Okavango, entre los últimos testigos de la tierra
Nuestro planeta se agota, cada día muere un lugar, es arrasado por guerras, incendios y otros fenómenos provocados, o la naturaleza cambia de un modo hostil a sus tres reinos.
Los mares están contaminados, comer pescado es peligroso; los cultivos transgénicos y hasta los animales con un genoma modificado invaden los mercados y la comida chatarra es el alimento de humanos cada vez más prisioneros de la fugacidad del tiempo; la inmigración invade, las viviendas minimizan su espacio y propician el hacinamiento; la pobreza aumenta; ya estamos viviendo el cambio climático, se acaban las reservas de agua potable, sube el nivel de los mares.
¿Cómo podrán las generaciones del futuro inmediato tener una idea de lo que fue La Tierra? Tristemente, tal vez solo en los parques y reservas naturales, diseminados en puntos muy distantes de la geografía terrestre, queden testimonios de lo que fue nuestro mundo, pero estos parques, también tristemente, no todos los seres humanos pueden visitarlos porque son, y cada vez lo serán más, enclaves turísticos codiciados. ¿Cuál de ellos será el más hermoso y completo? Difícil pronunciarse, pero los parques y reservas africanos son candidatos indiscutibles.
África atrae como un imán, y muchos viajeros confiesan que al pisar su territorio han sentido la emoción de quien regresa al hogar del origen tras una larga ausencia. El escritor y periodista norteamericano Ernest Hemingway, quien viajó allí con frecuencia, escribió en un momento de nostalgia: “Nunca hubo una mañana en África en que me despertara y no me sintiera feliz”.
Célebres novelistas como Isak Dinessen y Paul Bowles, poetas como Arthur Rimbaud y muchos otros creadores y artistas de gran sensibilidad también amaron África. Durante casi un siglo los fanáticos de estos genios de la pluma debieron contentarse con soñar praderas inmensas repletas de animales, ciudades blancas bajo el sol abrasador de los desiertos y safaris donde la adrenalina se dispara al perseguir una presa; y algunos hasta se arriesgaron a emprender por su cuenta la peligrosa búsqueda de tan excitantes placeres.
Pero la modernidad ha cambiado el panorama y hoy es posible vivir las aventuras de cualquier personaje de Las verdes colinas de África o El cielo protector, y hasta sentirse la protagonista de África mía, sin Robert Redford pero en los mismos escenarios naturales, bajo idénticas noches estrelladas y practicando el mejor sustituto de las sangrientas cacerías que agostan la biodiversidad. Si usted puede pagar, todo es posible.
El Delta del Okavango, llamado “la joya del Kalahari”, tiene un encanto especial. El río de ese nombre nace en una zona lluviosa de Angola, recorre casi mil kilómetros pasando por Namibia y penetra en Botswana, donde ha formado un delta interior considerado el más grande del mundo, con un área de 15 000 kilómetros cuadrados. Visto desde el espacio, el Delta parece una madeja de lagunas, canales e islas, calculadas estas en más de 50 000, muchas de las cuales cambian de forma y hasta llegan a desaparecer en las crecidas.
Otras tienen tamaño suficiente para ser habitadas por manadas permanentes de animales salvajes, densos bosques y campamentos para turistas. Al final, gran parte del conjunto es absorbido por la sequedad del Kalahari, uno de los desiertos más temibles del planeta, aunque nadie sabe con certeza dónde desaparecen las aguas del misterioso río.
En el norte del Delta la estación lluviosa ocurre entre octubre y abril y provoca la crecida del río, que sigue en ascenso durante nueve meses y mantiene la región siempre inundada. Al sur el volumen de lluvia depende de la estación.
El verano es muy caluroso, aunque la temperatura desciende en las noches, pero en invierno llega a helar. Tales variaciones climáticas favorecen la eclosión de una inmensa vida salvaje y una flora de gran riqueza. Hay bosques de rivera, papirales donde el nivel del agua alcanza los 50 centímetros, y una amplia gama de especies vegetales diferentes.
Al paso del Okavango por Namibia las fallas del terreno crean numerosos rápidos y cascadas navegables en canoa, pero el más espectacular de estos milagros de agua lo constituyen las cataratas Victoria, ubicadas entre Zambia y Zimbabwe y llamadas por los nativos “humo que truena”.
