Carlos Manuel de Céspedes y Perucho Figueredo, amigos en la vida, en la muerte y en la patria
Hace 2 años Gina Picard
Coinciden cada año la celebración de la Feria Internacional del Libro de La Habana y el Día de San Valentín, en que se rinde homenaje internacional al amor y la amistad.
Este año en que la Feria está dedicada a la República Popular China y al Doctor Eusebio Leal Spengler, Historiador de la Ciudad, probablemente la novedad más popular del evento sea la publicación de una nueva edición del Diario perdido de Céspedes, libro con una curiosa historia de ocultamientos y errares, que Leal publicó por primera vez hace ya mucho tiempo.
Esta nueva edición presentada en la Feria convierte a Carlos Manuel de Céspedes, Padre de la Patria, en una de las figuras más sobresalientes de esta fiesta del libro que posee uno de los más grandes poderes de convocatoria en la capital de Cuba.
Es, pues, ocasión de rendir homenaje a la amistad que le unió desde la infancia hasta la muerte a Pedro Figueredo Cisneros, más conocido como Perucho, bayamés como él y autor del Himno Nacional de Cuba, de quien en breves días celebraremos el bicentenario de su nacimiento.
Perucho nació en febrero de 1818 y Céspedes, en abril de 1819. Ambos eran los primogénitos de sus casas, que se encontraban a escasos metros de distancia una de otra y estaban entre las más ricas y espetadas de la localidad. Ambos asistieron al mismo colegio Carraguao, dirigido por José de la Luz y Caballero, y juntos estudiaron Derecho en la Universidad de Barcelona.
Compartieron andanzas de juventud, serenatas a las muchachas lindas de Bayamo, guitarreos nocturnos, amores y todo aquello que es propio de esa etapa de la vida. Letrados los dos, Céspedes fue el abogado defensor de Perucho en un proceso legal que se siguió contra este, y con su brillante defensa lo exoneró totalmente de cargos.
Han pasado a la historia como una pareja de amigos que se complementaban muy bien, pues mientras Céspedes era impulsivo y temerario, Perucho siempre se comportaba de un modo reflexivo y prudente. Cultos, refinados, elegantes, habiendo viajado por el mundo y conocido varios países y hablando varias lenguas, es fácil suponer que se encontraban entre lo más granado de la juventud bayamesa.
Perucho, defraudado de la profesión que había elegido porque en la Cuba colonial la Ley solo valía si era dictada por las autoridades españolas, abandonó el bufete para dedicarse a la vida cultural, dando a la de Bayamo un intenso brillo con su quehacer.
Los dos jóvenes comenzaron pronto a conspirar contra España y Perucho fue uno de los fundadores del Comité Revolucionario de Bayamo. Cuando Céspedes se alzó en su ingenio La Demajagua, a los hacendados demasiado precavidos que en ese momento aún no estaban decididos a seguirle (entre los que se encontraba el futuro primer Presidente de la República dn Tomás Estrada Palma) Perucho les dijo: “Yo seguiré a Carlos Manuel a la Gloria o al cadalso”.
Existe una hermosa historia sobre el momento en que Perucho Figueredo compuso La Bayamesa, verdadero título del Himno nacional. Cuenta el historiador cubano Ramiro Guerra que a mediados de agosto de 1867 se celebró una reunión en el bufete de Figueredo, en la cual participaron él y los también conspiradores Maceo Osorio y Francisco Vicente Aguilera, y fue allí donde los tres convinieron en la necesidad de contar con un himno marcial que, como La Marsellesa de la Revolución francesa, enardeciera al pueblo y a las tropas que combatirían contra España.
Y esa misma madrugada Perucho compuso la música. El 20 de octubre de 1868, cuando Bayamo fue tomada por los insurrectos, los bayameses comenzaron, en medio de su júbilo a tararear incesantemente la melodía del himno, y fue allí donde Perucho, jinete en su cabalgadura, tomó papel y pluma y compuso los versos, que no tienen la forma breve que hoy conocemos, sino la que sigue, que es la original tal como él los escribió:
Al combate corred, bayameses,
que la Patria os contempla orgullosa.
No temáis una muerte gloriosa,
que morir por la Patria es vivir.
En cadenas vivir, es vivir
en afrenta y oprobio sumido.
Del clarín escuchad el sonido,
y a las armas, valientes, corred.
No temáis los feroces iberos:
son cobardes, cual todo tirano.
