Gallegos en La Habana
La presencia española en Cuba ha sido estudiada ya por numerosos historiadores e investigadores cubanos y peninsulares, y existen varios libros que tratan el tema en profundidad. A este grupo de obras pertenece Los gallegos de La Habana, de la periodista e investigadora Ángela Oramas, publicado por la editorial José Martí.
Sin restar mérito a todo el material existente sobre la participación de españoles en la formación de la nacionalidad cubana, me ha conmovido siempre de un modo especial lo concerniente a canarios y gallegos, pues con ellos está mi ascendencia.
Yo conocía lo difícil que fue para los canarios la emigración, todas las penalidades por las que tuvieron que pasar, sus rebeldías, sus aportes. Y de los gallegos creía que lo sabía todo también, pero el libro de Oramas me ha deparado algunas sorpresas.
El capítulo dedicado a los gallegos esclavos y cimarrones enfrenta una faceta muy espinosa de este grupo humano en sus comienzos como asentamiento en la isla. Es algo de lo que jamás me hablaron en la escuela y sobre lo que nunca escuché comentarios a mi bellísima abuela gallega Hilda, celta de pura cepa, rubia, con aquel azul de ojos que difícilmente se encuentre fuera de Galicia, enamorada del baile y eternamente alegre aún en las peores circunstancias de la vida.
A ella la encontré reflejada en el capítulo que Oramas dedica a la mujer gallega. Es cierto que aunque de genio vivo, eran en su mayoría mi abuela y sus amigas mujeres de gran dulzura, pacientes, trabajadoras, amantísimas de sus familias y protectoras de niños, ancianos y enfermos.
Nunca había que hablarles demasiado para que percibieran en qué estado de ánimo se encontraban quienes las rodeaban, y siempre se presentaban donde había que llevar consuelo, con una sonrisa y el ademán enérgico, inolvidable, con el que ponían las cosas en su sitio para hacerlas funcionar del mejor modo.
Dura fue para las gallegas la vida en Cuba. Siempre se las encontraba en los oficios más humildes, predominando los de domésticas explotadas y mal remuneradas y los de prostitutas. Antes de la llegada de las francesas que los souteneurs importaron del país galo para dar glamour al barrio de San Isidro, eran las pobres gallegas mayoría entre las vendedoras de placer.
La natural sencillez, dignidad y transparencia de su raza no tardaron en ponerlas en desventaja cuando arribaron las francesas, más impúdicas y conocedoras de vicios refinados, que enloquecieron en un dos por tres al elemento masculino criollo y español.
Mientras avanzaba en mi lectura del libro de Oramas iba recordando anécdotas escuchadas en mi casa durante mi infancia, y se me encogió literalmente el corazón cuando llegué a las páginas donde se habla de Triscornia, aquel nauseabundo lugar de concentración a donde eran enviados los gallegos sin familia en cuanto desembarcaban en los muelles. Yo conocí viejos inmigrantes españoles que estuvieron allí, y lo que Oramas narra se queda corto en horror.
Los gallegos de La Habana reúne mucha y variada información sobre las diferentes facetas del quehacer de los gallegos habaneros antes y después de su llegada a Cuba. Describe la existencia precarísima en tierras galicianas donde un sistema casi feudal reducía al campesino a la miseria y muchas veces a horrible muerte por hambre, siendo estas las razones que empujaron a tantos hijos e hijas de esas tierras a cruzar el mar en dirección a la isla feraz de la que hablaban los indianos como del Paraíso sobre la Tierra.
Cuenta cómo llegaban, dispuestos a comenzar una nueva vida basada en el trabajo; las muchas penalidades sufridas, el ahorro severo que se imponían para poder mandar dinero a la familia que habían dejado allá en la aldea. Habla de cómo los sueños de la mayoría se convirtieron en humo, y de cómo unos pocos lograron enriquecerse hasta hacerse de grades fortunas, incluso millonarias, como la del archiconocido Pote.
El libro muestra también como la prensa gallega tomó parte activa en los procesos políticos y sociales de la nación. Cuenta la construcción de los grandes hospitales como La Covadonga, La Benéfica e Hijas de Galicia. Ahonda en la presencia y labor de los intelectuales gallegos o descendientes de gallegos en la cultura nuestra, la fundación de periódicos, la historia del Centro Gallego y otros muchos datos que resultarán extraordinariamente interesantes a los lectores. Termina el volumen con una colección de testimonios de gallegos residentes en La Habana que es imposible leer sin conmoverse fuertemente.
Creo que, además de agradecer este libro que aumenta la perspectiva histórica de nuestra historia nacional, hay que agradecerle mucho a Oramas, y a todos los que hayan escrito y escriban sobre esto en el futuro, por contribuir de este modo a que los cubanos conozcan mejor y tomen conciencia de sus raíces celtas, que no se reducen a una presencia de unos escasos miles de inmigrantes, como en el caso de otras etnias que también forman parte de Cuba, sino que fue la más nutrida. Las cifras invocadas por Oramas así lo demuestran sin lugar a dudas ni a discusión.
Es necesario que la memoria histórica cubana, algo borrada por circunstancias del acontecer nacional, recobre clara noción de que no solo somos un pueblo de ascendencia africana. Cuba es, fundamentalmente, España. Luego África, China, Arabia, Judea. Las comunidades españolas han mantenido vivos sus idiomas y sus acerbos culturales, y todo eso forma parte de la amalgama llamada criollo.
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