Apuntes para una historia del Vedado

Nadie duda que El Vedado y Miramar son las dos barriadas más elegantes y estéticamente hermosas de la ciudad de La Habana, no sólo por la belleza y conservación de sus edificaciones, sino por ese mundo vegetal que nace entre sus calles y edificios en una proliferación de flores y verdores que llega a evocar la presencia del bosque. Y cada una tiene su espíritu.

Si Miramar evoca la Cuba de los años cincuenta, con su arquitectura ultramoderna y la presencia de una clase en constante expansión económica, política y social, El Vedado tiene un aura diferente: se presenta a la sensibilidad como el predio de la distinción y la espiritualidad más refinadas. Miramar es como si no quisiera tener un pasado, sino ser sólo ella misma, con su fuerza, su pujanza y su brillo.

En El Vedado, en cambio, es mucho más viva la presencia de un ayer que aún flota sobre las casas, los rincones recoletos de sus pequeños parques, sus iglesias, sus jardines lujuriantes… Tal vez ello se deba a que El Vedado tiene una historia más antigua y más rica; tal vez también a que la clase que lo pobló estaba menos permeada por el modo de vida y la cultura norteamericanos, tan insípidos y carentes de sprit si se comparan con los aires europeos bajo los cuales se formaron desde los tiempos de la colonia las capas prominentes de la nación cubana.

Resulta harto difícil afirmar en qué momento comienza a poblarse un área determinada de La Habana. Es más fácil definir la fecha en que comienzan a decaer la Habana Vieja y Centro Habana que la fecha exacta en que comenzó a expandirse la ciudad hacia el oeste, aunque para algunos la cuenta comenzaría a correr desde 1851, con la demolición de la muralla que cercaba a la ciudad vieja como un anillo de hierro.

Por ejemplo, es lugar común que El Vedado y El Carmelo cobran relieve alrededor de la segunda década del siglo XX; sin embargo, las construcciones más antiguas que hoy se encuentran en estos residenciales datan de 1980, y aún hay noticias de que ya se levantaban edificaciones de madera desde 1850.

¿Es posible retroceder aún más en el tiempo de los orígenes? Pues sí, porque hay constancia de que tan lejos como el año de gracia de 1514 ya existían en las márgenes del río Chorrera dos asentamientos humanos, las comunidades de pescadores Bongo y Gavilán, con un total aproximado de 247 habitantes.

Un poco más tarde, el célebre torreón del mismo nombre se yergue como modesto vigía de un punto de recalaje, donde los barcos se abastecían de agua al tiempo que aguardaban la autorización para acceder al puerto de Carenas. Y antes aún, pudo existir en la zona donde hoy se levanta la Plaza de la Revolución  un asentamiento indígena, como parecen confirmar los fragmentos de cerámica aborigen encontrados en los alrededores.

En cuanto al nombre El Vedado, parece provenir del hecho mismo de que la zona que se extendía desde La Chorrera hasta la elevación donde luego se construiría el castillo del Príncipe había sido decretada como terreno vedado, y las autoridades españolas tenían absolutamente prohibida su urbanización, ya que, tratándose de un terreno boscoso, con la densidad de los primitivos bosques tropicales de Cuba, de los que hoy apenas si sobreviven algunas muestras puramente arqueológicas, hacía las veces de barrera de contención para los ataques de piratas y corsarios, impidiendo que estos llegaran hasta la ciudad intramuros.

En 1763 los ingleses devuelven La Habana a las autoridades españolas que gobernaban la isla de Cuba. Sin perdida de tiempo el Capitán General conde de Ricla ordena la construcción de una cadena de tres fortalezas, El Príncipe,  san Carlos de la Cabaña y Atarés, con el objetivo militar de impedir que tales ataques e invasiones volvieran a producirse. Todo este movimiento constructivo genera consecuentemente un movimiento humano, e impulsados por las obras  no tardan en expandirse los asentamientos de la Chorrera, y  en aparecer otros en los alrededores del nuevo castillo de El Príncipe. Existen noticias de que en 1824 un militar catalán proveniente del Perú se instala en La Habana, donde es nombrado contratista de las obras en la zona de El Vedado.

Con respecto al nombre del río que Dulce María Loynaz inmortalizara en sus versos, se debe a un obispo  español de apellido Armendáriz, quien habitaba en los alrededores de La Chorrera y era propietario de mucho terreno en el área,  así como de pequeñas fincas destinadas a la cría de ganado.

