Los puentes de Madison: arquetipos, literatura y cine
¿Cómo evitar que la voluntad de saber ahogue los poderes vitales del arte? ¿Cómo recuperar la frescura de la vida sin someterla al tribunal de la conciencia?
Jesús Adrián Escudero
Los puentes de Madison, esa magnífica película que dirigió y actuó Clint Eatswood junto a Merryl Streep, fue retransmitida una vez más por la televisión cubana, esta vez en su espacio dominical Arte 7, y me consta que muchos telespectadores se avisaron unos a otros por teléfonos y móviles sobre el acontecimiento.
Ya he contado en otras ocasiones cómo este filme, incluido entre las varias intervenciones ficcionales de obras cinematográficas que realizó el crítico de arte y Doctor en Ciencias del Arte Rufo Caballero en Seduciendo a un extraño[1], su libro póstumo, que tuve el honor de presentar, dio lugar a una nutrida correspondencia entre él y yo en la que analizábamos el filme desde todos los ángulos posibles, porque Rufo deseaba que yo escribiera sobre su relato.
He contado cómo discutíamos con ardor porque teníamos puntos de vista no convergentes sobre los personajes y sus motivaciones. No volveré ahora sobre esta historia. Pero por supuesto que mientras disfrutaba una vez más de esta maravilla del cine en la sala de mi casa, sentía a Rufo a mi lado.
Son cosas de la imaginación sensorial espoleada por el deseo, desde luego, porque Rufo está muerto, pero estuvo en mi sala y tuvimos otro intercambio sobre el filme, nos exaltamos, nos señalamos detalles, alabamos las actuaciones e hicimos todo aquello que es normal entre dos buenos amigos que disfrutan juntos de una obra de arte de su común preferencia. Hasta que todo acabó y volví a quedarme sola.
Debo decir que la muerte de Rufo es una de las que más me han dolido en mi ya larga vida, no solo por haber perdido demasiado pronto a un amigo tan especial a quien admiraba más que a nadie y me comprendió como ninguna otra persona lo ha hecho, o porque lo perdiera la cultura cubana, que tan necesitada está de intelectuales como él y no los tiene, sino por una circunstancia especial: aunque teníamos amigos y conocidos comunes, nadie me avisó que Rufo agonizaba en el hospital.
Sé que no quería dejarse ver y se negó a recibir a las muchas personas que seguramente fueron a visitarlo en su lecho de enfermo, y que hubo un amigo particularmente fiel que empujó a quienes quisieron impedirle pasar y entró a la habitación.
No digo su nombre porque lo conozco y sé que es una persona discreta. Yo habría hecho lo mismo, pero el silencio ajeno me quitó la oportunidad de despedirme de Rufo, que tal vez me llegara a pensar como amiga desleal. A veces creo que aquel silencio fue parte de una venganza de esas ¡tan retorcidas! muy comunes entre intelectuales y artistas, pero lo único cierto es que me ha quedado ese dolor para siempre. Me extrañó que nuestros mails sobre Los puentes de Madison se interrumpieran de repente, pero yo misma estaba entonces viviendo un momento muy difícil de mi vida y no percibí que pasaba más tiempo del normal sin que él volviera a comunicarse conmigo.
Lo cierto es que hubo un tópico sobre el cual, aunque lo mencionamos una vez, nunca pudimos volver a debatir: teníamos que definir por qué Los puentes de Madison County, la novela, y luego el filme basado en ella, habían tenido un éxito tan arrollador y continuaban teniéndolo, y por qué quienes habían conocido una de las dos obras o las dos no podían olvidar la historia. Eso se nos quedó pendiente.
Este domingo me propuse profundizar esa indagación. Para ello renuncié a disfrutar del filme como una espectadora común, y armada con mi teléfono móvil me convertí en una mala imitación de Robert Kinkaid. Lamentablemente solo pude comenzar a fotografiar la pantalla casi a mitad del filme, pero pude captar algunas de las frases más significativas del guión, que no por gusto están entre las más icónicas y recordadas por cinéfilos, lectores y espectadores.
Algunas encierran las claves más relevantes de la historia. Tuve que desechar muchas de las fotos que tomé por no ser yo lo suficiente veloz en un oficio en el que no estoy muy entrenada, pero algo pude hacer, y con la ayuda de recursos ajenos al filme podré esbozar mi teoría personal sobre por qué Los puentes de Madison (y la novela, que pude leer una única vez) narran una historia que nadie olvida.
En su libro Lágrimas en la lluvia (Rufo poseía el arte de la buena titulación), en el capítulo “El discurso profundo, Las llaves de acceso a la enunciación y el placer de la crítica”, hay un acápite titulado “Nodo, o nudo” en el que Rufo escribe sobre Los puentes de Madison (Pp.155-158), e intenta dilucidar el metatexto de la historia, que también podría llamarse el problema artístico del filme o, en lengua vulgar, el mensaje, y escribe:
El desnudamiento de la enunciación, con frecuencia un viaje cultural apasionante, resulta crucial a la hora de colegir “de qué va una película”. La enunciación, debida al quién y al qué de ese significado profundo que puede estar más o menos sumergido en la textualidad de la historia, suele revelarnos el discurso, el enunciado de la voz que habla con o por encima de los personajes. Para acceder a esa mina, es preciso identificar antes los llamados “dispositivos de enunciación”; o sea, desde cuáles recursos y lugares ese quién profundo me habla desde los sentidos menos axiomáticos.
Uno de los dispositivos más usuales se localiza en el “momento privilegiado”. El intérprete de un filme debe poseer la sagacidad de advertir en qué momento del discurso este realiza una especie de contracción sobre su sentido primordial. No se trata aquí de un sumario ni de un resumen, sino de una suerte de epítome dramático y conceptual, donde el punto de vista condensa una situación que alcanza a transparentar la ideología de toda la película.
imop/
