despedir a nuestro líder. Aquí y allá el lamento de todos y la repetida frase “Yo soy Fidel”.
Con andar seguro partió invicto hasta el cementerio de Santa Ifigenia, lugar donde descansará Hasta la Victoria.
Cada ciudad, comunidad, poblado o batey se movilizó al saber la hora en que pasaría la caravana. Nadie quedó en su casa. Las azoteas se llenaron y el pavimento fue pequeño para el paso de tanta historia.
Un hombre cuya ideología estuvo siempre al servicio de los humildes, que vivió exilio obligado por el poder que combatía, y que regresó en el Granma para hacer Revolución.
Un gigante que nos fundió en nación, ante la amenaza permanente del país norteño. Que nos enseñó a defender los valores en los que creemos al precio de cualquier sacrificio y a luchar por nuestros sueños de justicia para Cuba y para el mundo.
Ese hombre es Fidel. Quien nació al oriente cubano y volvió invicto. Cuyo discurso subyugante seguirá convocándonos desde la inmortalidad, para dar continuidad a sus ideas y a nuestro Socialismo.





