Breve historia del Teatro Nacional de Cuba
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Breve historia del Teatro Nacional de Cuba

Entregarán en Cuba Premio Excelencias 2017. Foto: http://www.lahabana.com.El Teatro Nacional de Cuba ha sido catalogado por actores, dramaturgos y especialistas  nacionales y extranjeros como uno de los mejores del mundo y el mejor de América Latina.

Esta joya de la arquitectura teatral tiene una azarosa historia, que hasta cierto punto podría catalogarse como heroica.

En enero de 1951, el Ministerio de Obras Públicas pidió al Presidente de la República, doctor Carlos Prío Socarrás, un presupuesto de 105 mil pesos para la compra de unos terrenos aledaños a la Plaza Cívica José Martí, hoy Plaza de la Revolución, con el fin de construir en ellos un teatro que no fuera privado. En el área anexada radicaba por entonces la Ermita de los Catalanes.

El proyecto definitivo fue seleccionado mediante concurso convocado por la Junta del Patronato conformada expresamente para atender la construcción del futuro teatro. En julio de 1952 fue colocada la primera  piedra, bendecida por el obispo auxiliar de La Habana, en cuyo interior se guardaron una medalla de la Virgen de la Caridad, santa patrona de Cuba, y una colección de monedas del cincuentenario de la República.

La intención no era sólo construir un teatro, sino  también un local con las condiciones ideales para instalar la primera escuela de dramaturgia y de formación de actores del país. La prensa oficialista anunció que el inmueble estaría terminado dieciocho meses más tarde.

Se pretendía que el Teatro Nacional de Cuba, similar al edificio del Teatro Radio City de Nueva York, tuviera un escenario tan moderno como aquel, para lo cual en 1953 fue fundida la placa del mismo, con unos trescientos cincuenta metros de longitud y mil quinientos bloques de hormigón, excelente aislante sonoro y térmico. El periódico El Mundo aseguraba que la obra estaría concluida para julio de 1954.

La inminencia de la inauguración del magnífico monstruo teatral desencadenó todo un movimiento público de gran efervescencia en torno a la elección del nombre que debía llevar. Dicho movimiento fue liderado por importantes figuras del arte y las letras de la capital, entre las cuales una de las más activas fue la poeta y narradora Dulce María Loynaz, quien se presentó ante el dictador Fulgencio Batista, Presidente de la República, con un álbum en el que había reunido miles de firmas de mujeres cubanas, quienes apoyaban la idea de bautizar al nuevo teatro con el nombre de Gertrudis Gómez de Avellaneda, y proponían inaugurarlo con la puesta en escena de su obra Baltazar.

En la memoria descriptiva del proyecto se hablaba de hermosos salones de espera para que el público asistente pudiera conversar y fumar en ellos, actividad esta última que hasta el momento se había llevado a cabo en el interior de los locales teatrales y los cines. Al edificio principal estaría anexo otro teatro más pequeño, con fines de experimentación y formación de personal especializado.

Para el diseño interior de las salas se tuvieron en cuenta las más modernas y científicas normas de construcción; así, por ejemplo, el espectador más alejado no debía quedar situado a más de sesenta pies del escenario. Habría escuelas de Artes Dramáticas y Ballet, secciones de Escenografía, Tramoya y Maquillaje, sastrería, biblioteca, taller de pintura y decoraciones.

Todos los departamentos tendrían comunicación con las salas y se crearía un sistema de escaleras capaz de permitir el retocado a cualquier altura. Se pensaba en levantar una fachada consistente en un inmenso ventanal de cristales de aluminio y acero; también tendría escalinatas y hermosos jardines, y el teatro, en todo su conjunto, sería una obra arquitectónica capaz de embellecer el entorno en orgánica interrelación con la naturaleza del lugar.

Las obras, que en un comienzo estuvieron encomendadas a la  prestigiosa firma constructora Purdy and Henderson Company, fueron pasando de  mano en mano, y también pasaba el tiempo sin que el proyecto avanzara.

El Gobierno de Cuba quería inaugurar el Teatro Nacional en una fecha que coincidiera con el Primer Congreso Panamericano de Teatro, el cual debía celebrarse en noviembre de 1958, pero lo cierto es que, tras ocho millones de pesos invertidos en su construcción desde 1950, de los cuales al menos cuatro se habían fugado a bolsillos de funcionarios y entidades corruptas, la Revolución llegó al poder con un Teatro Nacional que no era más que un cascarón donde sólo existía el escenario.

