Hasekura Tsunenaga: un samurai en La Habana

El samurai Hasekura Tsunenaga (1571-1622) fue el primer japonés en llegar a Cuba, específicamente a La Habana, el 23 de junio de 1604 y lo hizo acompañado de varios frailes franciscanos.

Estos datos iniciales seguramente le harán preguntarse al lector, ¿un samurai acompañado de frailes católicos?

Pues bien, este heterogéneo grupo tenía una misión diplomática, comercial y católica, teniendo en cuenta el proceso histórico de dos rutas marítimas: la denominada Carrera de Indias, que unía los territorios de la monarquía española a través del Atlántico, y la del Galeón de Manila, también llamado Nao de China, como se conocían las naves españolas que cruzaban el océano Pacífico, una o dos veces por año, entre Manila, (Filipinas) y los puertos de Nueva España, principalmente Acapulco y Las Peñas (hoy Puerto Vallarta).

La difusión de la fe cristiana en el lejano Japón se había desarrollado en un contexto marcado por guerras internas entre los señores feudales, quienes se encontraban divididos en cuanto a intereses políticos y religiosos.

Tal fue el caso del señor Date Masamune, quien a través del religioso franciscano Luis Sotelo, inició conversaciones con Sebastián Vizcaíno, embajador de Nueva España, a fin de organizar una misión diplomática que llevaría a Europa, en la figura del samurái Hasekura Tsunenaga, una propuesta de beneficio mercantil y religioso para Japón y la Corona hispana, en la cual subyacían intereses de tipo estratégico, armamentista y tecnológico, que inclinarían la balanza a favor de los señores feudales que apoyaban el cristianismo, en detrimento de aquellos que  propiciaron una política de hostigamiento al catolicismo.

Bajo la protección del Sr. Feudal de Sendai Date Masumune, este célebre samurai partió del lejano oriente a bordo del galeón Date Maru, rebautizado por los españoles como San Juan Bautista, rumbo a Acapulco el 28 de octubre de 1613. Le acompañaban a bordo los citados Vizcaíno y Sotelo, además de una exigua delegación hispana, una veintena de samuráis y más de una centena de otros tripulantes, entre comerciantes, marineros y sirvientes.

Tras recalar en cabo Mendocino, costa del Pacífico de Norteamérica, llegaron al puerto de Acapulco tres meses después, el 25 de enero de 1614. Luego de varios encuentros con las autoridades del virreinato de Nueva España, tras dejar en suelo mexicano parte de la delegación, Hasekura y sus acompañantes cruzaron el suelo mexicano en arrias de mulas hasta la ciudad de Veracruz, de donde zarpó el 10 de junio rumbo a La Habana, a bordo del bajel San José, llegando a nuestra ciudad el 23 de julio de ese mismo año.

Muy poco se sabe de la visita de esos primeros asiáticos a suelo antillano, aunque es casi seguro que la curiosidad de esos hombres, provenientes de otra cultura, motivara su interés por conocer una ciudad colmada de encantos y escenas pintorescas, y que a la vez, para los habitantes de San Cristóbal de La Habana, ellos suscitaran una gran expectación.

Su tradicional vestimenta, el comer auxiliándose de los tradicionales palillos y el filo de sus armas, entre otros aspectos, cautivó a los habaneros de entonces.

Tras su escala en nuestra caribeña ciudad, el 20 de diciembre de 1614 arriban a Sanlúcar de Barrameda, Cádiz, España. Se conoce que en ese país se reunió con el Rey Felipe III y que fue bautizado en Madrid, el 17 de febrero de 1615, en la capellanía del convento de las Carmelitas Reales y en presencia del propio monarca y de la nobleza española. Luego de recorrer varias ciudades españolas, parte de Barcelona rumbo a Italia, y logra llegar a Roma en noviembre de 1615, luego de una parada por mal tiempo en Francia.

En el Vaticano Hasekura expuso al Sumo Pontífice, Pablo V, las ventajas de un tratado y de la necesidad de comunicación comercial expedita entre Japón y la Nueva España, así como su interés por acoger en sus territorios a misioneros cristianos para la prédica y evangelización. Fuera del Santo Oficio, Hasekura fue honrado por el Senado italiano con el título de ciudadano romano, documento que se conserva en la actualidad en Sendai y en Roma.

A inicios de 1617, Hasekura retornó a España, donde una vez más se entrevistó con el regente Felipe III. El Rey declinó finalmente la rúbrica de un tratado comercial, por los hechos acaecidos en Japón, pues en enero de ese año el emperador nipón había promulgado un decreto ordenando la expulsión de los misioneros y la condena a muerte de todo aquel que practicara o se acogiera a las doctrinas de la fe cristiana, en vista de lo cual el monarca ibérico no reconoció el carácter oficial de la comitiva de Hasekura, hecho que los desalienta y confunde, al pensar en el destino que les depararía a quienes, en su nación, habían abrazado el credo cristiano.

Hasekura y parte de sus acompañantes zarparon de Sevilla rumbo a Nueva España en junio de 1617, quedando en la península un grupo numeroso de japoneses, los que se asentaron en un poblado cercano llamado Coria del Río. Luego regresó a Japón, donde permaneció en el ostracismo por no renunciar a sus creencias religiosas, protegido, entre las sombras, por su señor Date Masamune, quien a los ojos del shogun debió abandonar el cristianismo y acogerse a los postulados del budismo. Sus últimos días los pasó marginado, hasta que murió el 7 de agosto de 1622.

Esta lejana misión significó el primer acercamiento oficial de Oriente a América y Europa y el inusual viaje de este japonés simboliza hoy una atractiva ruta cultural, que une a tres continentes y dos océanos.

De su visita a Cuba no consta mucha información, solo escasas referencias aparecen en los Archivos de Indias, el museo de Sendai y la Biblioteca del Vaticano.

Como resultado de la colaboración cubana con la Escuela Sendai Ikuei Gakuen, el 26 de abril del año 2001 quedó inaugurado, en la margen occidental de la bahía habanera, un monumento consagrado a Hasekura Tsunenaga, realizado por el artista Mizuko Tsuchiya, y rodeado de un hermoso jardín al estilo japonés, donde ante los visitantes cubanos y foráneos, Tsunenaga se muestra en pose ceremoniosa, con el brazo extendido y ornamentos propios de un samurái, incluidas sus armas tradicionales.

En el monolito, dos saetas indican la dirección y la distancia existentes desde la capital cubana hasta Japón y hasta Roma.
Este atractivo jardín forma parte de un conjunto de parques que se han ido integrando al bello litoral de la capital cubana.

imop/

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