Dos miradas al pasado de la Humanidad
Una de las lecturas más apasionante que hice en mi infancia fue el mágico Dioses, tumbas y sabios, la novela de la arqueología. Este voluminoso libro[i] de divulgación científica, escrito por el alemán C. W. Ceram y publicado en 1949, cuenta las historias de los más importantes descubrimientos hechos por la arqueología en diferentes partes del mundo.
Ya no tengo a mano mi ejemplar, pero recuerdo que hablaba de los maravillosos palacios de Creta y Micenas, de Troya… y del descubrimiento de la tumba del faraón Tut Ank Amón, que constituyó en su época un auténtico suceso que revolucionó a arqueólogos, historiadores, prensa de todas partes y a todas las personas que se apasionaban por las historias del pasado y las antigüedades, en especial de la civilización que floreció a orillas del valle de Nilo, en el Alto y el Bajo Egipto, uno de los más poderosos imperios que ha conocido la humanidad. Como un círculo que se cierra, he recibido en estos días un regalo magnífico: un disco con dos miniseries: Tut y Tutankamún.
La primera cuenta la historia de Tut en una convincente (aunque bastante infiel) reconstrucción de época, y la segunda, la historia del descubrimiento de la tumba en 1922 por el arqueólogo inglés Howard Carter. Ha sido una noche de cine tan mágica como en su momento lo fue para mí la lectura del libro.
Es innegable que la enorme trascendencia del hallazgo no se debió únicamente al inmenso valor de los tesoros encontrados en la tumba, sino al halo romántico que rodea la figura casi mítica del joven rey, hijo de una de las más pintorescas parejas de la Historia: la reina Nefertiti, célebre por su belleza, y el faraón hereje Akenatón, primer monarca egipcio que se atrevió a desafiar el omnipotente sacerdocio del dios Amón y a suplantar a esta deidad por un culto monoteísta al Sol, osadía que le costó la vida.
Su hijo Tut le sucedió en el trono con solo 9 años de edad, contrajo matrimonio con su hermana Ankesnamón, como era costumbre en las dinastías egipcias, y murió misteriosamente a los 19 años. Su nombre y sus hazañas, si las tuvo, fueron cuidadosamente borrados de las pinturas y relieves de los templos y de los papiros reales, como solían hacer los egipcios cuando querían que el nombre de alguien no trascendiera a la eternidad.
Estos hechos, más las pruebas de su enterramiento apresurado en una tumba anónima de la gran necrópolis conocida como Valle de los Reyes, donde yacía rodeado de fabulosos tesoros destinados a su viaje al Más Allá, y los análisis practicados a la momia, encontrada en un sarcófago de oro en el único sepulcro del Valle que hasta hoy no fue saqueado por ladrones de antigüedades, hacen suponer que Tut murió asesinado. También se ha afirmado que tenía deformidades en el cuerpo, como su padre Akenatón.
Todos estos elementos han ido conformando la leyenda del faraón niño, el mismo a quien la gran poeta y escritora cubana Dulce María Loynaz, tras visitar Egipto, dedicara una de sus obras más conmovedoras, Carta de amor a Tutankamón. El joven rey sigue conquistando almas a más de 3 000 años de su muerte, la mía entre ellas, porque yo también lo amo.
No estoy segura de que la historia contada en Tut se ajuste a la verdad. Creo que hay bastante fabulación en el guión, aunque hechos fundamentales como la existencia y poderío del visir Ai y el general Horenheb, jefe de los ejércitos reales, la guerra contra el país de Mitani y contra los hititas, los dos bebés muertos dados a luz por Ankesnamón y algunos otros detalles sí pertenecen a la Historia.
No creo que las hazañas guerreras de Tut expuestas en la miniserie hayan sido reales, al menos no conozco que existan pruebas de ellas, aunque no habrían sido imposibles dado el inmenso poderío militar de Egipto. Pero es un guión muy bien estructurado, con historias paralelas bien conducidas, una dramaturgia en verdad impecable, y bastante suspense.
Las actuaciones principales estuvieron a cargo de Ben Kingsley, un muy importante actor británico a quien se le recuerda por su espectacular actuación en Gandhi, y yo personalmente le rindo tributo por su papel de un general iraní refugiado en Estados Unidos en el filme norteamericano La casa de arena y niebla, del director Vadim Perelman. En Tut Kinsley encarnó al visir Ai con su acostumbrado dominio de la expresión corporal y el infinito registro de expresiones de su semblante.
El rol del faraón Tut le fue confiado al joven actor y cantante canadiense Avan Jogia. Este acuariano de padre hindú y madre con ancestros irlandeses, galeses y franceces (¡¡¡mezcla de celtas e indoeuropeos!!!) comenzó su carrera a edad temprana y de inmediato despuntó como una estrella.
Además de su gran belleza corporal que evoca las antiguas imágenes del dios Krishna entre los Veddas, es un actor de gran talento, muy convincente en las escenas de combates y capaz de dar vida a un carácter de gran fortaleza que se corresponde totalmente con la imagen de este rey que inspiró a Carter a excavar durante más de diez años en el Valle de los Reyes en busca de su tumba, aún cuando todos los otros arqueólogos que trabajaban allí estaban convencidos de que el Valle estaba agotado como yacimiento arqueológico y no sería posible realizar en esa zona ningún nuevo descubrimiento de importancia.