No resisten al bravo Cubano;
para siempre su imperio cayó.
¡Cuba libre! Ya España murió;
su poder y su orgullo, ¿do es ido?
¡Del clarín escuchad el sonido!
¡A las armas, valientes, corred!
Contemplad nuestras huestes triunfantes;
contempladlos a ellos caídos.
Por cobardes huyeron vencidos,
por valientes sabemos triunfar.
¡Cuba libre!, podemos gritar
del cañón al terrible estampido.
¡Del clarín escuchad el sonido!
¡A las armas, valientes, corred!
El estreno oficial de la marcha, no obstante, ocurrió el ocho de noviembre de 1868 cuando la interpretó en el atrio de la Parroquial Mayor la banda de Manuel Muñoz y el coro integrado por seis muchachas negras e igual cantidad de blancas. Existe la siguiente anécdota:
[…] aquel incidente del Te deum, en junio de 1868, cuando el maestro Manuel Muñoz Cedeño, director de la Banda Municipal, interpretó la marcha patriótica La Bayamesa, a petición de Figueredo, ante las mismas narices del coronel Julián Udaeta, gobernador militar de Bayamo. Cuando el jefe español, atónito ante el atrevimiento del bayamés, increpó a Figueredo, este le contestó, sereno: “Señor Gobernador, no me equivoco al asegurar, como aseguro, que no es usted músico. Por lo tanto nada le autoriza a usted para decirme que ese es un canto patriótico”.
Perucho recibió los grados de Mayor General del Ejército Libertador. Tras la Asamblea de Guáimaro (1869) Céspedes le designó subsecretario de Guerra. Renunció tras la destitución de Manuel de Quesada, general en jefe del Ejército Libertador, pero Céspedes no aceptó su dimisión.
Perucho no vivió mucho tiempo más. Cuando los españoles decidieron retomar la ciudad, los cubanos la incendiaron en el que constituye uno de los episodios más tremendos de la Guerra de los Diez Años, rica en ellos. Perucho, como tantos otros bayameses, tras ver la ciudad reducida a cenizas se refugió en el monte. Pronto contrajo la fiebre tifoidea y le salieron úlceras en los pies.
Encontrándose en un gran estado de debilidad física fue sorprendido por los españoles en la finca Santa Rosa, en Cabaiguán, gracias a la delación de un cubano sin honor que había servido bajo su mando. A pesar de haber ofrecido una resistencia tenaz terminó siendo apresado junto con sus hijas, quienes le acompañaban.
Fue trasladado varias veces hasta llegar finalmente a la cárcel de Santiago. El 16 de agosto de 1870 es llevado ante un consejo de guerra, en el que dijo a sus jueces:.
Soy abogado y como tal conozco las leyes y sé la pena que me corresponde. La de muerte. Pero no por eso crean ustedes que triunfan, pues la Isla está perdida para España; el derramamiento de sangre que hacen ustedes es inútil y ya es hora de que reconozcan su error. Con mi muerte nada se pierde pues estoy seguro de que a esta fecha mi puesto estará ocupado por otra persona de más capacidad. Si siento la muerte es tan solo por no poder gozar con mis hermanos la gloriosa obra de la redención que habían inaugurado y se encuentra ya en el final.
El consejo de guerra lo condena a muerte, y el 17 se le comunicó la pena. El Conde de Valmaseda le ofreció el indulto a cambio de la promesa de no hacer armas contra España. Perucho le contestó al mensajero que le había llevado el recado:
Dígale al Conde que hay proposiciones que no se hacen sino personalmente para personalmente escuchar la contestación que merecen… Yo estoy en capilla ardiente y espero que no se me moleste en los últimos instantes que me quedan de vida.
Como ya no podía caminar, pidió que lo llevaran en coche al paredón de fusilamiento en solicitud que le fue negada. Para humillarlo, los españoles lo hicieron cabalgar sobre un asno lo obligan a cabalgar sobre un asno hasta el lugar de su ejecución y lo sometían a burlas.
Se dice que Perucho comentó con estoicismo: “Está bien, está bien; no seré el primer redentor que cabalga un asno”, en alusión al modo como Jesucristo hizo su entrada en Jerusalem. Ya ante el paredón le ordenaron que se arrodillara, a lo que se negó. Descalzo y tan débil tuvo que ser sentado en un taburete, y así rindió su alma, aunque no su honra.
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