En 1859  lo que hoy conocemos por El Vedado  está claramente delimitado en dos zonas que abarcan unos 15 kilómetros de extensión: El Carmelo y El Vedado propiamente dicho, o sea, desde el río Almendáres hasta la calle Paseo, y desde el mar hasta la batería de la Reina, hoy asiento del Hotel Nacional.  Ambos rerpartos fueron fundados en años sucesivos y desde el principio constituyeron una sola y única unidad suburbana. Del primero eran dueños los señores José Domingo Trigo y don Juan Espino; y del segundo,  don José Frías, el célebre conde de Pozos Dulces, uno de los más ricos y conspicuos aristócratas de Cuba, quien tenía allí una vasta hacienda cuya casa vivienda todavía se mantiene en pie.

Coincidentemente, este mismo año 1859 en que se comienzan las obras de urbanización en El Vedado, es el mismo en que el arquitecto Catalán Ildefonso Cerdá trazó su plan de ensanche para la ciudad de Barcelona, y se conoce que los arquitectos que entonces trabajaban en  El Vedado estaban en estrecho contacto con él, de donde se deduce que pueden haber estado sometidos a su influencia, y de ahí la semejanza que existe entre ambas urbanizaciones, separadas, sin embargo, por tanto mar.

Asegura el arquitecto cubano Joaquín Weiss en su libro Arquitectura Cubana, que la venta de solares en dichos terrenos se desenvolvió con lentitud en aquellos primeros años en que la barriada de El Cerro era aún sede y asiento de las fastuosísimas residencias de la más poderosa y refinada aristocracia criolla. Por eso hacia 1870 aún no había más de veinte casas de una sola planta, precedidas de un ancho soportal al estilo de las casas-quinta del cerro, pero sin conseguir igualar a estas en prestancia, ubicadas a lo largo de la calle de La Línea, así llamada porque por ella discurría la línea del pequeño ferrocarril que unía a la ciudad con la nueva urbanización.

Las casas de mampostería más antiguas que todavía se conservan en El Vedado datan de 1880, y son ellas la que el farmacéutico Antonio González Curquejo construyó para él y su familia en Línea esquina a B, y otras dos, también mandadas a edificar por este señor con una extraordinaria visión del futuro negocio de inmobiliarias, pues las dedicó a alquileres, cosa sumamente inusitada para la época. Dichas casas, de indiscutido valor museable, son de estilo  chalet y se encuentran en las calles B y Calzada respectivamente. También datan de la misma fecha las casas de don Joaquín María Sánchez, abuelo del propio Weiss, en 5ta y D, y la de don Felipe Ruíz, la cual abre su portal sostenido por hermosas columnas hacia la calle 9na a esquina D.

Pero… ¿cómo era El Vedado de finales del siglo XIX principios del XX?

LOS OJOS DE LA MEMORIA

Hace tiempo la narradora Milene Fernández Pintado, sempiterna vedadense, me comentó que la calle 17 era la más triste y la más larga de El Vedado, y creo que así lo ha escrito en alguno de sus cuentos. Después de aquella conversación la recorrí de principio a fin, deteniéndome en cada una de sus esquinas, mirando, escrutando, pero sobre todo sintiendo; y aunque debo decir que quizás mi percepción personal no comparta su criterio, resulta natural que muchos comulguen con ella, pues esta calle fue una de las primeras que existió en El Vedado primitivo, y al decir de la escritora Renée Méndez Capote, una de las pocas que, por aquel entonces, eran dignas de ser llamadas calle, porque junto con parte de Calzada, eran las únicas que no estaban interrumpidas en ningún punto de su trazado por las profundas furnias características de la zona.

Y a Renée se le ha de creer enteramente, puesto que vio la luz bajo sus densas arboledas, y el testimonio que sobre él nos ha dejado en su libro Memorias de una cubanita que nació con el siglo es uno de los más hermosos y evocadores que sobre esa región se hayan escrito en la literatura cubana de todos los tiempos.

