Cuando veo sus medallas recuerdo las de mi abuelo. Me convierto nuevamente en La nieta de un veterano, ahora de un hombre con voz más ronca, pasitos cortos y los dedos rotos por las torturas del Servicio de Inteligencia Militar (SIM).
Un Capitán que guardó el uniforme verde olivo en su gaveta de recuerdos con el triunfo de la Revolución y se dedicó a la vida civil. Fue “El Mulato” para Camilo Cienfuegos, el Bragao para la clandestinidad y Juan Enrique Pérez García para tantos papeles antiguos que guardaba, que hablan de su dolor, la Ortodoxia y el Comercio.
Me contó su historia como si yo hubiese estado en Remedios, Villa Clara, cuando fue Chibás a dar su discurso, como si lo hubiese visto comerciar en las tarimas del Mercado Único de La Habana… En ese momento gradué mis oídos para escucharle mejor.
“Cuando tenía ocho añitos salía de la escuela y trabajaba en una guarapera, dándole a la manigueta. De ahí pasé a trabajar de segundo conserje a la casa de un compañero. Consistía en hacer mandados a los socios, buscarles la merienda, limpiar las suciedades… Lo que ellos pidieran.
Estando allí empecé a coger algunos quilos y comencé a trabajar en el Bar Sánchez. Del Bar Sánchez al Especial. Y cuando tenía ciento y pico de pesos empecé a ampliar la “venduta”, a liberarme por mí mismo. Entonces alquilé la valla de gallos de Remedios a los trece años y puse una cantina en frente. Y a los catorce, comencé en los negocios con el comercio para toda mi vida.
Allá fue cuando entré a la Ortodoxia porque conocí a Chibás. En un acto que fue a dar a Remedios. Casualmente le habían hecho una tribuna falsa, se partió la madera, se calló todo y fui a ayudarlo.
Fue un gran compañero Eduardo R. Chibás, que en gloria esté, que se dio el último aldabonazo por las traiciones que existían. Era un hombre de mucha conciencia, era rico y usó su capital para la revolución.
Le habían robado los documentos que él tenía para presentarlos, y por eso, según nosotros, se quiso quitar la vida. Así fue el principio de nuestras luchas… y era verdad: ¡Vergüenza contra dinero! Me agarré de su frase, aunque ya yo tenía dinero… pero era la realidad. Mi familia era pobre.
En La Habana: ortodoxia y comercio
Vine para La Habana porque mi madre, que en gloria esté, me dijo: vende el negocio y ve, que allá están tu hermanito y tu cuñada que tuvieron un problema. Entonces vendí la venduta, dejé el dinero y vine con el pasaje na´ más y dos pesos. Me los encontré durmiendo en el Parque Central.
De ahí fui para el Mercado, pregunté por trabajo y me puse a lavar limones. Se lavaba a medio el saco. En la noche alquilé tres camas que valían a 60 centavos, gracias a tres pesos que me dio un amigo mío de Remedios, y en ese hospedaje nos quedamos a dormir.
Por la mañana nos quedaba algo y lo cogimos para el desayuno. Cuando vinimos a ver, lo que nos quedaba era un medio y lo cogí pa´ un café de a quilo y, pa´ la Plaza.
Después de veinte días de lavar limones me entero que había un pedazo de tarima que lo podía alquilar por 1.50 diario y poner el negocito. Así empecé en la Plaza, en el Mercado Único de La Habana, que hoy es Cuatro Caminos.
De la venta de limones, pasé a comprar calabazas, ají… aumentando los negocios, al poco tiempo ya tenía un dinerito ahorrado, y compré una tarimita para mí, además de otros negocios más amplios.
El Bragao llegó a ser dueño del comercio en bodegas, pollerías, carnicerías, fondas, tarimas de limones y puestos de frutas y viandas en la capital, según me contó. Cuatro meses más tarde, sus seis hermanos y sus padres llegaban a La Habana desde el municipio de Remedios. Luego, con sus ahorros pudo abrir una pequeña bodega.
¿Cómo decidió que quería formar parte de la lucha?
Yo estaba entre la juventud ortodoxa de Remedios. Luego, en el Mercado Único vi que un policía batistiano le pregunta a una viejita el precio de unos plátanos que costaban a diez quilos y como ella no se los regaló, él los tiró para el piso y se los aplastó todos. Eso me dio una cosa por dentro…
Después del Golpe del 10 de marzo de 1952, empezamos los contactos con los diferentes grupos y nos reuníamos una o dos veces al mes para dar y recibir las orientaciones de lo que había que hacer.
