El Morro Castle
Uno de los tristemente célebres hechos de la historia naval de Cuba, lo protagonizó un lujoso barco de pasaje que cubría la ruta La Habana-Nueva York y que el 8 de septiembre de 1934 sufrió un gran incendio. El suceso conmovió a la prensa y la sociedad cubana de la época, pasando el trasatlántico Morro Castle a la lista de las grandes tragedias navales.
Las catástrofes marítimas han marcado, la historia de la navegación. En los primeros años del siglo XX era algo bastante habitual los naufragios, los que, por diversas razones, implicaban la muerte de miles de personas entre pasajeros y miembros de las tripulaciones.
Aún con el desarrollo que iba alcanzando la tecnología, barcos altamente tecnificados para la época también se fueron a pique y un ejemplo de ello lo tenemos en el Titanic, historia bien conocida por todos.
En relación con Cuba, y específicamente vinculados con La Habana, han ocurrido tres desastres navales de gran significación por su repercusión a lo largo de la historia, como fueron el del crucero español Sánchez Barcaíztegui, embestido por el vapor Mortera, la tragedia del Valbanera y el incendio del Morro Castle
Este último fue un suntuoso crucero que, como toda embarcación de sus características, poseía lujosos restaurantes, tiendas, salones y apartamentos, además de cámaras de varias clases.
Su construcción corrió a cargo de los astilleros de la Newport News Shipbuilding and Dry Dock Company, en enero de 1929. En marzo de 1930 fue bautizado, (en homenaje a la fortaleza y al faro de entrada de la Bahía de La Habana) mientras su gemelo el crucero Oriente le seguía los pasos en mayo del mismo año.
El viaje inaugural del Morro Castle comenzó el 23 de agosto de 1930. El mismo cumplió las expectativas, puestas en él y en su gemelo El Oriente ambos buques se convirtieron en las cartas de presentación de la naviera Ward Line (oficialmente denominada: New York and Cuba Mail Steam Ship Company).
Ocasionalmente estuvieron fuera de servicio en todo ese tiempo y no obstante los efectos negativos de la Gran Depresión que se sufría en los Estados Unidos, fueron capaces de mantener una clientela frecuente y repetitiva en el disfrute de sus servicios, donde destacaba la excelencia de sus comidas y bebidas
Mucho tuvo que ver en ello los efectos de la Ley Seca, pues estas medidas no eran aplicables a los ciudadanos americanos mientras se encontraran a bordo, por lo que se podían consumir, ilimitadamente, considerables cantidades de alcohol, y lo más importante, de manera legal.
Igualmente favorecía el hecho que mantener precios muy económicos permitía que fuera una elección muy atrayente para hombres de negocios cubanos y norteamericanos.
Comienzo del incendio
El día del siniestro, cubría la ruta La Habana-Nueva York, con 400 pasajeros y 240 tripulantes a bordo, aunque otras fuentes consignan que transportaba a 558 personas en total.
Soplaba un viento huracanado y estaban por llegar a las costas de los Estados Unidos, por el litoral de New Jersey, procedente de La Habana.
Horas antes del inicio del incendio, como un presagio de la tragedia, el capitán del buque murió de un ataque al corazón mientras se celebraba la fiesta con que la compañía naviera agasajaba a los pasajeros en su última noche en el barco. Por esos días, el capitán Willmott cumplía un año de casado con Mathilde Howe, a quien había conocido en el mismo barco, mientras la dama regresaba a Estados Unidos procedente de La Habana.
Cerca de la medianoche del sábado 8 de septiembre de 1934, sin que nadie lo advirtiese, se produjo un fuego en la biblioteca de la nave, el cual se extendió rápidamente hacia otros salones aledaños, según recogen las versiones más generalizadas acerca de lo ocurrido.
Tres horas después, en la fría madrugada, la luz y el calor de las llamas fueron detectados, seguidos por la orden de abandonar la nave.
Esta orden lleva a algunos historiadores a creer que en ese momento ya el siniestro había alcanzado proporciones incontrolables. Los miembros de la tripulación cruzaban los pasillos, llamando a los ocupantes de los camarotes. Al tocar, decían a los adormecidos pasajeros: ¡pónganse el salvavidas y suba a cubierta!
Muchos pasajeros quedaron atrapados por las llamas en sus habitaciones y los que pudieron llegar a las cubiertas superiores, hallaban un panorama marcado por el caos más absoluto.
Muy pocos atinaban a seguir las instrucciones de dirigirse a los botes de salvamento, pues las recalentadas planchas de acero hacían imposible el caminar sobre ellas.
Varias interrogantes llaman la atención. No quedó claro por qué no funcionó el sistema contra incendios si contaba con un equipamiento tecnológico bastante adelantado para la época y estaba dotado de un sistema de detección de humo y de un servicio de extinción de incendios a base de reactivos químicos, pero lamentablemente los sistemas no se activaron cuando debieron hacerlo.
