La importancia de una Constitución

Constitución

Desde los tiempos en que Cuba era colonia de España, nuestros hombres de acción y pensamiento comprendieron la importancia de dar a la isla una Constitución.

El Gobierno de la República en Armas elaboró nuestra primera Constitución durante la Guerra de los Diez Años. Se escribió en la manigua, y una joven emigrada cubana le obsequió a Salvador Cisneros Betancourt, marqués de Santa Lucía -quien sustituyó a Carlos Manuel de Céspedes en la Presidencia- una pluma de oro para que con ella fuera firmada la primera Constitución de Cuba Libre el día en que la patria se liberara de sus cadenas.

Tras casi 40 años de lucha ese día llegó, y después de horas de inmensa angustia en que los Generales mambises y los intelectuales prominentes que habían luchado por la Independencia de Cuba, finalizaron la labor de la Asamblea Constituyente y dieron a la isla su primer corpus legislativo, se hicieron dos copias del mismo, y una de ellas fue firmada con la pluma de oro que había esperado pacientemente en los bolsillos del marqués para lanzar su brillo áureo sobre las páginas que nos convertían en una nación.

Cuba siempre tendrá una inmensa deuda de gratitud con aquellos hombres, Manuel Sanguily, Salvador Cisneros Betancourt, Pedro Betancourt, Méndez Capote, Enrique Villuendas, Juan Gualberto Gómez y tantos otros que durante días y noches permanecieron reunidos en medio de un cerco de intimidación, calumnias, presiones y amenazas que el Gobernador Militar de la Cuba ocupada, el estadounidense Leonard Wood, el Secretario de Guerra de los Estados Unidos Elihu Root y el presidente Mac Kinley vertieron sobre ellos sin el menor escrúpulo.

El coloso del Norte quería que en la primera Constitución de Cuba Libre quedara establecido que siempre seríamos un territorio si no anexado, al menos “protegido” por el entonces aún incipiente imperialismo que nacía, precisamente, de la pólvora y la sangre de la guerra hispano-cubano-americana, y con sus primeras rapiñas bajo el brazo de hierro: Puerto Rico y Filipinas, a las que anhelaba agregar el archipiélago cubano para usufructuar sus magníficos puertos y bahías, instalar bases navales y carboneras para su flota de guerra, controlar su condición de azucarera del mundo y asegurar su presencia en el Canal de Panamá, entre otras ambiciones no menos escandalosas y violadoras del Derecho Internacional y de las propias condiciones del Tratado de París.

Se ha hablado siempre de la República mediatizada, y se ha dicho que nunca debimos aceptar las draconianas condiciones que nos impusieron los Estados Unidos: la Enmienda Platt y el Tratado de las Bases Navales y Carboneras. Pero los patriotas que habían luchado tres décadas por nuestra independencia y vivían aquellas horas aciagas con la tremenda responsabilidad de conseguir la soberanía de Cuba, estaban trabajando en tiempo real, veían los hechos in situ y no desde una perspectiva histórica como hoy nosotros, y terminaron por comprender que  la única alternativa a la no aceptación de tales imposiciones era retomar la guerra en la manigua, para la que ya no había condiciones, pues la política de la tea incendiaria había arrasado el país y cobrado la vida del 20 por ciento de su población. Pero que la aceptación fue prueba de mansedumbre, resignación o sumisión del pueblo cubano o de sus líderes es un error garrafal que nunca debemos cometer, un juicio histórico absolutamente falso.

Los miembros de todas las comisiones de la Asamblea Constituyente, en la que, dicho sea de paso, había representantes de los tres partidos políticos mejor organizados del momento en Cuba, así como también de otros partidos independientes, se batieron como leones, con excepción de los integristas de siempre, los pro anexionistas, los grandes propietarios cubanos y españoles que creían que sus propiedades estarían mejor amparadas bajo un régimen de anexión o un protectorado, pero estos, aunque poderosos, eran minoritarios en las filas de la Asamblea. Y el pueblo fue valeroso y lo más alejado que pueda imaginarse de una actitud conforme. En toda la isla, en las ciudades y los campos se formaron manifestaciones multitudinarias donde los cubanos de todas las razas, géneros y edades protestaron enérgicamente contra el apéndice que los Estados Unidos imponían a nuestra primera Constitución. Cito a continuación diferentes momentos del libro Cuba: las máscaras y las sombras, la primera ocupación (T. II) del historiador Rolando Rodríguez:

[…] Aquella noche la enorme muchedumbre se congregó en Prado y Neptuno con vistas a evidenciar su adhesión a la Asamblea Constituyente, mostrar su amor a la Independencia y sobre todo protestar contra la Enmienda Platt. Frente a la posible defraudación de sus esperanzas, las ideas de República, Igualdad, Justicia y Patria se levantaban aurorales y un pueblo entero no estaba dispuesto a renunciar a ellas al precio que fuere necesario. […] Delante de toda la multitud se situaron filas dobles de jinetes, que formarían la avanzada de la manifestación; detrás, la comisión organizadora de la demostración, entre los cuales era posible reconocer a antiguos mambises, laborantes, profesores, profesionales, maestros, hombres de ciencia y algunos personajes de los negocios. Marchaban a continuación bandas de música de La Beneficencia y la Policía, delegaciones del Consejo Escolar de la isla, muchas escuelas con sus maestros y alumnos, y todos portando estandartes y gallardetes que identificaban la procedencia de  los asistentes, ondeando sobre la multitud una enorme cantidad de banderas cubanas. Después se situaba la representación del Partido Popular, que se extendía de 12 a 14 cuadras. […] allí se agrupaban más de 15 000 personas, una de las manifestaciones más importantes que había visto La Habana. […] La marcha se dirigió a Galiano, luego tomó por Reina, Monte y Prado hasta arribar a Dragones. En los bordes de las aceras, las puertas de las viviendas, balcones, azoteas y plazas, otra multitud de personas vitoreaba el paso de los manifestantes, los aclamaban […] y se integraban a la demostración. A la luz de las antorchas que bañaba a los manifestantes se comprendía que la nación estaba en pie. […] El punto primero al que llegó la manifestación fue el teatro Martí. En el coliseo esperaba la casi totalidad de los asambleístas, encabezados por Domingo Méndez Capote. […] Pronto en el coliseo de la calle Dragones no cupo ni un alfiler. El llamado teatro de las cien puertas fue rodeado por quienes no pudieron entrar. Los gritos de “¡Viva Cuba, Viva Cuba Libre y Viva la Independencia no cesaban. Las paredes del teatro, construidas para ampliar las sonoridades, los hacían rebotar y exaltaban los ánimos…

