La Bodeguita del medio
Entre las fotos de familia que alguna vez poseí y ahora solo conservo en la memoria, había una en gran formato donde aparecían mis padres elegantemente vestidos, él de traje y ella hermosa y enjoyada, sentados a una larga mesa
repleta de personas en un local muy feo, de apariencia sórdida y con paredes atestadas de graffittis.
Además de las muchas botellas de cerveza Cristal
que aparecían sobre el blanco mantel, las sonrisas que todos ellos mostraban a la cámara parecían tener otro motivo: un inmenso bienestar y una satisfacción plena, atributos inconfundibles de quienes acaban de saciar sus estómagos con una comida muy interesante. Cómo podía ser de otro modo, si detrás, en la pared de fondo del local, se leían sobre una especie de festón las palabras “La Bodeguita del Medio”.
La primera vez que fui llevada a La Bodeguita y sentada en uno de sus rústicos bancos entre mi abuela Hilda y mi abuelo José Manuel, periodista y poeta muy amigo de Martínez, dueño del local, recuerdo muy bien que solo quería irme porque aquello me parecía tremendamente feo y un marco muy
inapropiado para mi recién estrenado vestidito de terciopelo con encajes de guipur.
Aunque Martínez, con su impoluta guayabera, era de una afabilidad discreta y además me regaló un caramelo, yo no entendía el entusiasmo con que mi abuelito había tratado de conquistarme para llevarme a aquel almuerzo. Tendría que convertirme en una joven correctora de imprenta y
aspirante a escritora y volver a La Bodeguita con mi amiga Gretel Alfonso, hijastra de Felito Ayón, para entender el glamour áspero y sobrio, en realidad anti glamour, que resuma este restaurante, probablemente el más célebre de La Habana en el mundo entero, aunque por culpa de Hemingway le
haga la competencia El Floridita.
Pero que un bodegón tan desprovisto de elegancia y refinamiento, tan basto, tan gris, sea capaz de competir con la guarida del daiquiri, ubicada entre los cinco restaurantes más caros del planeta, indica que la creación de Martínez tiene una magia secreta.
Repasando crónicas para hacer este trabajo di con una bellísima firmada por el periodista Ciro Bianchi Ross, que me aclaró un poco el enigma: dice aquel viejo recorte de periódico que el gran Felito Ayón estuvo muy ligado a los comienzos de La Bodeguita y fue responsable de sus primeros éxitos. Pero
antes de hablar de este personaje hay que hacerlo de Ángel Martínez, el campesino de origen canario que abandonó Vueltas, su pueblo natal, para venir a La Habana en busca de fortuna. La bodega parecía ser el destino más inteligente de todos los inmigrantes provenientes de la madre patria. ¿No lo confirma acaso aquel antiguo refrán colonial que reza: padre bodeguero, hijo millonario, etc…?
Con experiencia en el negocio de las bodegas, institución comercial clave en la cultura comercial popular cubana, Ángel Martínez compró un local en La Habana Vieja, en el número 207 de la calle Empedrado, entre Cuba y San Ignacio. No estaba en una esquina, como era la tradicional ubicación de las
bodegas, pero en cambio la situación era estratégica, porque el barrio era populoso y a media cuadra se erguía la Catedral de La Habana.
Muy cerca los Muelles, el Puerto. Claro que en aquella zona había muchos otros comercios que vendían más o menos las mismas mercancías que la recién estrenada
bodeguita y tal vez mejores, cosa muy normal en 1940, año en que se inicia esta historia y uno de los de más esplendor para la ciudad. La esposa de Ángel era buena cocinera y pronto los aromas que se escapaban de su fogón llamaron la atención de los clientes que jugaban cubilete en la pequeña
barra, tradicional en toda bodega que se respetara. Martínez puso más taburetes y la barra se extendió a humilde cantina donde se podía comer comida criolla muy sabrosa. No imaginaba que ya su suerte estaba doblando la calle para encontrarlo.
Felix Ayón, más conocido en la cultura cubana como Felito o El Chino, fue un personaje singular de la bohemia habanera, de esos que con un amor tremendo por el Arte no pueden, a su pesar, ser creadores.