En su infancia Renée cuenta que no había parques y las calles eran sin asfaltar, de una tierra amarilla que al amanecer se llenaba de la manchas grises que formaban los rebaños de burras. Más que calles, eran “trillos abiertos entre la maleza, derriscaderos y diente de perro. En la loma había pocas casas, la mayoría con techos de tejas catalanas, y en la parte baja, alguna que otra casa quinta…”, recuerda la escritora con nostalgia.

Para ella, El Vedado de su niñez “era un peñón marino sobre el que volaban confiadas las gaviotas y en cuyas malezas crecía silvestre y abundante la uva caleta. Las cercas eran de tunas espinosas, el aire lo poblaban auras tiñosas, totíes, gorriones, bijiritas y sinsontes, y en las furnias  gigantes que caían desde la orilla derecha del Almendares anidaban las iguanas, los hurones y las ratas. Los gatos jíbaros salían de noche, y todavía al amanecer y poco antes de llegar la noche atravezaban por el cielo bandadas de palomas rabiche, y por el norte aparecían en invierno bandadas de patos de la Florida (…) Además de murciélagos y lechuzas, abundaban los chivos y las vacas. (…)  Los márgenes del Almendares estaban sembrados de maleza y uva caleta; esparcidas por la ribera había casas de pescadores de tablas y zinc. Había dos o tres pequeños astilleros dedicados a reparar y calafatear embarcaciones pequeñas. (…)En la boca de La Chorrera había un apostadero de botes de pescadores. El puente del Almendares era muy viejo, de tablas, y se abría en dos para dejar pasar alguna que otra goleta”.

“Los mambises —sigue contando Renée—  fueron los primeros que poblaron de chalets sencillos el peñón agreste, y El Vedado empezó a nacer vigoroso, estremecido por la fermentación de la vida que le impartía una spciedad surgida de la rebelión y de la lucha”. Y Renée se lamenta de que la pureza de aquella existencia bucólica fuera perturbada poco después por  “los políticos y su secuela de millonarios relámpagos”, que se precipitaron “a afear el paisaje y enturbiar su atmósfera con palacetes suntuosos”.

De ellos, de los mambises que habían luchado largamente por la libertad de Cuba antes que Renée naciera, ella recuerda el campamento de Columbia, sus terrenos verdes “animados por un trotar cósmico. Eran los caballos de Manuel Sanguily, la pareja del coche oficial de Estrada Palma, los caballos particulares de papá, la caballería del recién nacido ejército cubano”.

UMA MANSIÓN DEL VEDADO

Serían quizás los recientes fulgores del machete que aún brillaban en su sangre, los que indujeron al doctor Domingo Méndez Capote, abogado y general del Ejército Mambí, a comprar un terreno en El Vedado.  Allí, rodeada de calles de tierra amarilla, edificó por valor de dos mil quinientos pesos la casona inmensa de dos pisos, con techo de vigas de madera y mamparas pintadas de blanco donde vino a este mundo su hijita Renée. En sus memorias la anciana nos la describe como un inmueble feo, pero muy sabroso, que fue creciendo de acuerdo con las necesidades de la familia. “Tenía un portal ancho que daba a dos calles y un balcón en el comedor que era el refugio de las niñas para contemplar la vida de los varones y la vida intensa de las caballerizas, y las visitas del osito de los gitanos y del Andarín Carvajal…”.

La casa estaba rodeada de patios por todas partes y tenía un jardín sembrado de flores.  “Las que estaban de moda entonces eran las madamas, dalias, violetas, gardenias, diamelas y rosas de Francia, el nomeolvides y los galanes de noche y de día”. Cerrando los ojos y dejándonos llevar hacia aquel pasado por la poderosa evocación de la pluma, nosotros ahora podemos imaginar aquel jardín repleto embalsamando con su fragancia sublime y al mismo tiempo sensual las soledades  de la noche tropical. “(…) En el patio, primitivamente de piso  tierra, sembrado de árboles frutales (zapote, anón y guanábana), estaban las caballerizas y la cochera con su ancha puerta ingenua en forma de herradura”.

“Al frente de la casa estaba la sala y después la antesala, y después un corredor al que le brotó de buenas a primeras un lucernario inexplicable”. A ambos lados de este corredor  quedaban seis habitaciones, tres en cada banda del mismo, y al final dos baños. De ahí arrancaba “una  escalera primorosa de siete peldaños” que llevaba al cuarto de estudios de las niñas y al gran comedor, desde donde se veían el mar y los barcos que pasaban camino al golfo de México. “Dos veces al día pasaban los lanchones de la basura y constantemente velas blancas animaban el azul profundo”.