[…]  A partir de ese día, casi todos los pueblos y ciudades de la provincia de Santiago de Cuba, así como Pinar del Río, Viñales, Guanajay, Matanzas, Santa Clara, Cienfuegos, Camagüey, Guira de Melena, Sagua la Grande, Isla de Pinos y otras se convirtieron en escenario de la censura más acerba contra la disposición estadounidense. Una multitud de telegramas llegaron al Palacio de la Plaza de Armas, en los que se solicitaba a Wood informar al gobierno de Washington de la inconformidad de los patriotas ante tamaña villanía. Aquel día salieron a la calle los ciudadanos de Santa Clara con bandas de música, banderas y continuados vivas a “la Independencia sin carboneras”… En Pinar del Río se produjo una enorme manifestación. Se dice que 8 000 pinareños, convocados por los partidos Nacional y Republicano y elementos democráticos de la ciudad salieron a la calle a consignar su apoyo a la Convención[…]  Todos los Ayuntamientos de Camagüey telegrafiaron a Mac Kinley para mostrar su protesta por la aprobación de dicha Enmienda.

[…]  El país entró en un estado de agitación extraordinaria. Las manifestaciones se sucedían unas a otras en todos los pueblos […] Abierta la válvula, el patriotismo se exhibió tan ampliamente que pudo crear conflictos de orden público y de muy lamentables consecuencias personales y hasta sociales. El ideal soñado parecía no realizarse […]

La Enmienda Platt se impuso, pero los cubanos lograron su primera Constitución, que no era perfecta, como tampoco lo será la que hagamos hoy, pero fue en aquel momento el paso indispensable para poder celebrar elecciones y formar el primer Gobierno de la República de Cuba, para que se marcharan los ocupantes, para que comenzara un proceso que culminó en 1959 con la total soberanía de la isla. La República, a mi modo de ver, no fue una República, como la apodó con sarcasmo Renée Méndez Capote, sino un interdicto, un intermezzo histórico inevitable dadas las condiciones políticas de la época, antes de alcanzar la condición de soberanía que ansiaba el país.

Hoy, mientras observo la participación del pueblo en la elaboración del Proyecto de Constitución en que está enfrascado el país, pienso en aquellos días de la Constituyente y en la enorme importancia de que una nación posea una Constitución que sea respetada dentro y fuera del país y que regule la vida  de la República. Un siglo nos separa de aquel momento de nuestra historia, pero aunque el fervor patriótico no se muestre ya con la exaltación de entonces tras 30 años de manigua sangrienta, seguimos intentando perfeccionar nuestra Ley de Leyes siempre fieles a la conciencia de libertad, independencia y soberanía que hemos querido para muestra tierra desde que constituimos una nacionalidad. Este Proyecto de Constitución coincide con el aniversario 500 de la fundación de La Habana, capital de todos los cubanos, lo que inviste el suceso de una connotación especial, y al menos a mí, que tengo una imaginación encendida y conservo toda la pasión de mis ancestros mambises, me asaltan las imágenes de nuestros próceres en aquella sala de conferencias en el momento solemnísimo en que marcharon, encabezados por el constituyente de más edad, Pedro Betancourt y cerrando la fila el más joven de la Asamblea, Enrique Villuendas, a firmar, uno por uno, la primera Constitución de Cuba Libre con una pluma de oro.

Pienso en ellos, en su varonía tantas veces probada, en todos los muertos que dejaron nuestras Guerras de Independencia en los campos de esta isla, en la maravillosa juventud torturada y asesinada por Fulgencio Batista, en los miles y miles de cadáveres que yacen bajo las aguas que nos separan de la Florida, en los muchos errores que hemos cometido y seguiremos cometiendo todavía, en la base naval de Guantánamo, recordatorio perpetuo de las cadenas que nos fueron impuestas, en el bloqueo económico, comercial y financiero a que se nos somete desde hace más de medio siglo, y en aquel discurso del Presidente Barack Obama en La Habana, en el que dijo que nuestros pueblos pueden llegar a ser hermanos, y me quedo pensando, y me pregunto cuánta verdad pudiera haber en aquellas palabras, y a qué nos conduciría esa supuesta hermandad, si llegara a lograrse. Y aunque yo la quisiera me lleno de dudas. Y al final, lo que me queda claro es que para un país lo más importante es poseer una Constitución y respetarla, cumplirla, venerarla, porque hacerlo es la prueba mayor de la adultez de un pueblo y de su capacidad para gobernarse a sí mismo sin el concurso de otros pueblos.

fny

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