Historia de las academias cubanas en el período colonial
En el espacio que ocuparían las academias en Cuba a partir de su aparición en el panorama nacional, oficiaron antes, con gran provecho, las tertulias que se realizaban en las residencias de algunos escritores y hombres de ciencia, y en ciertas sociedades culturales, tales como la Sociedad Económica de Amigos del País; La Caridad, del Cerro; el Liceo de Guanabacoa, el Liceo Artístico de La Habana y el de Matanzas; la Filarmónica, de Bayamo; el Club San Carlos, de Santiago de Cuba , y otras.
Las tertulias tuvieron su máximo apogeo en 1835 y sobresalieron las que tuvieron por sede las casas del erudito humanista Domingo del Monte (1804-1853), en La Habana y Matanzas, donde se leyeron cuentos de Cirilo Villaverde (1812-1894), Anselmo Súarez y Romero (1818-1878) y Ramón de Palma (1812-1860); el drama El Conde Alarcos, de José Jacinto Milanés (1814-1863); y artículos de José Victoriano Betancourt (1813-1875), el costumbrista José María de Cárdenas (1812-1882) y Gaspar Betancourt Cisneros (1803-1866), quien hizo célebre su seudónimo El Lugareño. En aquellas reuniones explicó sus investigaciones el sabio Felipe Poey (1799-1891) y expuso sus ideas sobre el futuro de Cuba Francisco de Frías (1809-1877), conde de Pozos Dulces; allí hizo acto de presencia varias veces el poeta Gabriel de la Concepción Valdés (1809-1844), conocido por Plácido, y en ellas, por iniciativa de Del Monte, se acopiaron fondos para comprar la libertad del poeta Juan Francisco Manzano (1797-1854), que había nacido esclavo.
El siglo XIX fue testigo de otras tertulias célebres, como las del profesor de Derecho José María de Céspedes (1829-?) -más buen expositor de doctrinas e ideas que hombre de letras- y las de Nicolás Azcárate (1828-1894), en las cuales brillaron figuras posteriores a 1868; las de la Revista de Cuba (1877-1884), promovidas por José Antonio Cortina (1853-1884) y de las que salieron muchos valores desconocidos hasta ese momento; las de Felipe Poey, en su residencia, y las de Rafael María de Mendive (1821-1886), en su colegio San Pablo. En aquellos encuentros se dieron a conocer importantes obras literarias de la época, se abordaron las corrientes de pensamiento predominantes entonces y se expusieron puntos de vista diversos, con libertad y profundidad. Las tertulias fueron tribuna para la alta cultura cubana, como lo serían después las academias.
En Cuba el patrón seguido por las academias fue el de la Real Academia Española, aunque sin el uso de uniforme para los miembros de la institución ni el tratamiento de Excelencia para ellos. Como en otros países, el objetivo esencial de las Academias cubanas fue el de propender al estudio, a la discusión y por último a la difusión en sus publicaciones de cuantos asuntos atañen a la ciencia o al arte al cual se dedicaba cada entidad de este tipo, para consagrar en ellas a los académicos que pasaban a integrarla.
Las Academias cubanas tuvieron mayor jerarquía que los ateneos y liceos, pues representaban en el país el nivel más alto de la cultura nacional.
Al igual que a las del resto del mundo, a las academias cubanas se les achacó rigidez e intransigencia. Algunos clamaban hasta por la ligereza en el vestuario y la llaneza en el trato. Todas fueron objeto de críticas de las nuevas generaciones de intelectuales y, al mismo tiempo, aspiración honorífica de algunos de sus propios críticos, que luego de satirizarlas en su juventud la percibían décadas más tarde como la consagración de sus valores en el mundo cultural. Según el académico cubano Juan J. Remos (1896-1969), concurrían en aquellos hechos mal enfoque de los detractores, cierto anquilosamiento procesal en los miembros de las academias y mucha falta de sinceridad por ambas partes. El academicismo, para avanzar, debía depurar los métodos para enriquecer la labor corporativa, renovarse para evitar la paralización de la entidad y sus miembros, y promover el diálogo, por encima del quebranto de los reglamentos, para ejercitar el pensamiento humano de modo diáfano y provechoso.
El frac fue prenda académica en los actos solemnes de aquellas instituciones, aunque esa prenda de vestir fue desterrada de los salones en los años 50 del siglo XX cubano, a pesar del desacuerdo e inconformidad de algunos que veían en ello una pérdida de la gravedad que, según ellos, debía revestir cierta actividad académica, en correspondencia con su calidad, origen y función. Los apologistas de aquella solemnidad entendían que la Academia tenía por su razón de ser un profundo sentido popular, como defensora de los valores nacionales, y que nada tenía que ver ello con el modo de vestir. Opinaban ellos que el proceder solemne dignificaba el sentido popular.
La oratorio en el medio académico, en buena medida, se caracterizó por el empleo de un lenguaje adornado, recargado, que no debe compararse con la oratoria actual, más desenfadada y directa, pues ambas corresponden a etapas bien diferentes. La grandilocuencia no restó brillantez ni profundidad al mensaje de aquellos hombres y mujeres que se manifestaron acorde con su ámbito y su tiempo, pero que a su vez cumplían cabalmente con el fin de difundir un pensamiento cultural abarcador en el campo de la literatura y de las artes. Entre aquellos oradores excepcionales de la Academia Nacional de Artes y Letras pueden mencionarse a Antonio Sánchez de Bustamante Sirvén, José Manuel Cortina y José Manuel y Miguel Ángel Carbonell. Juzgar prejuiciadamente o tratar de caricaturizar aquel modo de expresión a partir de los estándares actuales, no sería apropiado ni realista.