¿Por qué el telegrafista demoró tanto en transmitir la señal de auxilio?
Los botes salvavidas, previstos para 58 capacidades se utilizaron llevando como promedio a unos 30 tripulantes y solo a dos pasajeros.
Para empeorar las cosas, el primer oficial, que asumió el mando de la nave a la muerte del capitán, insistió en navegar de frente al temporal, lo que hizo que las llamas se propagaran con más fuerza y rapidez.
Ya para entonces se transmitía sin cesar la trágica señal de auxilio.
Numerosas naves acudieron para asistir al buque en llamas; la motonave City of Savannah recogió a varias decenas de náufragos que se habían lanzado al mar y otras embarcaciones hicieron lo mismo. Aún hubo tiempo de que el remolcador Tampa, le hiciera llegar varios cabos y le remolcase hacia la costa como una antorcha flotante, pero el fuego rompió las estachas o cabos del remolque y el barco quedó a la deriva frente a Ausbury Park. Los equipos de rescate vieron entonces escenas horribles, pues muchos de los pasajeros habían encontrado la muerte aprisionados en las portillas de los camarotes. Finalmente, el gran navío quedó varado a pocos metros de la costa.
La desgracia de unos, en ocasiones es la suerte de otros. No faltaron inescrupulosos que saquearon lo que pudieron del barco para venderlo luego como souvenir, mientras que el Morro Castle, o lo que quedaba de aquella impresionante embarcación, se convertía en atracción turística.
El barco que había quedado encallado en la costa en el Asbury Park, de New Jersey continuó allí por muchos años hasta que fue desmantelado y vendido como chatarra.
Causas del incendio
En la prensa de la época mucho se especuló sobre las causas del incendio, pero muy pronto surgió la teoría, confirmada a efectos de investigaciones exhaustivas, de que en el Morro Castle hubo un sabotaje.
Para los simpatizantes de esta teoría, el origen del desastre había sido una pluma de fuente con un mecanismo de ignición dentro, dejada en la biblioteca del barco.
Esta hipótesis sería comprobada 25 años después del suceso, por el investigador Thomas Gallagher, cuando señaló que George W. Rogers, radiotelegrafista-jefe en la nave, efectivamente había colocado tal dispositivo en la biblioteca, y que ese era el causante de la catástrofe.
Los objetivos que lo movieron para tal proceder, se desconocen, pero el hecho de que el responsable del siniestro fuera el telegrafista-jefe explica por qué el Morro Castle no transmitió a tiempo sus llamados de auxilio. El telegrafista de guardia que se decidió a pedir ayuda lo hizo por su propia voluntad y sin haber recibido orden alguna en tal sentido. La empresa naviera Ward Line fue multada a causa del incendio y se condenó a penas de prisión a los oficiales del buque; sentencias que después fueron anuladas.
Hoy el desarrollo de la ciencia y la técnica aplicadas en la construcción naval han anulado al mínimo la posibilidad de un naufragio. Los barcos modernos cuentan con instrumentos de navegación y comunicaciones altamente precisos y el equipamiento para la seguridad de la vida humana en el mar es de primera línea, esas herramientas propician extraordinarios niveles de seguridad.
CURIOSIDADES O COINCIDENCIAS
- El naufragio tuvo lugar el día de la Caridad del Cobre, patrona de la Isla (8 de septiembre de 1934). Según la leyenda, la imagen de la Virgen fue hallada a principios del siglo XVII por tres humildes pescadores, sobre las aguas del mar… en medio de una tormenta.
- El notable deportista cubano Frank De Beche, campeón de natación, considerando su propia fuerza y habilidades, le cedió, en un acto de caballerosidad inigualable, su salvavidas a la señorita Rosario Camacho y pereció en el intento de mantenerse vivo en el mar hasta que lo rescataran de las gélidas aguas.
- Renée Méndez Capote, quien después sería una conocida escritora, (por ella misma nombrada la cubanita que nació con el siglo), era una de las pasajeras del Morro Castle en su viaje final. El presidente Grau San Martín le había confiado a Renée hacerse cargo del consulado de Cuba en París pero ella ya había planificado pasar unos días en Nueva York. Renée, que era gorda, había quedado atrapada por las llamas en su camarote y la tripulación logró sacarla por la escotilla. Pudo contarse entre los sobrevivientes porque el camarero estadounidense Carol Prior tuvo un gesto de cortesía para con ella, le cedió su salvavidas y, de pronto, sin saber cómo, se vio metida, con otras 35 personas en un bote de salvamento, donde pasó cuatro horas de angustia antes de arribar a la costa de Nueva Jersey. Aquel incendio, decía Méndez Capote, fue el peor recuerdo de su vida.
imop/

Muy intetesantes los trabajos d historia d Reinaldo. En general la pagina está atractiva y con buen diseño. Gracias