El manuscrito más misterioso de todos los tiempos
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El manuscrito más misterioso de todos los tiempos

Puede que usted haya escuchado alguna vez una conversación sobre manuscritos misteriosos. Algunos son textos apócrifos, o al menos acusados de serlo, como los célebres Evangelios Apócrifos que fueron eliminados de la versión oficial de la Biblia por ser imposible acreditar sus fuentes.

Sin embargo, es posible que nunca haya escuchado mencionar el manuscrito Voynich, hasta hoy considerado como el más misterioso de todos los textos conocidos por la humanidad. No es un caso como los textos escritos en el aún no descifrado alfabeto cretense Lineal-B, pues el misterio de lo que sea que digan esos textos radica hasta la fecha en la imposibilidad de leerlos porque no se comprende su escritura.

Cuando por fin sea descifrada, a lo mejor resulta que los textos cretenses dicen cosas de lo más corrientes, como las tablillas babilónicas que resultaron ser registros de almacenes de provisiones de un palacio real.

Pero el Voynich es otra cosa. Fue escrito hace ya más de 700 años en un idioma desconocido al que los especialistas en criptología han llamado voynichés. Esto no es raro, pues los sabios de épocas pretéritas en ocasiones creaban sus propios alfabetos personales para cifrar conocimientos que consideraban peligrosos si caían en manos equivocadas, o descubrimientos que no deseaban compartir.

El ejemplo más conocido es el del  genio italiano del Renacimiento Leonardo da Vinci, quien escribía al revés y era necesario emplear un espejo para poder leer sus anotaciones, llevadas con obsesiva constancia y prolijidad. El manuscrito parece ser una especie de compendio de sapiencia, pues abarca disciplinas tales como la astrología, la botánica, la farmacopea, la cosmología, la biología…

Tratados con esas características se escribieron muchos desde la Antigüedad, baste recordar los de los romanos Plinio el Viejo y Plinio el Joven. Se copiaban tratados más antiguos en los monasterios, o los hacían monjes cronistas que pretendían recopilar y preservar informaciones provenientes de culturas precristianas, como hicieron los monjes en Irlanda con los libros celtas anteriores a la llegada de San Patricio.

¿Qué hace entonces tan especial al manuscrito Voynich? Pues que habla de flora y fauna que no pertenece a este planeta, y contiene ilustraciones de instrumentos que nunca pudieron haber existido en el siglo XIII. Algunos de ellos pudieran ser microscopios y lentes de aumento rudimentarios, acompañados por ilustraciones que recuerdan estructuras de células y bacterias.

Es muy cierto que Leonardo da Vinci se anticipó a muchos inventos, entre ellos al de las aeronaves, pero su idea de volar, dibujada en detalle en bocetos que aún hoy se conservan, era la de unas alas que podían ajustarse al cuerpo humano, algo que por fantasioso que nos pueda parecer hoy (y no lo es en absoluto pues existe un deporte realizable en idéntica forma), estaba dentro de un orden de ideas que pertenecía por entero a este mundo; no se conserva entre sus dibujos y anotaciones ni un solo ejemplo de un boceto de nave espacial, seguramente porque en su época la concepción de viajar  por un cosmos cuya estructura no se concebía más que como cielo alojador de deidades, hacía imposible concebir una nave capaz de tales travesías.

Las máquinas voladoras que construyó tenían como fin viajar sobre la geografía terrestre y nada más. Leonardo operó con los conocimientos de su tiempo y trató de desarrollar las tecnologías que ya eran conocidas. No podía ir más allá.

Pero hablar de células y bacterias en el siglo XIII es toda una anticipación del intelecto difícilmente explicable, porque el microscopio, instrumento que permitió el descubrimiento de ambas, no fue inventado hasta 1590 por el holandés Zacharias Hanssen. Se trata nada menos que de una anticipación de tres siglos. El microscopio fue el primer instrumento que permitió la observación de estructuras invisibles al ojo humano.

Debido a que ninguno de los muchos expertos en criptografía que se han ocupado del manuscrito Voynich ha podido descifrarlo, se le llama el Santo Grial de la criptografía. Si uno recuerda que los Manuscritos del Mar Muerto ya han sido descifrados, y que los más sofisticados códigos empleados por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial fueron descifrados por los Aliados merced a la creación de máquinas que rompieron todos los estándares de aquellos años, uno se pregunta qué pasa con el Voynich.

La teoría de que se trata de una falsificación realizada en la Edad Media sin más propósito que el de engañar a algún mecenas financiador de alquimistas calenturientos siempre dispuestos a prometer la conversión del plomo en grandes montones de oro, carece de sentido no porque ello no haya sucedido más de una vez, sino por las anticipaciones que contiene el Voynich. En ningún laboratorio de alquimistas medievales, ni en el mejor surtido, existían instrumentos capaces de permitir ver una célula.