El jefe en La Habana era Carlos Vega Vega, que fue quien le dio el primer revólver que tuvo Fidel en México. Él buscaba el fósforo vivo para los sabotajes. Cogíamos los termos de fósforo vivo que venían en agua para los sabotajes, se picaban en trocitos, se echaban en pomitos y quemábamos guaguas…. siempre detrás de la gente de Batista, porque eran asesinos de verdad.
Tropiezan las historias unas con otras y se me quedan muchas.
En el año 44 o 45 cae preso un compañero mío ortodoxo, Emilio Ochoa, y le pegaron una multa que la recogimos en quilos y les llenamos la vidriera a la policía para que pasaran trabajo al contarla.
Su hijo Enrique confirma los hechos, el mismo que con cinco años salió corriendo con una pistola que su padre tenía en el escaparate escondida…
Nosotros en la clandestinidad teníamos que trabajar con mucho cuidado. Yo me subía a la azotea de la casa, cuando vivía frente al Mercado Único, y regaba las proclamas subversivas. Detrás de los sacos de limones en la tarima tenía las armas. Iba de un pueblo a otro con un letrero grande de Batista y la policía me dejaba pasar, me saludaba. ¡Venezuela despertó! Era la contraseña en todos los lugares para transportar las armas.
Se hacía propaganda y contactos en los pueblos para subir y bajar las lomas. Las armas que se rompían las traíamos y las que conseguíamos las llevábamos. También teníamos miembros de la policía de Batista que nos apoyaban con artefactos y municiones en casi todas las provincias.
A su madre
Mi madre se vino a enterar de todo cuando caí preso. Yo le decía que iba a comprar viandas y frutas a los campos, como tenía negocios y eso. Pero iba a las lomas a llevar y traer armas, subir y bajar, porque era lo que me ordenaban y era lo que tenía que hacer.
Nunca le dije nada. Que va… no tenía valor. Mi madre no sabía nada. Yo pensé mucho en mi madre. Mi madre era muy buena. Mi padre me lo había matado una guagua.
Leí a Enrique la carta que escribió a su madre desde la prisión, porque la vista no le alcanza para descifrar su letra:
Mi queridísima madre quiero y te pido mil perdones por el disgusto tan grande que te di, pero uno siempre en la vida comete errores para buscar mejoría, lo cual mejor hubiera querido morir –sí, que darle el susto a ella, me dijo,- que verte sufriendo pues me he maldecido todos los días por lo que hice, pues tú sabes bien, igual que dios, que yo te quiero con todas las fuerzas de mi alma presa. Sé que no puedes olvidar lo que te he hecho pero le pido por mi vida que no sufra, pues dios sabe que yo rezo por ti todas las noches, por tu tranquilidad y tu salud buena madre.
Las torturas
Caí preso en el SIM (Servicio de Inteligencia Militar), desde el 4 hasta el 24 de julio de 1958. Me internaron en una mazmorra de 4×4 agachao… sin ropa, mojado todo el piso. Veinte días de tortura. Toda la noche aquello era horrible, estuve en el suelo dos días sin pararme, me partieron el esternón, “corrigiendo” y orinando sangre. De noche me arrastraban, me partieron los dedos, los dientes. Cuando perdía el conocimiento me dejaban. De día no, de día nos dejaban en un cuarto, ahí, una pila, tirados. De noche siempre, las torturas eran de noche.
De ahí me sacaron, me llevaron al cementerio, para que yo hablara y yo no podía hablar, yo tenía los contactos de subir y bajar a las lomas para recoger las armas rotas y arreglarlas. Me decían que me hacían Primer Teniente, me pagaban el mes si yo los conducía a las lomas. Ellos sabían que yo tenía contactos.
A Pérez García los jefes le pusieron El Bragao por ser muy bravo. Dicen que tenía buena puntería, aunque nunca tiró a matar, y que le dio trabajo y casa a cuanta persona sincera se lo solicitó como Capitán Jefe del Cuerpo del Servicio de Vigilancia de la Terminal Marítima de Cayo Cruz, La Habana, del Ministerio de Obras Públicas, Mayordomo del Hospital Las Ánimas, entre otros tantos cargos que, como él comenta, lo que se cuente es poco.
También fue designado como Jefe de Tropas del Segundo Frente Nacional del Escambray por el Comandante Camilo Cienfuegos, jefe del Ejército de Cuba en aquel momento, para tomar el mando de las tropas acampadas en La Cabaña en autorización acuñada el 22 de enero de 1959.
Por otra parte, Enrique fue tratado de asesinar en varias ocasiones por organizaciones contrarrevolucionarias o pertenecientes a los servicios de inteligencia de los Estados Unidos como La Rosa Blanca.
La historia de Enrique es una de las tantas desconocidas, archivadas en los recuerdos y en los papeles de las familias cubanas.
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