Ese Sol del mundo moral… ¿Aún nos sigue alumbrando?
Con una portada que pudo, sin duda, haberse beneficiado de un diseño mejor y más significativo, y no limitarse a mostrar un paisaje completamente desenfocado que instila en el lector ciertas conclusiones bastante inquietantes, llega a manos de los lectores uno de los libros más importantes, si no el más importante, de toda la obra de Cintio Vitier, cuya condición de sobreviviente de la generación de Orígenes le confiere a su condición de poeta, investigador y ensayista un capital simbólico que acrecienta los valores de su obra y su pensamiento.
La nota de contracubierta resulta muy curiosa. Comienza asegurando que el libro “no pretende dar lecciones de historia, ni de filosofía […] es un esbozo para una historia de la eticidad cubana”, lo cual tiene un sabor como de disculpa anticipatoria por ofrecer un producto superfluo, cuando si algo necesita un pueblo, además de la satisfacción de sus necesidades materiales elementales, es, precisamente, conocer su historia verdadera, el pensamiento que ha conformado su nacionalidad, sus tradiciones y el carácter de sus hijos. Historia, filosofía, eticidad, sí. ¿Por qué no, por qué disculparse por hablar de ello cuando son elementos imprescindibles para la forja de una conciencia de nación? Cintio no era un historiador en el sentido académico del término, pero un historiador no necesita graduarse en academias, y quien sea capaz de pensar con profundidad y lucidez y sienta curiosidad por el pasado termina, inevitablemente, por historiarlo. Y esa credencial es válida.
Es el propio Cintio, en el prólogo a la edición del Centro de Estudios Martianos publicada en 2011, quien parece sentir cierta incomodidad por la falta de títulos que acrediten la escritura de un libro que se propone un recuento del pensamiento cubano. “De lo que se trata aquí —escribe— es solo de señalar aquellos momentos claves en el proceso de forja de la nacionalidad que denotan un fundamento y una continuidad de raíz ética, es decir, una creciente, dramática y dialéctica toma de conciencia. En el punto focal de este proceso […] se sitúa la figura de José Martí, uno de aquellos hombres ‘acumulados y sumos’, que llevan en sí la agónica rectoría moral de sus pueblos”.
Cintio fue, probablemente, el último de varias generaciones de cubanos que sabían que una nación no tiene suficiente con montar industrias, aumentar la producción, incrementar el comercio, crear riquezas. Todo eso constituye la base económica de un país, pero no es todo. Una nación, para que exista, necesita partir de un hecho muy concreto: tiene que pensarse a sí misma, reconocerse como tal, y para ello es imprescindible la conservación de su memoria histórica.
Eso es lo que otorga a este libro un valor inestimable. Es breve, pero todo cubano que lo lea con atención ya habrá sembrado en su interior el germen de conciencia ética que constituye el basamento de toda nacionalidad, y que, cuando falta, anula todo discurso al respecto, trocándolo en sucesión de consignas con poder para movilizar, pero no para hacer verdaderos ciudadanos. Hay que celebrar, pues, con mucha alegría y mucha gratitud, que este texto, al que muchos de nosotros no habíamos tenido acceso antes, esté ahora en nuestras manos.
Y no hay que pensar que leemos las prédicas de un anciano obsoleto que musita en solitario. Cuba, es verdad, no ha dado filósofos, pero sí grandes y muy sólidos pensadores: el padre Varela, Saco, Luz y Caballero, Martí, Varona, Mañach, y no son los únicos. Lamentablemente, no podemos afirmar que conocemos sus obras en profundidad. Algunas dejaron de publicarse hace mucho tiempo, otro motivo más para considerar no solo oportuno, sino tocado por la gracia este libro de Cintio Vitier.
El siglo XXI tiene su propio rostro, y sopla sus aires sobre un planeta agostado en que la furia humana es cada vez más una pulsión que amenaza con barrerlo todo. Siempre que se decrete el fin de una era y el comienzo de un tiempo nuevo, siempre que se pretenda destruir para volver a empezar, se precisará no solo de la piqueta del demoledor, sino de la antorcha de las ideas, que ha de guiar las hordas nuevas de reivindicadores. Si esa antorcha no brilla, no habrá sol en el mundo moral, sino la temible espesura de la sombra, que no incuba hombres, sino fieras sin ley gobernadas por instintos salvajes. Monstruos.
Cuba puede considerarse dichosa de haber engendrado a esos hombres gigantes cuyo trabajo principal fue pensar; y Cuba debe respetar que aunque partieron de disímiles posturas ideológicas y religiosas, defendieron siempre los intereses de la patria, que es de todos, como enseñó Martí, y aceptaron, sacrificando su vida personal y sus placeres, la tarea de Sísifo de llevar sobre sus hombros la rectoría moral de un pueblo.
Cuba debe agradecer profundamente la existencia de este texto, porque siempre nos ayudará a recordar dónde se encuentran las verdaderas raíces de nuestro ser, nuestra conciencia y nuestra nación. Si sabemos recoger este legado, habremos aportado, aunque no sea más que un grano de arena, a que Cuba nunca se diluya en vapores ajenos. Cada cubano tiene ese deber.
El sol del mundo moral que Cintio nos dejó nos ayudará a encontrar nuestro camino personal y nuestra mayor responsabilidad como ciudadanos. Un grano de arena por cada cubano parece poco, pero Martí también nos predicó la infinitud de un grano de maíz. Y no debemos olvidarlo.
imop/