Felito, cuyo encanto personal es aún recordado vivamente por quienes le conocieron, era el amigo
de todos, el promotor de poetas, pintores y músicos, y un animador natural de las noches habaneras.
Se dice que fue en torno de su escuálida figura y su carismática personalidad que se reunió el maravilloso grupo de intelectuales y artistas que hicieron del Gato Tuerto, templo del feeling y uno de los cabarets más atractivos y mejor centro de reunión de la farándula en toda la ciudad..
Con un instinto poco común para detectar el talento y las oportunidades de promoverlo, en 1946 Ayón compró un local vecino a la bodega de Martínez y montó allí una imprenta, y no tardó en trabar amistad con el dueño de la rica y olorosa cantina, quien le invitaba con frecuencia a almorzar en su local. Felito, entusiasmado por los excelentes sabores, comenzó a recomendar a sus amistades el negocio de Martínez.
Entonces no valía más de un peso el picadillo o la carne de puerco, el tasajo o chilindrón con arroz y frijoles negros y una cerveza. Era barato y exquisito, y muy pronto Martínez tuvo habilitadas cuatro mesas y pudo contratar para su esposa una asistente, Silvia Torres, apodada La China, aunque yo desconozco si el apodo se debía a que era de la misma raza que Ayón, pero debió de serlo a juzgar por el éxito inmediato que su sazón aportó a la ya reconocida cocina de la Casa Martínez.
Fue también Felito Ayón quien al invitar a una amiga a la Casa Martínez y explicarle que el local se encontraba en medio de la cuadra, encontró el nombre que lo daría a conocer en los cuatro puntos cardinales.
Aunque la lista de todos los famosos que han pasado por la Bodeguita del Medio es realmente muy extensa, el hecho de que no haya figura importante que habiendo visitado La Habana no comiera en ella o al menos bebiera su célebre mojito, hace que valga la pena mencionar algunos nombres que aún
pueden leerse sobre las paredes: los escritores Ernest Hemingway, Gabriel García Márquez, Miguel Ángel Asturias, Alejo Carpentier y todos los Premios Nobel de literatura latinoamericanos; los poetas Gabriela Mistral, Pablo Neruda y Nicolás Guillén; las actrices Rosita Fornés, Regina Duarte y Gloria
Píres; la bailarina Alicia Alonso; los pintores Wifredo Lam, Mariano Rodríguez, el caricaturista Juan David; los músicos Carlos Puebla, Agustín Lara, Nat King Cole, Bola de Nieve, Sindo Garay, Hary Belafonte; el asesinado presidente de Chile Salvador Allende y la Premio Nobel de la Paz Rigoberto Menchú.
Allí tocaron durante décadas los mejores dúos, tríos y cuartetos de la música cubana. No hay que dudar que también comieron frijoles y bebieron mojitos en La Bodeguita del Medio todos los grandes mafiosos que visitaron La Habana en 1959, aunque por razones que no es difícil comprender no dejaran sus nombres graciosamente escritos con creyón negro sobre las paredes donde hoy hay que ser un lince para encontrar un huequito donde dejar la firma.
Quizás haya paseado también por allí su espléndida, majestuosa y real figura el quinto conde de Albemarle a su paso por la capital hace apenas unos años. ¡A, quién hubiera estad allí para verlo en persona!
Visité la Bodeguita durante el período especial y la calidad de la oferta había mermado tanto que llegué a temer por su destino, pero debí saber que un lugar como ese, tan bendecido por el ángel de la jiribilla lezamiano, tiene asegurada la sobrevivencia hasta en el peor de los naufragios. Y de que está bendita no tengo la menor duda, ya sea por los fantasmas de Ayón y Martínez o por el de algún poderoso muerto en sus cercanías durante las oscuras noches coloniales. Desde hace algunas décadas han surgido en varios
rincones del planeta Bodeguitas del Medio.
Paseando por las calles del Distrito Federal de México encontré un restaurante nostálgicamente bautizado por exiliados cubanos con el mismo nombre, y aunque es más lindo, más moderno, con tostones, plantas y tríos de música, lamento decir que le falta el alma, la intensa bohemia, el desparpajo y la criollísima locura del original. Con perdón de los dolientes y sin chovinismos —ni pasiones de otra índole—, Bodeguita del Medio hay solo una. Y está en La Habana.
imop/
