Literatos de café con leche

librosDesde pequeña he escuchado la expresión “literatos de café con leche” o “intelectuales de café con leche”. No me atrevo a afirmar que conozco su origen, pero me gustaría dar mi propia versión.

Pese a que Cuba ya era en tiempos de la colonia una gran productora de ron, los cubanos de las clases pudientes no eran  aficionados a la bebida, al extremo de que durante las comidas apenas se dejaban servir por sus esclavos una copa de vino que llevaban a los labios dos o tres veces mientras estaban sentados a la mesa. Las señoras bebían jugos de frutas refrescantes y en alguna ocasión muy especial algún licor.

En las últimas décadas del siglo XIX se puso de moda entre los intelectuales europeos beber absenta, un licor obtenido de la hierba ajenjo. Los modernistas latinoamericanos, quienes encontraron sus fuentes primarias de inspiración en los parnasianos, simbolistas y decadentes parisinos, acostumbraban reunirse en ciertos lugares de La Habana para realizar tertulias literarias.

La tertulia más célebre era entonces la que se llevaba a cabo de dos a cinco de la tarde en una librería situada en la esquina de la calle del Obispo y Aguacate, donde hoy hay un parque en el que, tristemente, se venden perritos enjaulados.

Esta librería pertenecía a una familia de apellido Pozo, y era muy frecuentada por un grupo de intelectuales jóvenes que trabajaban para las publicaciones de más prestigio en la sociedad de la época; La Habana Elegante, El Fígaro, La discusión y otras.

Entre ellos se encontraban el novelista Ramón Mesa, e poeta Julián del Casal, Enrique José Varona, Esteban Borrero, padre de la joven poeta Juana Borrero,  Enrique Hernández Millares, director de La Habana Elegante, y el cronista Federico Villoch. Todos ellos se veían obligados a ejercer el periodismo para acrecer sus bolsas. Las tertulias eran animadísimas.

Allí leyó Ramón Meza los primeros capítulos de Mi tío el empleado, una de las más famosas novelas escritas en Cuba, y leyó sus sonetos Julián del Casal. Cuando sonaban las cinco en el reloj de campanadas de la señora Pozo, los tertuliantes, sedientos y hambrientos, iban a terminar las tardes en el café Europa, ubicado enfrente de la librería.

Hoy es un restaurante del mismo nombre, pero entonces era una casa de café como lo es hoy El Escorial, aunque seguramente con una carta menos variada. Allí se comían algunos platos sencillos, se bebía, incluso chartreuse, pero la bebida que distinguía al establecimiento era nada menos que el modestísimo café con leche.

En alguna crónica de Villoch se lee que en una ocasión en que se ofreció un almuerzo para homenajear a algún miembro de la tertulia que cumplía años, el menú consistió en un plato de picar, “laguer y café con leche”.

Es de suponer que aquellos hombres jóvenes, entre quienes solo Miyares, Borrero y Varona poseían una sólida situación financiera, bebieran cada día el humilde brebaje criollo, pues era económico, reconfortante y sabroso. Parece que Casal tenía guardada allí una taza de estilo japonés para beber té, pero ¡seguro seguro! que la mayoría de las veces compartió el café con leche con sus sosías de la tertulia de Pozo.

Es fácil deducir que este grupo de jóvenes brillantes, afiliados por convicción al nuevo movimiento literario, y tachados de esteticistas por generaciones más tradicionales de intelectuales cubanos, fueran malmirados y estuvieran rodeados de enemistades más o menos manifiestas.

Algún choteador criollo de esos que siempre abundan en nuestro pueblo debió crear la categoría “literatos de café con leche” para reírse de aquellos a quienes probablemente envidiaba. Como todas las bromas malsanas e ingeniosas, esta debió correr como la pólvora entre los maldicientes de la ciudad, y como dice el dicho: “No pongas nombres, que se quedan”.

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