En la segunda planta se encontraban el cuarto de estudio del doctor Méndez Capote y la capilla de la madre de Renée. En la azotea, la biblioteca donde estudiaban los hijos varones de la familia y la habitación de la gobernanta.

Las habitaciones para la servidumbre se ubicaban en lo alto de las caballerizas y la cochera, y se accedía a ellas por una escalerilla  de caracol. Renée no menciona la cocina, pero es de presumir que, como siguió ocurriendo hasta la tercera década del XX, fuera un espacio feo y estéticamente ignorado.

La imaginación infantil de Renée retuvo muy especialmente el recuerdo de ciertos lugares de El Vedado, que ella describe en sus memorias con un estilo tan nítido y evocador que consigue crear en nosotros la ilusión de estar parados ahora mismo ante aquellos célebres Baños de Carneado, un hotel de madera construido frente al litoral y a quien su envanecido dueño llamaba ostentosamente Palacio Carneado, “un edificio de dos plantas que parecía una cuartería y tenía baños de mar en pocetas de ahogado”. Después de burlarse de la personalidad narcisista de Carneado, Renée acota no sin maligna fruición: “en la puerta había colocado un busto de sí mismo en actitud de boxeador con todos los músculos bien contraídos”. En otra parte de sus Memorias la escritora, refiriéndose a las pocetas de estos baños, las califica de tétricas.

También rememora Renée el hotel Trotcha, estructura de madera con muchas habitaciones a donde acudían los niños del Vedado  “a ver los cocodrilos”, y que en la época fue una especie de mini balneario de moda entre los vecinos ilustres del lugar y temporadistas habaneros y de otras provincias de la isla.

Por esta asombrosa manera de divertirse que tenía la gente menuda en El vedado, yendo a contemplar los cocodrilos del Trotcha, se ve que sus necesidades recreativas no habían sido tenidas muy en cuenta por los diseñadores de la urbanización, por lo cual la pequeña Renée y sus compañeros de generación y de barriada, los hijos de los Hevia, los Cavarrocas, los Lancís, Villalón, Del Monte, Tarafa y muchas otras familias de ilustre prosapia, sólo tenían a su disposición para expansionar el exceso de vitalidad de la infancia, la enorme hacienda del conde de Pozos Dulces, “que al parcelarse El Vedado contuvo las calles 11, 13 y 15, C, D, E, Y, F y posiblemente algunas más, y estaba siempre abierta para los niños con su verja alta y su gran jardín lleno de flores y de árboles frutales en que abundaban los nidos, mientras la casa de vivienda se alzaba acogedora en una loma”.

Muchos pasajes de este libro hacen sentir al lector un placer tierno y suave, como una caricia de nostalgia sobre el alma,  al imaginar aquel Vedado primitivo descrito en las Memorias…, con sus policías españoles trotando sobre sus cabalgaduras mientras se ayudaban con su largo pito estridente para anunciar a gritos la llegada de un ciclón; sus serenos que hacían la ronda desarmados y acompañados de perros satos; sus faroleros discretos, que encendían los faroles de gas con largas pértigas para apagarlos al alba, antes que todos despertaran, y sus damas ricas y elegantes, haciéndose traer hasta el portal la borriquita con su ordeñador, para beber allí mismo, lánguidamente reclinadas sobre columpios rojos, la leche tibia en un vaso de fino cristal e Bohemia… Una vida bucólica que flotaba leve sobre la tierra como un suspiro, y destinada a desaparecer entre las suavísimas manos del olvido, arrollada por un tiempo nuevo que se arrojó sobre ella a un ritmo vertiginoso que nada ni nadie podía detener.

EL VEDADO ACTUAL

Esas calles por las que paseamos los habaneros de hoy y los turistas de todos los confines de la Tierra, calles envueltas en una melancolía antigua, y en el dorado color de los crepúsculos teñidos del olor salitroso del litoral cercano, tienen ahora el mismo aspecto que en la segunda década del siglo pasado, cuando, tras la decadencia de El Cerro,  El Vedado se convirtió en el lugar de residencia de La Habana elegante y potentada. Los lujosos palacetes  las mansiones de impresionante arquitectura surgieron  sobre un a trama básica regular inspirada en la retícula cartesiana, lo que dio lugar a calles rectas con manzanas cuadradas de cien metros, que en algunas calles tuvieron ochenta y hasta ciento veinte metros.

