El perfume, un clásico que regresa

Anónimo.

(Los subrayados son míos)

Elegí esta cita que encontré en un foro sin importancia porque, curiosamente y debido a cierto desorden en su redacción, contiene los dos juicios diametralmente opuestos que ha merecido la novela El perfume, del escritor alemán Patrick Süskind, desde que apareció en librerías en 1985.

Hace muchos años, cuando yo comenzaba mi carrera en el periodismo como una simple colaboradora de la página cultural de Granma, publiqué una reseña de esta novela, que acababa de leerme y me había impresionado con mucha fuerza, y de inmediato un célebre periodista de otro órgano de prensa respondió con un comentario mordaz donde calificaba la obra de Süskind de “catedral del aburrimiento”.

La Subdirección del periódico me impuso silencio, pero yo nunca he olvidado aquel acto de voluntariosa y arbitraria pedantería, porque resultaba, además, un juicio crítico absolutamente estulto.

Han pasado ya treinta y tres años de aquel incidente y sigo pensando que el libro es una obra maestra del arte no solo literario, sino también de lo que los griegos clásicos llamaron ekphrasis, el arte de pintar con la palabra, y a quienes no estén familiarizados con el término les recuerdo que es la técnica más utilizada por Homero en La Ilíada (en especial en la descripción del escudo de Aquiles), obra que sí se conoce y se estudia en nuestros programas de enseñanza media y superior.

Y el tiempo me ha dado la razón: no solo El perfume está considerada como una de las veinte mejores novelas del siglo XX —traducida a más de 40 idiomas, incluido el latín (¡!), con 20 millones de ejemplares vendidos, y además figura en esa lista junto a El guardián en el centeno, de Salinger, y Pedro Páramo, de Juan Rulfo—, sino que ha comenzado a cumplirse para ella el destino reservado a los clásicos de la literatura:  fecundar otros territorios del arte, en este caso el cine y la televisión.

Nunca he estado de acuerdo con ciertas teorías según las cuales el lector debe enfrentarse a la obra de arte como un producto absolutamente independiente de su creador, y cuyas claves hay que buscar en sí misma y no en la personalidad  del artista, sus traumas, susneurosis, etc., pero en el caso de Süskind —como en el del norteamericano Salinger y el mexicano Rulfo—, los buscadores de claves no cuentan con la complicidad del escritor, porque no es un autor  mediático que disfruta del marketing ni de la civilización del espectáculo, como está hoy tan de moda, sino un creador solitario de esos que eligen el exilio interior como fuente de la gracia para nutrir su arte.

Süskind casi no ha dado entrevistas, no se deja fotografiar, no asistió al estreno mundial del filme y se sabe muy poco sobre su vida privada. Dicen que vive como un clandestino.

Nació en Baviera en marzo de 1949, hijo de un escritor y una ceramista. Según la Wikipedia realizó estudios de Historia Medieval y Moderna en la Universidad de Múnich y en Aix-en-Provence, Francia, entre 1968–1974 (¡ah, pero qué sorpresa: un medievalista!), y en la década de 1980 trabajó como un guionista televisivo para Kir Royal y Monaco Franze,entre otros. Era, pues, antes de publicar su opera prima, un hombre familiarizado con el lenguaje cinematográfico.

Yo creo que quien leyó El perfume jamás puede olvidarla, pero para quienes no recuerdan o no la han leído conviene comentar su argumento: Una joven pescadera da a luz en un mercado de pescado del París medieval a un bebé que arroja entre la basura, los excrementos y las aguas fétidas de aquel muladar que Süskind describe con mano maestra.

Vale decir que París era, con toda probabilidad, la ciudad más sucia de Europa en aquella época. El bebé Jean Baptiste Grenouille (su apellido es en realidad un mote de burla a su escualidez y significa Ranita) defrauda las expectativas de su madre y no muere, sino que rompe a llorar con tanta fuerza en sus flacos pulmones que atrae la atención de la gente alrededor de la parturienta, y esta es encarcelada y luego decapitada por infanticidio.

El primer contacto de Grenouille con el mundo es a través de los hedores de la putrefacción, y su primera experiencia el rechazo materno, el abandono y el frío de la intemperie.

Criado como huérfano por manos a veces piadosas y a veces traficantes, Grenouille aprende una triste verdad sobre sí mismo: ha nacido con el inestimable don de una nariz capaz de olfatear  cualquier olor a las mayores distancias, y con memoria propia para registrar cada olor y jamás olvidarlo, pero… él mismo carece de olores corporales: no huele a NADA.

Este descubrimiento viene acompañado por la observación del efecto que hacen los perfumes sobre la psiquis de los seres vivos, atrayendo sobre estos el amor, el odio, el deseo y toda clase de reacciones instintivas y sentimientos, pero él no podrá beneficiarse jamás de esa cualidad de los olores, no será amado ni odiado, solo una especie de fantasma que vivirá entre la gente sin que nadie note su presencia.

Desde el momento en que descubre que su falta de olores hará del un paria social, concibe el deseo único, telúrico, de crear un perfume que lo haga visible ante los ojos de sus semejantes y le permita manipular sus emociones. Finalmente llega al taller de un perfumista donde comienza a aprender el oficio, y allí lleva a cabo sus primeros experimentos para encontrar esa fragancia con la que sueña, hasta que arriba a la conclusión de que no hay para él otro modo de entrar en la existencia de los humanos que arrebatarles sus propios olores y hacerlos suyos. Su primera víctima es una joven ciega que transita por una estrecha callejuela del París medieval llevando un cesto de ciruelas maduras y fragantes.

Grenouille la asesina y mutila ciertas partes de su cuerpo que se lleva consigo para sus experimentos, y este será el primero de una serie de crímenes que cometerá en busca del perfume perfecto.

Aprehendido en una ocasión por el asesinato de la hija de un noble, una joven virgen que cumple con todos los requisitos para que el ya experimentado perfumista pueda, por fin, conseguir su fórmula ideal, es llevado al patíbulo, donde, a punto de ser decapitado, se unta unas gotas de la fragancia obtenida de su última víctima y consigue someter no solo a sus verdugos, sino a la nutrida multitud que se ha reunido en la plaza para presenciar su ejecución, que al olfatear en el aire el olor de la doncella cae en éxtasis orgiástico mientras lo adora como a un dios.

Grenouille escapa, pero su breve vida acabará en un cementerio donde la fragancia de la joven atrae sobre él a esa horda de mendigos, locos, leprosos y hez social que habitaba en los rincones de París y a la que Víctor Hugo llamó Corte de los Milagros.

Es tal el efecto que el aroma virginal ejerce sobre ellos (es el tema de la leyenda de la dama y el unicornio) que son poseídos por un delirio colectivo de adoración y terminan devorando al perfumista en una especie de eucaristía, como si comieran del cuerpo y la sangre de Cristo para purificarse de toda su fealdad y su miseria. En esa apoteosis de amor caníbal termina sus días el que nació en la inmundicia.

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imop/

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