¿Mi doble podría asesinarme…?

moley-robotLa ciencia de la robótica avanza imparable con los japoneses a la cabeza: robots para acompañar ancianos, para cuidar niños, para sacar  perros de paseo, para la guerra, y los célebres robots-clones que semejan en todo a una persona, y cuando ves las fotos del clon y su creador no puedes precisar con certeza quién es quién. Puedes volver del trabajo y encontrar en tu sofá un doble de ti mismo que te saluda con tu gesto característico o tu sonrisa inconfundible de placidez, o tal vez a la chica de tus sueños en una glamorosa combinación interior tendida en tu cama en pose de dormir…

Pero ahora también puedes tener en tu cocina un amable robot llamado Moley que, esta vez, de verdad para variar, no es japonés sino nacido en Inglaterra. En realidad Moley es una cocina, y así lo describe una información publicada en el diario El Nacional:

… una cocina con todo lo necesario (horno microondas y vitrocerámica incluida) que despliega dos brazos robóticos de alta precisión capaces de hacer el trabajo completo y posteriormente limpiar.

El creador de este robot es Mark Oleynik, un matemático y programador que está convencido de que su idea será un éxito porque, gracias a Moley, cualquiera podrá tener acceso a comer platos realizados por los mejores cocineros del mundo. Oleynik asegura que el secreto de los chefs está en su imaginación:”si fuéramos capaces de tener exactamente la misma materia prima, con idénticas cantidades, los mismos procesos de cocinado y los movimientos exactos para llevar a cabo las recetas, todos podríamos realizarlos”.

Moley captura los movimientos de los cocineros para reproducirlos después; aunque esa precisión mecánica nunca podrá ser sustituida, según su creador, la creatividad de un verdadero maestro de la cocina. “El robot sin un chef detrás no es nada porque por si mismo no sabe cocinar, la máquina sabe seguir instrucciones pero no puede crearla porque la máquina no tiene sensibilidad”.

Tim Anderson, ganador de Masterchef británico en el 2011, fue el primero en probar esta máquina registrando una apetitosa sopa de cangrejo. El modelo final estará a finales del 2017.

Cuando uno lee estas noticias, pero sobre todo cuando ve fotos de los clones perfectos que ya existen, inevitablemente piensa en Blade runner, el mejor y más profundo filme sobre robótica que se ha hecho, en el que un “cazador” se dedica a “retirar” de circulación a una generación de robots que se han humanizado al punto de tener libre albedrío, y han decidido vivir el breve tiempo de existencia a que los condena su obsolescencia programada de acuerdo con su voluntad, y de paso obligar a su creador a que les revele el secreto que podría prolongar su existencia. El filme trata el tema del modo más elegante, delicado, sugerente y conmovedor, nadie puede olvidar la escena en que el líder de los robots, Roy (Rutger Hauer) , a punto de morir, abraza con ternura una paloma a la que finalmente libera, mientras una lágrima cae por su mejilla mojada por la lluvia, o aquella otra en que su novia, la robots Pris (Daryl Hannah), diseñada como juguete sexual, muere en una pose escalofriante, su hermoso cuerpo roto de un modo grotesco, asesinada por el cazador.

Ridley Scott, el director del filme, se basó en la novela de ciencia ficción ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Philiph K. Dick, que como tantas otras obras del género puso sobre la mesa el tremendo conflicto ético que enfrenta el ser humano cuando toma para sí el papel de creador de seres, como si fuera un dios que modela criaturas. El deseo es antiguo y está expresado en el mito del homúnculo, ese pequeño ser humano creado en la retorta de los alquimistas según una receta increíble, donde los huevos, el estiércol de caballo, el semen y otras sustancias propias de los grimorios medievales dan por fruto la recreación de la vida a escala mínima.

 ¿Cuántas lunas de todas partes del planeta habrán alumbrado con su luz durante siglos laboratorios donde hombres empecinados de todas las razas se afanaban entre atanores, redomas y alambiques, tratando de extraer del fuego esos muñecos a los que se les puede dar las más extravagantes órdenes…? ¡Con qué orgullo exhibían los príncipes árabes en sus fabulosos jardines aquellos autómatas que servían vino a los invitados! Y en tiempos aún más remotos, ¡qué poderosos debieron sentirse los sacerdotes egipcios y alejandrinos cuando aterrorizaban a los fieles de sus templos mostrándoles en toda su magnificencia dioses en todo semejantes a criaturas vivas, a los que un operario dirigía bien oculto mediante mecanismos neumáticos!