A pesar de ello, en los primeros años del proceso revolucionario, el actor Gerard Philipe, considerado como uno de los grandes de la escena en Francia, visitó la isla y declaró que el Teatro Nacional,  aún en su estado embrionario, le parecía, por sus excelentes condiciones técnicas, uno de los mejores del mundo y el primero de América Latina. El tuvo la impresión de que algún día el centro llegaría a convertirse en el lugar indicado desde donde podría iniciarse una verdadera revolución cultural de todas las manifestaciones escénicas del país. En ese momento sólo funcionaban en Cuba unas diez salas privadas.

La primera sala que, tras mil esfuerzos increíbles, estuvo lista para acoger al público fue la Covarrubias, bautizada así en aquel entonces en honor a Francisco  Covarrubias (1775-1850), actor y autor cubano.

En febrero de1960 se llevó a cabo en ella  una preinauguración con un concierto dirigido por el director soviético Aram Jachaturiam, quien se encontraba en Cuba formando parte de la primera delegación cultural de su país que visitaba nuestra isla.

En condiciones muy precarias la sala Avellaneda funcionó hasta los primeros meses de 1961, prácticamente sin lunetario, sin luces, sin aire acondicionado, con pésima acústica y muchas otras carencias, que, de no haberse materializado en  medio de la efervescencia de los inicios del proceso revolucionario cubano, hubieran hecho impensable el despegue de aquella aventura sin precedentes.

La intención, tras la entrada de los barbudos en la capital, había sido que el Teatro Nacional fuera inaugurado en diciembre de 1959 con la puesta en escena de la obra Baltazar, de Gertrudis Gómez de Avellaneda, para lo cual se había esperado el regreso de Estados Unidos de la exitosa actriz cubana Míriam Acevedo, destinada a ser la protagonista.

Ella volvió a La Habana en enero de 1960, pero para entonces, debido a que se estaba produciendo en esos momentos  la visita al país del escritor y filósofo francés Jean Paul Sartre, la dirección del Teatro Nacional decidió inaugurar en su honor con la obra del mismo autor La ramera respetuosa, hecho que tuvo lugar en marzo de aquel año.

1960 fue el año de gloria de esta institución. Con absolutos y entusiastas llenos de público se asistió a los estrenos de Santa Juana de América, El retablo de maese Pedro, Los fusiles de la madre Carrar, Yerma, El jardín de los cerezos y otras obras de renombre internacional, así como  a las representaciones del Conjunto de Danza Moderna, entonces bajo la dirección del gran coreógrafo cubano Ramiro Guerra, quien ya había montado con sus primeros bailarines obras como Suite yoruba, Auto sacramental, Llanto por Ignacio Sánchez Mejía y otras que, poco después, alcanzaban fama y reconocimiento internacional.

También el Centro albergó al Conjunto Folklórico, que hizo trabajos de suma importancia con bailarines  captados en las calles de la capital y entrenados con emergente rigor. Y se ofrecieron conciertos y espectáculos para niños, entre los cuales ha quedado grabado en la memoria la obra Lindo ruiseñor, como algo jamás igualado ni superado en la historia del teatro cubano de todos los tiempos.

En ese breve lapso se presentaron en el Teatro Nacional espectáculos internacionales de gran envergadura, como la ópera de Pekín, el Ballet Folklórico Georgiano, el Conjunto Teatral Chileno, el Ballet Nacional de México, el Conjunto de Bailes Folklóricos de la Unión Soviética y el Ballet Yugoslavo.

Veinte años después, y tras enormes esfuerzos constructivos llevados a cabo por el Gobierno Revolucionario, el Teatro Nacional fue  verdadera y completamente  concluido, e inaugurado  el  3 de  septiembre de 1979, con sus tres salas, su café cantante y todos sus locales anexos. La gala inaugural fue ofrecida en honor de las delegaciones asistentes  a la VI Cumbre de Países No Alineados celebrada en La Habana.

El Teatro Nacional vio nacer las primeras Brigadas Artísticas que llevaron el arte teatral y danzario a los lugares más recónditos de Cuba, dando impulso a lo que después se convirtió en un pujante movimiento de aficionados a lo largo de todo el país. Su extraordinaria labor de difusión cultural no puede ser olvidada, y habrá que mencionarla siempre cuando se haga un recuento histórico del  arte cubano.

imop/

 

 

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