Una pluma al servicio de la independencia

Una pluma al servicio de la independencia. Foto: Del autor.

Una pluma al servicio de la independencia. Foto: Del autor.La patria está plagada de hijos ilustres. Unos destacados en lo militar, otros en las ciencias, las artes o la política. Igualmente, algunos son más conocidos que otros. Hace poco tiempo, en una tertulia literaria con un grupo de amigos, pregunté que les parecía la obra de Manuel de la Cruz Fernández y para mi sorpresa, solo uno pudo decirme breves palabras sobre el mismo.

Desde ese momento me dediqué a hacer igual pregunta a muchas de las personas con las que habitualmente comparto espacios de ese tipo y el resultado fue similar, lo que me hizo pensar en la necesidad de divulgar quien fue este personaje, a quien Raúl Roa definió brillantemente como El mambí de las letras.

Manuel de la Cruz Fernández nació el 17 de septiembre de 1861, en La Habana, y por las casualidades del destino sus primeros estudios los realizó en el colegio San Anacleto, donde anteriormente había estudiado José Martí.

Sus padres, defensores de la soberanía de Cuba, influyeron significativamente en su formación independentista. El asalto al teatro Villanueva y el fusilamiento de los estudiantes de medicina, ocurridos en La Habana de la época, no intimidaron a su familia que continuaba leyendo y compartiendo la prensa separatista, además de hacer colectas de dinero y recopilar medicinas para enviarlas a los mambises que peleaban por la independencia de Cuba.

En 1880, Manuel fue presentado al teniente coronel Francisco Lufriú, veterano de la Guerra de los Diez Años, por quien conoció célebres anécdotas de esta lucha. De la misma forma, utilizó testimonios de otros participantes para escribir, algunos años después, los relatos de Episodios de la Revolución, en los que logra recrear, magistralmente, la epopeya del 68, dando inicio así a la literatura de campaña. Fueron estas circunstancias las que le permitieron tener una clara idea de lo ocurrido realmente en la gran primera lucha que enfrentaron los cubanos por la soberanía de la Isla.

Su producción literaria comienza en 1882, con su notorio relato de ficción El Manco de la sierra, al que siguieron La hija del montero, El dominó negro y El guardiero. En los dos primeros reflejó cierto aire pasional colmado de misterio.

Se le considera un historiador que mantuvo exaltado el amor a la patria en sus trabajos y artículos. Junto a José Martí, trabajó en la organización de la guerra, además de haber sido secretario de Estrada Palma, delegado de la Revolución en Estados Unidos, periodista y escritor.

De 1883 a 1884 viajó a Francia y España, desde donde enviaba colaboraciones a las publicaciones cubanas La Habana Elegante y Revista Habanera. A su regreso, lo hizo con La Ilustración Cubana (1885), de Barcelona, y El Cubano (1887).

Fue redactor también de El Fígaro y la Revista Cubana y colaboró en El País, La Lucha, El Almendares y El Porvenir, con lo que se convirtió en un activo colaborador de los medios periodísticos nacionales.

En 1890, publicó Episodios de la Revolución Cubana, uno de cuyos ejemplares envió a Nueva York a manos de José Martí, quien lo elogió, con gran emoción, el 3 de junio de ese año con las siguientes palabras:

 “…con qué orgullo he visto, como si fuera mía, esta obra de usted, y en cuánto tengo su piedad patriótica y su arte literario… no puedo tropezar con el libro sin tomarlo de la mesa con ternura, y leer de seguido páginas enteras”.

“En las notas que fui poniendo al margen, como guía para las líneas que he de escribir, hallo que he puesto en tres ocasiones poco más o menos esta misma frase: “Hay veces en que se desea besar el libro. Los caballos debió usted preparar; porque leer eso, para todo el que tenga sangre, es montar a caballo”.

Martí fue el primero de los escritores de su época en apreciar a Manuel de la Cruz, no solo por sus cualidades patrióticas, sino también por los logros artísticos en los Episodios, y al respecto comenta:

“La naturaleza va como coreando a los héroes. Ud. los fija en la mente, con su habilidad singular, por lo colorido e inolvidable del paisaje. Hay páginas que parecen planchas de aguafuerte, porque para Ud. es cera la palabra, y la pluma buril. Huele su prosa donde ha de haber olor; y donde debe suena”.

“¿Qué no sé yo el trabajo que le ha costado a Ud. la marcha de Gómez por la llanura de San Agustín? El que lo quiera leer de prisa no podrá, o lo tachará de oscuro, cuando en realidad no lo es, sino que el color es tan intenso y la factura tan cerrada, que ha de leerse sin perder palabra, por ser cada línea idea o matiz. Al principio parece que la mucha fuerza de color va a sofocar el incidente, o que el brío de la luz no va a dejar bien las figuras, o que del deseo de concretar y realzar puede venir alguna confusión; pero el que sabe de estas cosas ve pronto que no tiene que habérselas con un terminista, que se afana por dar con voces nuevas, sino con un artista en letras” que lucha hasta expresar la idea con su palabra propia”.

El propio de la Cruz confiesa a Sanguily que el libro es escrito como:

[…] expresión de una admiración profunda y sincera, de una emoción que crece y se dilata en el curso de mi vida, es, en gran parte, la consecuencia de una comparación entre dos generaciones cubanas, comparación en que se llevó la palma la generación del heroísmo y de la abnegación […]

Cúpome en suerte bosquejar el primero de la épica leyenda, y lo hice entre rompimientos de gloria, como que de propósito compuse un libro de devoción patriótica, para que fuese a sacudir y a conmover el corazón cubano.