Nonzo Anozie, actor inglés de origen nigeriano es el general Horengeb. En Cuba le hemos visto desempeñar un papel secundario en la serie Juego de Tronos y en el filme Mazeda. El guión no le permite gran lucimiento en esta serie. Por el contrario, Alexander Siddig, El Tahir El Fadil El Siddig El Abderahman El Mohammed Ahmed El Abdel Karim El Mahdi, actor y director británico de origen sudanés que encarna en la serie al Sumo Sacerdote de Amón, impacta en su papel que, aunque secundario, alcanza grandiosidad sobre todo en el momento en que dirige al pueblo, desde las gradas del templo de Amón, una imprecación contra el faraón, con una gesticulación que recuerda técnicas de los actores de los teatros japoneses No y Kabuki.
Intervino también en Juego de tronos, en el papel de Doran Martell, gobernante e Dorne y hermano del carismático Oberyn. Actor políglota, los papeles de Siddig a menudo le exigen hablar idiomas y además adoptar muchos acentos diferentes: un inglés ‘RP’ sumamente distinguido y académico para Star Trek: Espacio Profundo 9, un acento cockney en Reinado de Fuego, y un marcado acento arabigo-argelino para Spooks, entre otros. También ha actuado en árabe cuando el papel lo ha requerido, como en Syriana y 24.
Tutankamún, miniserie inglesa filmada en 2016 y dirigida por Peter Weber, cuenta en tres capítulos la odisea del joven arqueólogo Howard Carter para lograr excavar en el Valle de los Reyes, lo que solo consigue con el patrocinio del aristócrata inglés Lor Carnarvon, un amateur apasionado de la egiptología, quien le financia hasta el descubrimiento de la tumba del joven faraón durante diez años interrumpidos por la Primera Guerra Mundial, por la falta de fondos y por las intromisiones del Museo de Antigüedades de El Cairo.
Carter es interpretado por el actor y modelo inglés Max Irons, quien también encarnó al protagónico rey Eduardo en la magistral serie inglesa La reina blanca, mientras lord Carnarvon es interpretado por el actor neozelandés de origen irlandés Sam Neill, a quien hemos visto en Cuba en numerosos filmes.
En esta miniserie sí se ha respetadoestrictamente la historia del descubrimiento de la tumba. También podremos asistir a los orígenes de la leyenda sobre una supuesta maldición que estaba escrita en la tumba de Tut y que haría morir en el plazo de un año a todos aquellos que hubieran entrado en el interior de la cámara real. La leyenda nació con la trágica muerte de lord Carnarvon, causada por la picada infectada de un insecto, que le impidió asistir a los momentos cumbre del descubrimiento. Es cierto que la inscripción existe, pero se trata de una imprecación común en las tumbas de nobles y personajes de la realeza egipcia, que tenía por objetivo alejar a los ladrones de tumbas, quienes ya se dedicaban a su lucrativo oficio —organizados en clanes familiares— en tiempos de las pirámides. No es menos cierto que varios de los hombres que participaron en la apertura de la tumba, fundamentalmente ingleses, murieron en el plazo señalado, uno de ellos por un suicidio inexplicable. Pero investigaciones posteriores han dejado en claro que algunas de estas muertes extrañas pudieron deberse a infecciones por hongos que estaban en aquella tumba oscura y húmeda, cerrada por más de 3 000 años.
La trama de los amores entre Carter y la joven Lady Carnarvon es algo cuya autenticidad histórica jamás se llegará a conocer. Los descendientes de esta familia de la nobleza británica la han desmentido en cuanto la serie ha salido a la luz pública, pero si esa relación existió o no, es un detalle que poco aporta al magno acontecimiento del hallazgo, que se debe al tesón de Carter y Carnarvon, quienes se enfrentaron a todos los obstáculos y penalidades, incluida la rebelión árabe ante la presencia británica en Egipto después de la guerra.
Yo disfruté de una experiencia estética y cultural muy gratificante al poder ver las dos miniseries en una misma noche, y me gustaría que los espectadores cubanos pudieran sentir el mismo placer y tener la oportunidad de conocer más sobre uno de los acontecimientos más importantes del mundo moderno. Un detalle curioso: Catalina Lasa del Rio y Juan Pedro Baró, una de las parejas de amantes más celebres de Cuba, visitaron la tumba, y la patricia villaclareña Marta Abreu, que tanto hizo por la independencia de Cuba, usaba un broche muy antiguo con la cabeza de la reina Nefertiti, madre de Tut.
Pienso que el ICRT podría trasmitir ambas miniseries como una programación conectada en dos partes en un horario estelar, tal vez, de fin de semana. Además, la conexión invita a reflexionar sobre un tema filosófico como es el regreso del pasado, el tiempo cíclico y el eterno retorno de lo mismo, tesis sostenida por el célebre antropólogo Mircea Elíade, uno de los especialistas más esclarecidos en la historia de esta ciencia multidisciplinaria.
[i] Dioses, tumbas y sabios es un libro de divulgación histórica, obra del escritor alemán C. W. Ceram. Se publicó por vez primera en 1949. Tuvo la virtud de acercar al gran público los secretos de la arqueología. Desde su publicación fue un éxito de ventas, traducido a numerosas lenguas, y reimpreso en la actualidad.
Dioses tumbas y sabios se divide en cuatro tomos, dedicados al mundo griego, al Antiguo Egipto, a Mesopotamia y a las civilizaciones precolombinas, respectivamente. Cierra la obra un quinto libro, titulado: Sobre los libros de historia de la arqueología que todavía no pueden escribirse. En la obra se proporcionan apuntes biográficos sobre personalidades de la arqueología, como Heinrich Schliemann, Jean-François Champollion, Paul Emile Botta y Howard Carter.
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