Y ahora el siglo XX lo ha hecho posible. Aquí están los amables robots que pueden facilitarnos tanto la vida haciendo por nosotros aquellas tareas para las que no tenemos tiempo, o para acompañarnos en nuestra soledad. Sirven para todo, hasta para cocinarnos las más exquisitas recetas de aquel célebre Vatel, repostero del Rey Sol Luis XIV de Francia, o los gigantescos e increíbles pasteles de lenguas de ruiseñor con que Catalina la Grande halagaba a los grandes hombres de su época, o el célebre garum con que los Césares de Roma saborizaban los platos de sus orgías. O para que los enviemos al trabajo cuando la pereza nos incite a permanecer en casa, y nadie notaría la diferencia a menos que sospecharan y se fijaran lo suficiente.

Pero, pensándolo bien, si el robot que enviamos en nuestro lugar puede hacer nuestro trabajo tan bien o mejor que nosotros, a quién le importaría… Y aquí aparece una de las principales zonas de conflicto que plantean los adelantos de la robótica: si los robots pueden hacer casi todo lo que nosotros hacemos tan bien o mejor que nosotros, ¿para qué seríamos necesarios? La empresa que nos emplea encarga un lote de robots especializados, nos despide, los pone en nuestros puestos de trabajo sin pagarles salario ni seguridad social ni tiempo de vacaciones ni licencias por enfermedad…

¿Y si el robot al que hemos encargado el control de los sistemas de seguridad de nuestra casa de repente comienza a funcionar al revés y abre puertas y ventanas en nuestra ausencia? ¿Y si el robot que nos poda el jardín decapita a nuestro perro? ¿Y si el que controla el tablero de mandos que mantiene confortable a un anciano postrado se trastorna y le corta el suministro de oxígeno? ¿Hasta qué punto podemos depositar nuestra confianza en un robot? ¿Acaso existen las máquinas perfectas?

Pero eso no es todo. ¿Pueden llegar los robots a tener sentimientos? ¿Y si la historia que cuenta Blade Runner dejara de ser una ficción para convertirse en realidad? ¿Si un hombre se compra un juguete sexual con el aspecto de Marilyn Monroe y el robot desarrollara sentimientos por su dueño, y un día el dueño decidiera que quiere cambiarlo por uno de Bellonce? ¿Llevaría a la desdeñada e vuelta a la tienda y la devolvería sin ni siquiera un escrúpulo? Y si fuera el juguete quien se cansara de su dueño ¿qué haría con él…?

Con este tema de los juguetes sexuales hay un cuento magistral, Fantasmas inocentes obra del escritor cubano Alberto Mesa, donde un hombre ha comprado un juguete sexual que reproduce los rasgos de la bailarina que el ama, pero su adquisición forma parte de una producción en serie, y cuando el juguete desaparece, él la busca y llega a una morgue donde yacen muchos juguetes idénticos ya descontinuados: ¿cuál es la que él ama? La atormentadora obsesión de la multiplicidad acosa al protagonista y llega a asfixiar al lector sensible.

¿Y si un día los robots fueran lo suficientemente inteligentes como para decidir que no nos necesitan? Habría llegado entonces la rebelión de las máquinas, una de las peores pesadillas de la humanidad. La Mátrix.

Siempre que pensamos en cosas como esta terminamos encogiéndonos de hombros y diciendo: “Bah, no es posible!”. Pero ¿realmente no lo es…?  Cuando hace muchos años leí una novela titulada La isla del doctor Moreau, donde un médico loco hacía experimentos tratando de convertir animales en seres humanos, también rechacé mi pánico encogiéndome de hombros y murmurando la consabida frase liberadora del horror, pero hace un momento acabo de leer que para demostrar la altísima compatibilidad de nuestro ADN y el de los chimpancés, un equipo de científicos inseminó in vivo a una chimpancé, cuyo embarazo se desarrolló con toda normalidad hasta que los científicos decidieron interrumpirlo, pero Pepe Romero, periodista investigador y autor del libro “Y Dios nació mujer”, donde encontré esta información, asegura que otros experimentos fueron realizados en secreto y llevados hasta su fin, y de ellos nacieron criaturas híbridas. Habrá en algún lugar del mundo un dueño de un zoológico donde pululen estas criaturas?

¿Y los clones? Una parte de la comunidad científica debate ardorosamente los postulados éticos que estarían en contra de la creación de clones humanos, pero la otra mitad dice que sería muy útil para la ciencia producir estos clones para, por ejemplo, el trasplante de órganos. Pero un clon ¿tiene alma, tiene sentimientos? ¿Cómo arrancarle el hígado a un doble de mí mismo que siente y padece para ponérmelo yo? Habrá muchos individuos para quienes esta decisión no implique conflicto alguno, pero para otros podría ser una decisión muy difícil.

Pero aún con todos los argumentos en contra de jugar a ser Dios, el hombre sigue haciendo de este su juego más añorado y excitante, su fantasía ya no tan secreta, y parece estar a punto de conseguirlo. Quien no lo crea, que vea los platos preparados por Moley. El camino de la robótica parece infinito, pero ¿a dónde llevará a la Humanidad?

imop/

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