Hay una circunstancia que pudiera conducir a alguna pista sobre el origen del extraño texto: en muchas de sus páginas se repiten los mismos signos, por lo que todo el manuscrito cumple la constante conocida como Ley de Zipf, según la cual en todas las lenguas conocidas la longitud de las palabras es inversamente proporcional a su frecuencia de aparición.

La explicación de esta ley se basa en la economía lingüística: las palabras más breves de un idioma son las más utilizadas por sus hablantes porque requieren menos energía, por ello es el uso de una lengua el que acaba por imponer esta ley. Es prácticamente imposible que el autor del manuscrito Voynich conociera la ley de Zipf, enunciada muchos siglos después, y por tanto que la aplicase a una lengua inventada por él. Esto hace pensar que el Voynich está redactado en un lenguaje real, ya que en lenguajes artificiales creados a propósito, como los élficos de Tolkien o el Klingon de Star Trek la Ley de Zipf no se cumple.

Sobre los orígenes y el nombre con que se conoce a este extraño manuscrito, reproduzco un fragmento del blog de Word Press Tejiendo el mundo:

El manuscrito debe su nombre a Wilfrid M. Voynich, quien encontró el libro en 1912 en una biblioteca jesuita del colegio de Mondragón, cerca de Roma, donde parece ser había sido donado por Athanasius Kircher (criptólogo alemán) a finales del siglo XVII, quien a su vez lo habría conseguido de Johannes Marcus Marci, rector de la universidad de Praga en aquella época y que a su vez lo habría conseguido de Georgius Barchius, alquimista que trabajó en la corte de Rodolfo II, el que ha su vez lo habría conseguido de Jacobus Horcicky de Tepenecz, también alquimista, quien se habría apoderado del manuscrito tras la muerte de Rodolfo II, a quien pertenecía el libro hasta el 1622.

Es posible que el libro llegara hasta la biblioteca del Sacro Emperador Romano de manos de Johannes Kepler, quien entre los años 1584 y 1588 vivió en la corte de Rodolfo. Kepler, gran aficionado a la alquimia, matemáticas, astrología y astronomía, era un gran admirador del trabajo de Roger Bacon y atesoraba muchos de sus manuscritos originales.

Es por este motivo que el manuscrito Voynich se atribuye por muchos al tal Roger Bacon, quien supuestamente lo habría escrito casi cuatro siglos antes. Roger Bacon fue un monje franciscano y alquimista del que se dice habría creado un código para camuflar sus investigaciones sobre la piedra filosofal y el elixir de la vida.

Otra teoría pone en el tablero a dos nuevos personajes que también residieron en la corte de Rodolfo II (personalmente es la que más me convence).

Estos personajes son Francis Bacon, escritor y aficionado a todos los temas ocultos y su buen amigo, Cornelis Drebbel, quien fuera jefe alquimista en la corte de Rodolfo II en la época en la que supuestamente aparece por allí el manuscrito. Curiosamente, Drebbel era un gran aficionado a los microscopios y telescopios y él mismo los fabricaba y vendía.

Francis Bacon escribió un libro titulado “La nueva Atlántida” en 1626, donde los paisajes, lugares y costumbres descritas coinciden más que sorprendentemente con las ilustraciones del Voynich. Es más que probable que el manuscrito fuese escrito por Drebbel a modo de apoyo para el libro de Francis Bacon. Como una biblia de la nueva Atlántida que envolvería la obra de Bacon como algo real, no ficticio, y que impulsaría su éxito.

La costumbre de dotar a los textos apócrifos de unos linajes originales tan ilustres y enrevesados ha existido siempre, favorecida por el colapso que sobrevino cuando el imperio romano cayó en manos de los bárbaros y todo el acervo cultural grecolatino se hundió en una noche oscura para volver a la luz siglos después, mutiladísimo, gracias a los monasterios, devenidos reservorios de los saberes antiguos.

El hecho de que el manuscrito Voynich ostente esa genealogía conspira contra su credibilidad y habla en favor de la teoría de una falsificación semejante a la de los poemas de Ossian, escritos en 1791 por el escocés James Macpherson, y presentados al mundo literario como una antigualla  traducida del celtogaélico antiguo, pero no eran más que un refrito de algunos poemas antiguos a los que había mezclado algo de su imaginación, lo que no impide que sean bellos.

Volviendo al manuscrito Voynich, tiene alrededor de 240 páginas de pergamino. La escritura fue elaborada con pluma de ave, de acuerdo con la época. En las imágenes se emplearon tintas de colores. Los expertos aseguran que el texto es posterior a las imágenes, cuyos bordes toca en numerosas ocasiones, algo que no ocurriría si éstas hubiesen sido añadidas posteriormente. Se cree que el texto no está completo y le faltan unas 28 páginas.

En la actualidad el manuscrito Voynich se encuentra en la Biblioteca Beinecke de libros raros y manuscritos de la Universidad de Yale, Estados Unidos, donde solo en muy contadas ocasiones puede ser consultado por estudiosos debidamente acreditados, que continúan desconcertándose ante sus páginas y preguntándose si están ante un milagro del futuro o una broma colosal.

imop/

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