Luna de Arteche

La luna en el Cotorro nace roja y, a medida que oscurece, su bombillo se enciende más. “Yo tengo una novia”, me dice, “Con mi hija, de niña, siempre cazábamos la luna, la llevaba al balcón, a mirarla”.

Después de dos guaguas con el número siete en las costillas, de las que llegan hasta el Cotorro, casi decido alcanzar la tercera.

-“Ojalá que no te vayas”, me grita.

El septuagenario ocurrente que mira la luna, había caminado mucho con esas botas negras aquel día.

-“Si me dejan, le aúllo”. Y comienza a cantarle, de pronto, a la “yumurina” que le mira desde que oscureció.

Disfruta la espera, la multitud, el calor. Espera con ánimo. Mientras ese halo blanco, que he visto otras veces, casi le cubre los ojos.

– “Hace mucho tiempo que una muchacha joven no me acepta una invitación. Vamos a pasear. Vamos a dar la vuelta desde la primera parada”.

Se acerca el tercer ómnibus P-2 con rumbo al Cotorro, y algunos alcanzan a irse colgados en las puertas, expuestos a la rapidez de la vida en La Habana de noche, a la rapidez del tránsito en las calles: “¡Míralos! Ellos son quienes sobreviven, si no los mata una máquina corriendo”, me dice.

Otra vez pasan juntos y llenos, los ómnibus, envueltos en una masa de grasa y acero, como dice la canción. El transporte público a las siete de la noche se hace insoportable. Se fueron tres. Y llegó otro. Corrimos.

Después de la pizzería del Cotorro el P-2 afloja. Dice Nelson Arteche. La gente ríe, entre la puerta casi abierta, las curvas interminables, los olores extraños. La luna es esa novia. Y le acompaña a casa. La luna brilla esta noche. “Mírala antes de entrar a la casa. Por suerte, ninguno de los dos tiene que hacer la comida”.

Texto y fotos: Adriana Castillo González

imop/

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