A diferencia del Vedado primitivo de la infancia de Renée, con calles de tierra y sin aceras ni parques, la nueva retícula dejaba manzanas libres a manera de plazas sombreadas por gigantes frondosos, y las calles se fueron cubriendo de parterres con árboles y flores, que en avenidas principales llegaron a convertirse en auténticos paseos bellamente arbolados y sembrados de bancos de mármol, como es el caso de la calle Paseo. En la barriada, ahora muy exclusiva, comenzaron a levantarse hermosas mansiones en las que se mezclaban todos los estilos arquitectónicos, no ya de una manera espontánea e íntimamente familiar como había ocurrido en la casa del doctor Méndez Capote, sino obedeciendo a los planos cuidadosamente concebidos por arquitectos de fama notable como la firma cubana Govantes y Cavarrocas, u otros de prestigio y procedencia internacionales.

Los más ricos y arrogantes  propietarios levantaron sus palacios en una zona de máxima valorización, cuyos ejes fundamentales son las calles Paseo y 17, y sus adyacentes 4, 2, A, B, 11, 13, 15 Y 19. Aquí se construyeron en tiempo record fabulosas mansiones con jardines diseñados según las estéticas clásicas  francesa, florentina, veneciana y hasta japonesa,  poblados por copias en mármol de las grandes obras de la estatuaria antigua, y en los que se levantaron pérgolas de formas caprichosas,  terrazas y escalinatas terminadas en leones guardianes y gárgolas que obedecían a la más desatada fantasía, todo ello rodeado de una cuidada y artísticamente recortada vegetación, y de pequeños estanques con surtidores de un agua diamantina que al caer sobre el mármol del brocal, producía un sonido saltarín semejante al claro tintinear de las monedas.

El lujo y la fortuna reinan por doquier, y como testigos de aquella época de inusitado esplendor han quedado, entre tantas construcciones espléndidas, el magnífico palacio de María Luisa Gómez Mena, condesa de Revilla de Camargo, hoy Museo de Artes Decorativas, y la mansión de su eterna rival social, la señora Catalina Lasa del Río, donde el lujo y refinamiento de sus dueños llegaron a extremos que aún hoy no pueden sino provocar la más sincera admiración de quien los contempla. Hoteles, clubes, cines…  El Vedado se extiende como un pulpo dorado cuyos tentáculos apuntan al horizonte.

Después, ya en los años cincuenta, cuando la influencia norteamericana se había enseñoreado por completo del país, llegaron los rascacielos, las altas torres de apartamentos destinados a albergar a una burguesía no tan adinerada como los llamados nobles del azucar, la banca y el comercio,  pero no menos soberbia y pretenciosa, dispuesta a hacer crecer la ciudad hacia arriba en un impulso que pretendía asaltar el cielo. El más emblemático de estos gigantes fue el Focsa, primer condominio autosuficiente de América Latina, por muchos años el edificio más alto de Cuba, construido a tal velocidad y con tan moderna tecnología que cada piso requería, para declararse terminado, un plazo menor que el anterior, llegando a demorar el último de ellos sólo unos meses en resultar  habitable.

Posteriormente a 1959 se detiene el auge constructivo en esta zona privilegiada de la capital habanera (en favor de una necesaria expansión de la ciudad hacia el este), y comienza en su lugar un proceso  de reconversión de los espacios inmobiliarios posiblemente sin precedentes en la historia de la arquitectura latinoamericana, donde los antiguos palacios y mansiones, abandonados por sus ocupantes originales en una eruptiva estampida migratoria, pasaron a desempeñar nuevos usos sociales, de los cuales muchos de ellos no han salido indemnes.

Si de algo puede estar seguro el lector de las Memorias… de Renée Méndez Capote, o el transeúnte que algún atardecer contempla embelesado las magníficas ruinas de un ayer inmediatamente cercano a nosotros en la infinitud del tiempo, es de que la última página de la historia de El Vedado no ha sido escrita aún, y continuará todavía cubriéndose de frases y palabras, mucho, mucho antes de llegar a su fin.

imop/

 

 

 

 

 

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