La casa de beneficencia
La abundancia de desvalidos, en particular de niños huérfanos y mendigos, en La Habana de finales del siglo XVIII, movió a una serie de personalidades notables de aquella época.
Cuando Cuba ya contaba tres siglos bajo dominio colonial español, a dirigirse a la máxima autoridad del país —el entonces gobernador don Luis de Las Casas, quien ocupó el cargo entre 1790 y 1796— para que conociera la necesidad que había en ese momento de crear un establecimiento que acogiera a aquellas personas abandonadas a su suerte y víctimas de la peor de las miserias.
Los peticionarios, entre quienes se contaban el marqués de Casa Peñalver la condesa de San Juan de Jaruco, plantearon al gobernador general que apoyara la idea de crear una casa que permitiera amparar a los menesterosos y que, para ello, gestionara un real permiso que hiciera posible que tal refugio estuviera a cargo de la Sociedad Patriótica.
Acompañaban su demanda con el ofrecimiento de una suma de dinero, y sugerían que el establecimiento se levantara en un terreno localizad poco antes de la caleta de San Lázaro, en lo que hoy todos los habaneros conocemos como la esquina de Belascoaín y San Lázaro, frente al parque Maceo y a escasos metros del Malecón.
De Las Casas aceptó como buena la sugerencia y la expuso a la Junta de Hacendados y Diputados del Comercio. La idea fue bien recibida y se reunió una cantidad de dinero que junto con el aporte ofrecido por los padres del proyecto permitió adquirir el terreno e iniciar las obras de lo que sería después la Real Casa de Beneficencia de La Habana.
Con la fachada de frente al mar, el primer edificio —de dos plantas—comenzó a levantarse poco después bajo la dirección de un ingeniero de apellido Wambitelli. Contaba en aquella época la casa con una capilla, al principio de un piso solamente, y dios edificios de pobre construcción, como se aprecia en el Plano Pintoresco de la Ciudad de La Habana, confeccionado en 1849 por José María de la Torre.
Gobernaba el General Dionisio Vives, quien lo hizo de 1823 a 1832— en la época en que la Casa de Beneficencia fue ensanchada, mejorada y embellecida. Por entonces se estableció en aquel lugar de asilo una escuela para varones, un local para los mendigos —agregado al edificio principal en el extremo sur de la calle de Belascoaín— y un departamento para mujeres dementes.
La Casa de Maternidad fue añadida a la de Beneficencia por iniciativa de otro Gobernador español —Gutiérrez de la Concha, quien administró la isla de 1850 a 1852—, lo cual hizo posible que las mujeres más pobres pudieran traer al mundo a sus criaturas en aquel lugar.
El Teniente General Valeriano Weyler, de corto mandato—1896-1897— y triste recordación por la conocida Reconcentración que impuso a la población, hizo desalojar el lugar para convertirlo en hospital militar, lo cual provocó sufrimientos e innumerables dificultades. Con posterioridad las autoridades interventoras estadounidenses restablecieron las funciones de Beneficencia y Maternidades aquel sitio.
Varias obras de ampliaciones y mejoras fuero realizadas en años sucesivos para dar refugio durante su larga existencia a miles de desafortunados a quienes sus madres, por diversas razones, fundamentalmente la pobreza, colocaron furtivamente en el tan mencionado torno de la Beneficencia, por el que la progenitora deslizaba a su criatura sin ser vista por la monja que recibía el fardo del otro lado.

La Casa de Beneficencia y Maternidad obedeció a una época en que el desamparo y la miseria se extendieron por un país en el que el desempleo, el saqueo del tesoro público por gobernantes corruptos y la escasa atención a la asistencia social, la salud y la educación de la población hacían vivir en una extrema pobreza a una buena parte de la ciudadanía.
Aquellas instalaciones fueron demolidas hacia 1960, y en el lugar comenzó la construcción de un gran edificio que en sus inicios fue concebido como el Banco Nacional de la República. Con posterioridad la idea fue desechada y finalmente se levantó en la conocida esquina el Hospital General Hermanos Ameijeiras, la más grande y moderna casa de salud del país, en el mismo lugar donde antaño, entre muchas lágrimas, las madres se veían obligadas a abandonar los hijos que no podían criar ni educar.
imop/