Episodios de la revolución cubana, es una obra de incuestionable defensa y rescate de la guerra del 68, constituyó una sorpresa para el público de la Isla y provocó una rápida contrarréplica de las autoridades coloniales.

También escribió numerosos artículos, crónicas, ensayos, cuentos y novelas cortas y semblanzas de destacados personajes, a partir de una reflexiva crítica literaria, que fueron recopiladas en la obra Cromitos cubanos, publicada en 1892, la cual colecciona 20 semblanzas de ilustres contemporáneos. Con esta obra inaugura un estilo influido por la prosa de Martí, pero con sello propio con el que sabe trazar con cortas palabras, vivo ingenio y agilidad mental, el perfil de los personajes.

José Martí pensó en él casi a las puertas de abordar nuevamente el camino de la guerra independentista, y a Oriente fue comisionado, en 1894, con el seudónimo Peter Mc Farland, a donde viajó, llevando un correo secreto de Juan Gualberto Gómez para agrupar a los independentistas. En un expedito viaje a Santiago de Cuba, conversó con veteranos de la Guerra de los Diez Años, como Guillermón Moncada, con quien logró aclarar sus dudas, ya que titubeaba, por el color de su piel, en ponerse al frente de tropas blancas.

En mayo del propio año, Martí, en carta enviada a Serafín Sánchez desde Nueva Orleáns, al mencionar a Manuel de la Cruz, le envió un sólido apretón de manos. En noviembre, al escribirle a Juan Gualberto Gómez le comentó la confianza absoluta que le inspiraba; y en diciembre, al referirse a él, ya le llamó mi hermano Cruz, lo que demuestra la confianza que el Apóstol va experimentando en relación a su persona.

Por su parte, Manuel corresponde a esa actitud apoyando a Martí en los intentos de organizar la guerra contra el colonialismo español y llegó a ser uno de sus colaboradores más cercanos en el proyecto de liberación que se conocería más tarde como Guerra de Independencia. Comisionado por Martí anduvo la Isla, con el fin de conocer la situación imperante y preparar al país para la guerra que se disponía en el exilio.

Sus mutuas consideraciones constituyen un bello ejemplo de cartas cruzadas, colmadas de admiración y respeto entre ellos.

La devoción que profesa de la Cruz al Maestro, tras su caída en el combate de Dos Ríos el 19 de mayo de 1895, se pone de manifiesto en su artículo publicado en La Nación de Buenos Aires el 16 de noviembre de ese año.  El texto emana una gran fuerza expresiva, con la cual es capaz de emocionar a sus contemporáneos y aún en nuestros días continúa conmoviendo a los cubanos que lo leen.

En él se enfatiza el modo en que detalla el lugar de trabajo de Martí en Nueva York, donde meditó, fraguó sus pensamientos, y dejó grandes huellas y nobles ideales, dibujando, con delicadas palabras, la dolorosa caída del más grande de los cubanos.

Al comenzar la Guerra de Independencia se trasladó a Cayo Hueso, desde donde inició una aguda labor de difusión a favor de la soberanía de Cuba. En Tampa mantuvo sus cooperaciones con La Nación, en las que divulgó el proceso inicial de la contienda. Más tarde, desde Nueva York, continuó enviando al diario argentino los artículos que reunía bajo el epígrafe “La guerra de Cuba”.

Desde esa ciudad trabajó a las órdenes de Tomás Estrada Palma como secretario de la Delegación del Partido Revolucionario Cubano (PRC), y redactor del periódico, Patria, fundado por Martí.

De la Cruz, igualmente, reunió datos para una biografía del mayor general Ignacio Agramonte, prestigioso jefe en el Camagüey en la contienda de los Diez Años, de la cual, al parecer, redactó algunos capítulos, pero en los documentos que legó, solo fueron encontraron apuntes sueltos.

En los Estados Unidos, colaboró en los trabajos revolucionarios de los emigrados y al morir súbitamente en Nueva York, el 19 de febrero de 1896, era redactor del periódico Patria.

Su vida sobresalió por su amor y entrega a la patria, básicamente en la etapa comprendida entre las guerras independentistas cubanas, aunque su frágil e inestable salud no le permitió ser un mambí de machete en mano, como era su deseo.

Al conocer de su muerte Manuel Sanguily dijo:

Engrandeció los héroes que veía inmensos. Poetizó la lucha que veía maravillosa. Él era el más a propósito por su entusiasmo, por su fantasía, por su imaginación evocadora y poética, que desentraña de la escoria el oro de la grandeza moral y ve más grandes de lo que el vulgo los recuerda a los fundadores y los paladines.

A su memoria, el 10 de octubre de 1918, fue inaugurado el busto que La Habana le erigió en las céntricas calles Prado y Neptuno, frente al Parque Central, (foto que acompaña este trabajo). Justísimo acto de respeto al hombre que recorriendo Cuba, conversó con quienes, armas en mano, esperaban la señal para reanudar la guerra, unificando voluntades discrepantes y avivando a los calmados.

En 1924, sus hijos publicaron “Obras de Manuel de la Cruz” (Editorial Calleja, Madrid) compuesta por siete volúmenes de escritos de este ilustre habanero, compilados por ellos mismos con gran devoción patriótica y profundo amor filial.

Cubanos como Manuel de la Cruz Fernández no pueden permanecer ignorados y deben, por su luz propia, iluminar la historia de nuestra patria.

fny

Compartir...

1 opinión en “Una pluma al servicio de la independencia

  1. Muy interesantes e instructivos los artículos de Reynaldo. Me gusta el sitio de la emisora. Felicitaciones.

Los comentarios están cerrados.