La primera de estas corporaciones en Cuba no surgió durante la vida republicana nacional, pues vio la luz en la etapa colonial, al fundarse por Real Decreto de 6 de noviembre de 1860, aunque su sesión inaugural se celebró el 19 de mayo de 1861, en la Universidad Literaria de La Habana. Su nombre fue Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana y su primer presidente fue el médico cubano José Nicolás Gutiérrez y Hernández (1800-1890), profesor de la Universidad de La Habana que por más de tres décadas trabajó a favor de la creación de esa Academia, secundado por Tomás Romay (1764-1849). Las primeras sesiones se realizaron en la Sociedad Económica.
La institución estuvo organizada para su labor en las secciones o comisiones permanentes de Medicina Legal, Odontología, Medicina Veterinaria, Biología, Patología y Clínica Médicas, Patología y Clínica Quirúrgicas, Higiene, Demografía y Legislación Sanitaria, Farmacia, Terapéutica y Botánica, Toxicología, Química Legal y Análisis Físico-Químico, Geología, Mineralogía y Paleontología, Antropología y Zoología, Meteorología y Climatología. Los Anales de la entidad, iniciados en 1863, fueron una valiosa fuente para estudiar la evolución de las ciencias en la Isla.
Ante miembros de aquella Academia, en la sesión del 14 de agosto de 1881, el sabio cubano Carlos J. Finlay (1833-1915) presentó su memorable disertación El mosquito hipotéticamente considerado como agente de transmisión de la fiebre amarilla, en la cual abundaba con detalles en su gran descubrimiento.
La Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana tuvo un papel destacado en la evolución científica de la época y agrupó a los más sobresalientes representantes de ese tipo de conocimiento, entre ellos los mejores profesionales relacionados con esa rama del saber humano, como médicos, naturalistas y químicos, que aportaron una rica bibliografía recogida en los Anales de la institución.
Aquella entidad puede calificarse de antecesora de la Academia de Ciencias de Cuba, nacida un siglo después según dispuso la Ley 1 011, dictada el 20 de febrero de 1962 para crear la Comisión Nacional de la Academia de Ciencias de Cuba, como etapa preparatoria para su funcionamiento ulterior. Aquella Ley dictaminó estudiar y disponer, mediante resolución, la reorganización, incorporación y disolución de cuantas sociedades, academias y corporaciones científicas se estimase conveniente.
Hubo una anterior a la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, aunque de corta vida debido a un incidente de amplia repercusión en su tiempo. Todo comenzó cuando los miembros de la Comisión Permanente de Literatura de la Real Sociedad Económica trataron de constituir, a partir de esta, una academia o instituto habanero de literatura. A tales efectos se solicitó a la monarquía española la autorización necesaria. Concedida -mediante Real Orden del 23 de diciembre de 1833- a los peticionarios y a la Sociedad Económica, que tuvo también entre sus múltiples nombres el de Real Sociedad Patriótica de La Habana, los solicitantes dieron por disuelta la Comisión Permanente y se constituyeron en Academia Cubana de Literatura, el 6 de marzo de 1834.
Pero las aspiraciones de libertad e independencia en su labor académica, evidentes en los escritores, fueron señales de alarma para los esclavistas, la burocracia colonial y los peninsulares hostiles a los cubanos. En el Diario de la Habana comenzaron a publicarse ataques contra la Academia, al tiempo que los directivos de la Sociedad Económica no admitían la existencia de aquella y solicitaban al Capitán General que no se autorizara la labor de los académicos. Desde las instancias del poder colonial en la Isla se les impuso el silencio, pero estos no se conformaron con esa suerte.
José Antonio Saco (1797-1879), que en 1832 había publicado en la Revista Bimestre Cubana su conocida Memoria sobre la vagancia, se tornó vigoroso defensor de la Academia, en la cual era el primer polemista. A tales efectos escribió el folleto Justa defensa de la Academia Cubana de Literatura y lo hizo distribuir profusamente. Saco deshizo los argumentos de los enemigos de la Academia, negó el supuesto ataque a la Iglesia y admitió valientemente que toda institución que contribuyera a esparcir la ilustración debía tener alta trascendencia política. Además, rechazó que la institución literaria tuviera fines separatistas.
Para Madrid, Saco había ido demasiado lejos y el teniente general Miguel Tacón (1775-1855), recién llegado a La Habana para ocupar la Capitanía General, aceptó la versión de los acusadores sin escuchar al acusado y dictó la orden de destierro contra el defensor de la Academia. El 17 de julio de 1834 Saco tuvo que partir hacia Trinidad, aunque luego viajaría a Gran Bretaña, Francia y España. De nada valió la defensa que le hizo el educador José de la Luz y Caballero (1800-1862), considerada ingenua al mencionarle a Tacón lo que él identificaba como pesimismo del liberalismo criollo. La Academia Cubana de Literatura no pudo subsistir ante el embate de sus enemigos.
fny