El Delta alberga reservas como las de Moremi y Linyati, y parques naturales como Mohango y Chobe. La época ideal para ver animales grandes queda entre mayo y octubre, cuando las aguas bajan y las manadas se concentran en su cercanía.
En los meses lluviosos de noviembre a abril son los más aconsejables para avistar casi 400 especies distintas de aves y disfrutar de la vegetación lujuriante a bordo de una canoa que los nativos llaman mokoro, desde la cual se pueden contemplar sin riesgos las riberas del Okavango. Aunque parece frágil e inestable, esta embarcación es manejada de modo muy seguro por los guías, y mantendrá a salvo al viajero de vecinos poco recomendables como los hipopótamos, que, pese a su aspecto juguetón, son los animales más mortíferos de África.
En algunas zonas no accesibles para turistas se pueden avistar rinocerontes, pero su especie ha mermado tanto que actualmente cada ejemplar es custodiado por diez militares encargados de desanimar cazadores furtivos.
Mamíferos del Okavango
Entre los animales más significativos del Delta se encuentran leones, leopardos, elefantes, rinocerontes, búfalos, guepardos y licaones, ellos serían lo que los cazadores llaman caza mayor. Los leones del Okavango, de gran tamaño y fortaleza, están considerados los únicos nadadores de su especie en el planeta, pues las crecidas del verano los han obligado a abandonar sus islas al mismo tiempo que los antílopes e impalas que les sirven de alimento.
Los elefantes se desplazan en manadas dejando a su paso árboles derribados y otras huellas de su corpulencia. Se les avista en las orillas de las islas, donde la vegetación es más abundante, y en ocasiones se encuentran machos solitarios en islotes pequeños.
Los guías locales son diestros en descubrir leopardos, cazadores solitarios muy difíciles de observar, que cazan de noche y duermen ocultos en árboles frondosos. Los rinocerontes escasean, puesto que siempre han sido perseguidos por el hombre y no aman el agua, por lo que no pueden refugiarse en el entorno pantanoso del Delta.
Los búfalos negros habitan zonas de pasto y sombra, pero resultan extremadamente peligrosos. Los licaones o perros salvajes poseen una gran inteligencia, y aplican eficaces estrategias grupales que les permiten atrapar antílopes, pero el hombre los ha diezmado y actualmente están en peligro de extinción. El guepardo, el animal más rápido del mundo, habita en las zonas más apartadas del Delta, pero también está amenazada su existencia por ser presa fácil de otros depredadores.
Aves del Okavango
En el Delta del Okavango habitan las aves más interesantes del continente africano. Son ellas la avutarda kori, que puede llegar a tener un metro y medio de altura y un peso de 19 kilos; el jabirú africano, una cigüeña que puede medir 145 centímetros de longitud y hasta 270 con las alas abiertas, y tiene el cuerpo blanco y el cuello y las alas negras, menos las plumas de su parte inferior, que son blancas. Lo más llamativo de esta ave es su pico, enorme y rojo con una banda negra en el centro.
El búho pescador común puede medir hasta 60 centímetros de alto y 150 con las alas abiertas. Captura peces de hasta 2 kilogramos y cocodrilos pequeños.
El cálao terrícola, semejante a un pavo muy grande y completamente negro, puede medir hasta 120 centímetros de alto y pesar cuatro kilogramos. Es un ave carnívora que devora tortugas, reptiles, ranas, insectos y pequeños mamíferos del tamaño de una liebre. Pero la reina de las aves del Delta es el águila marcial, de color marrón oscuro, que puede medir hasta 80 centímetros de altura y pesar hasta 6 kilogramos. Se alimenta de aves, reptiles y mamíferos que pueden alcanzar el tamaño de una cabra.
Las Colinas de Tsodilo, en el noroeste del Delta, a solo 60 kilómetros de la frontera con Namibia. Son célebres por su carácter sagrado para los nativos de la etnia khoisan.
Este enclave posee más de trescientos lugares decorados con pinturas rupestres, entre ellas una réplica de la cebra que identifica el escudo nacional de Botswana. También pueden ser contempladas pinturas de ballenas y pingüinos que sugieren vínculos antiguos entre los kohisan y otros pueblos de la costa, distante a casi mil kilómetros.
Hoteles, campamentos y otros albergues para humanos en tránsito
Botswana, uno de los países más ricos de África y de los menos habitados, no admite un turismo masivo, y los precios elevados ayudan a controlar el flujo de visitantes. Ello obedece a una política de conservación del medio ambiente, y de hecho el país posee uno de los ecosistemas mejor conservados de África.
