Orígenes del arte de la perfumería en Occidente

Todos nos perfumamos en nuestra vida cotidiana y en ocasiones especiales, y casi todo el mundo tiene predilección por algún perfume, aunque sepa poco de marcas. Sin embargo, pocos de nosotros tenemos algún conocimiento sobre la historia del perfume, ese producto tan codiciado y tan efímero que ha acompañado a la especie humana desde el comienzo de su andadura sobre la Tierra.

El perfume llegó a Grecia a través de los perfumistas y comerciantes cretenses, quienes a su vez importaban perfumes de Egipto y otras zonas del norte de África, y del cercano Oriente.

En la Ilíada, cuando Homero describe una danza creada por el fabuloso arquitecto Dédalo, constructor del legendario Laberinto, para la princesa Ariadna, hija del rey Minos y hermana del Minotauro, menciona cómo los jóvenes danzantes iban coronados de flores y ungidos con aceites fragantes.

En la ciudad fortificada de Micenas, donde gobernó Agamenón, rey de reyes y jefe máximo de los ejércitos confederados griegos en la guerra contra Troya, existía ya en 1350 a.n.e. la costumbre de perfumar los vestidos, y también el mobiliario de las casas, para atenuar el olor de  los animales que convivían con los hombres, entre ellos las muy poco fragantes cabras.

También la isla de Chipre, cuna de Afrodita, diosa de la belleza, la voluptuosidad y el amor y de muchas especies de plantas fragantes entre las que se encuentran el mirto y las rosas, exportó su arte y sus materias a Grecia:

En Phyrgo, Chipre, se descubrió la fábrica de perfumes más antigua de todo el Mediterráneo,  que data de 2000 años antes de Cristo. Por lo que se deduce de los restos hallados en esta excavación, abandonada súbitamente tras un fuerte terremoto, se pueden derivar tres métodos de extracción de las esencias aromáticas:

1- Por cocción de la corteza que después se sometía a torsión dentro de un paño merced al uso de dos palos que giraban en sentidos opuestos.

2- Por destilación, y tal hallazgo ha sido una auténtica novedad, porque se pensaba que su origen era más reciente. Se utilizaban dos recipientes: en uno se efectuaba la ebullición, y el vapor resultante pasaba a otro que se encontraba frío, y allí  se condensaba ya purificado.

3- La maceración en agua y aceite, uno de los métodos más antiguos, que ya se conocía en Egipto: se llenaba un recipiente con agua y aceite de oliva o almendras a partes iguales, y en esa colación se sumergían las plantas cuyo aceite se pretendía obtener, y el contenido se sometía a un suave proceso de calentamiento hasta que el agua se evaporaba, quedando solo el aceite impregnado de la maceración de las plantas en el agua evaporada. […]

Según Plinio, la calidad del perfume así obtenido dependía del aceite de oliva que se utilizara. El mejor era el  producido por  un tipo de aceitunas recogidas durante los meses de agosto y septiembre.

Los perfumistas empleaban esclavos en sus talleres, a los que sometían a un proceso de adiestramiento elemental. Se sabe que en Delos el costo de un esclavo especializado en la elaboración de perfumes ascendía a 4.000 dracmas, una cifra astronómica para la época, lo que permite calcular que el negocio de la perfumería era muy lucrativo.

Los griegos creían que los mejores perfumes tenían su origen en tierras cálidas, pues sabían que la humedad favorece la putrefacción mientras lo seco preserva las materias.

El botánico griego Teofastro, de quien se cree fue el primero en escribir un Tratado sobre los olores, consideraba que en tierras de clima intensamente cálido se producían las mejores esencias, y que estas eran el resultado de una cocción.

Creía que solo en un clima tan ardiente como el de Arabia podían ser producidas esencias como el incienso y el cinamomo, y que allí y en Siria la tierra despedía un agradable olor. Sin embargo, dejó testimonio en esa misma obra de que los perfumistas griegos  para instalar sus talleres elegían locales altos y muy sombreados donde nunca diera el sol, porque pensaban que el calor y la luz del astro privaban a los perfumes de su aroma.

Por su parte Herodoto afirmaba que Arabia era el país del incienso, aunque probablemente fueron los fenicios quienes introdujeron en Grecia el incienso y la mirra.

En sus largas guerras contra los persas, sus tradicionales enemigos en aquellos tiempos, los griegos viajaron al cercano Oriente y trajeron de allí muchas recetas de perfumes. Los perfumistas trabajaron sobre ellas y lograron ser, más que meros copistas, creadores imaginativos  e innovadores.

Del nombre de Afrodita y del poder que los griegos atribuían a los perfumes como incentivadores de la pasión y el placer carnal se deriva un término que conocemos bien: afrodisíaco.

En Chipre y el Oriente nacieron  dos de las más interesantes familias de la perfumería moderna: la familia Chipre y la especiada o ambarada oriental, esta última con creaciones hoy tan codiciadas como Opium, de Ives Saint Laurent y Shalimar, de Guerlain.

Cretenses y chipriotas, mercaderes avispados, establecieron sus negocios en plazas y foros en las ciudades principales de la Grecia continental.

Este comercio creció, como es lógico, con el engrandecimiento y poderío de la más importante de las ciudades griegas, la cultísima y poderosa Atenas.

Los griegos llegaron a desarrollar un gusto tan arrollador por los perfumes que en algunos momentos de su historia sus gobernantes prohibieron su uso, porque les preocupaba que cuando un hombre libre y un esclavo se perfumaban pudieran ser confundidos entre sí, pero sobre todo les alarmaba el enriquecimiento de los perfumistas, tan solicitados en aquella pujante sociedad que amaba la belleza en todas sus formas.

La siguiente cita muestra la inextricable relación de los perfumes con todos los momentos de la vida cotidiana en Grecia:

Los atenienses se bañaban antes de comer y también se perfumaban antes de sentarse a la mesa. Así lo hacía con frecuencia Afrodita, quien poseía un perfume maravilloso llamado “Aroma de Afrodita”, cuya composición guardaba en el mayor secreto utilizándolo solo en momentos muy precisos. […] El uso del perfume se hizo habitual en los enlaces nupciales tanto para la novia como para el novio. El cortejo nupcial  llevaba, entre otros objetos,  el vaso de los perfumes, llamado alabastrón. Los aromas se convierten en un artilugio erótico, imprescindible si se desea atraer al marido.

El colorete, las camisas transparentes y el perfume aparecen en Lisístrata, comedia de Aristófanes, como los aliados esenciales de las mujeres en la guerra sexual que establecieron contra sus maridos para conseguir la paz.

Pero si empleaban un aroma para atraer, también usaban otro para repeler, pues era costumbre que las mujeres de Atenas colocaran en las habitaciones hojas de una planta llamada sauzgatillo para apagar el deseo sexual de los hombres. […]

En Grecia  existían perfumes para cada una de las partes del cuerpo: ungüentos egipcios para los pies y las piernas, espliego para el pelo y las cejas; las rodillas y el cuello se masajeaban con tomillo, el mentón y el pecho con aceite de palma y los brazos con menta.

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imop/

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