Hay unos cuarenta campamentos en el Delta del Okavango, en especial en las reservas de Moremi y Linyaty, donde el visitante puede acampar o alquilar un lodge (casa o pabellón). Los que regenta el Gobierno están en la reserva de Moremi, mientras los privados pertenecen al corazón del Delta. Hay poco acceso por carretera y las vías más usadas son el todo terreno, el mocoro, el helicóptero y la avioneta, reservada solo para los paquetes turísticos más caros y para sitios en los que resulta impracticable otro modo de transportación.
Los campamentos organizan caminatas y acampadas en islas a las que se accede en las canoas nativas que permiten realizar pequeños safaris. Los desplazamientos en todo terreno, dentro de las islas grandes y en los alrededores del Delta, siempre dependerán de la altura del agua, que durante las crecidas cubre los caminos naturalmente arenosos. En las zonas privadas los huéspedes pueden organizar salidas nocturnas con todo terreno, pero solo los científicos pueden llevarlas a cabo en ese horario en los Parques Nacionales
Los hostales y pensiones que reciben al visitante en el Delta están decorados con un gusto exquisito en los estilos de las etnias de los tres países por donde corre este río formidable, pero poseen todas las comodidades que demanda el estilo de vida más refinado.
El visitante dormirá en una habitación sin paredes y sobre un lecho al que solo separan del cielo estrellado un techo ligerísimo de fibra vegetal y cortinados de un tejido leve y transparente; pero dispondrá de baños privados con todas las comodidades que pueda desear, teléfono y otros imprescindibles lujos occidentales, sin excluir la ducha exterior al estilo nativo, para una mejor ambientación psicológica del huésped.
Tomará sus alimentos en un área que recordará por su decoración la cabaña de un rey africano o el templo de un dios animal, pero el menú, fundamentalmente compuesto de platos típicos y abundantes en frutas y vegetales frescos, incluirá también platos selectos de la alta cocina y bebidas sofisticadas de las mejores marcas europeas. Los bares serán siempre espléndidos.
Las actividades consisten en avistamientos de animales y en disfrutar de la contemplación de sus hábitos de vida, que en ocasiones incluyen de modo casual juegos y arrullos que los humanos escasamente suelen sorprender. Hay desayunos y cenas con barbacoa alrededor de románticas hogueras campestres y paseos en canoa. En los blogs de viajeros nunca faltan los elogios a la buena cocina, el servicio excelente y la sabia pericia de los guías, quienes tienen fama de ser muy inteligentes y complacientes.
Las puestas de sol africanas son uno de los eventos más elogiados por los viajeros, que se deslumbran ante su espléndida gama de colores y sus imponentes juegos de luces. Todos los campamentos disponen de embarcaciones que permiten disfrutar de este fenómeno tan hermoso, pero el barco del campamento de Zafara ha resultado el más elogiado por los visitantes.
El Delta de las nubes
Algunos campamentos del Delta no resultan accesibles por carretera y hay que llegar a ellos en pequeños aviones que salen de Maun, el principal pueblo de la zona, o en avionetas de renta privada. Un turista dejó escrita su experiencia de este vuelo en términos entusiastas: “Es muy complicado narrar con palabras lo que nuestros ojos vieron a través de las ventanillas de la avioneta.
En aquel paisaje se entremezclaban los colores como en un caleidoscopio, fundiendo el amarillo con la oscuridad del fango, mil tonalidades de verde con el azul del cielo, el blanco de la sal con el ocre de los baobabs. Era como indagar en el interior de un cuadro impresionista creado por la paleta de un genio o caminar sobre el mapa de un planeta por descubrir”.
Resulta una cruel paradoja enfrentar la verdad de que algunos lugares tan maravillosos como el parque natural del delta del Okavango deben su existencia al subdesarrollo y la que aún flagelan a África, el continente más rico de La Tierra, y ello lleva inevitablemente a una reflexión muy grave: ¿Son los avances de la ciencia y la técnica no los aliados del hombre y su mundo, sino sus enemigos mortales? ¿Serán inmunes los parques naturales a todos los males que azotan el planeta? Preguntas de respuesta difícil, y sin duda cada persona llegará a su propia conclusión al respecto, pero es un tema para pensar y hay que pensar ahora. Se nos acaba el tiempo.
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