Fortalezas coloniales habaneras
La Habana no es Roma con sus siete colinas que ciñen la Ciudad Eterna como un anillo mágico, pero en 1508, cuando el marino español Sebastián de Ocampo bojeaba la isla de Cuba, su vista experimentada reparó en la forma del puerto con su estrecho canal de entrada a una amplia bahía de bolsa, y en uno de los extremos del canal un alto peñón rocoso que se adentraba en el mar y recordaba un morro de bestia.
Vio arroyos que desaguaban en pequeñas ensenadas interiores y, a lo lejos, un grupo de colinas no muy elevadas, pero que en caso de ataque podrían servir como defensa del puerto. Sobre los arrecifes coralinos de la costa encontró mineral asfáltico ideal para calafatear sus naos, y vio que era un sitio magnífico para fondear y reparar naves, por lo que bautizó el lugar como puerto de Carenas, término de la jerga marinera con ese significado. Hasta donde abarcaba la mirada se extendían bosques de cedros y caobas, y canteras de donde podía extraerse muy buena piedra para construcciones.
Aunque en ese momento probablemente Ocampo no lo supiera, estaba en el territorio gobernado por el cacique cubano Habaguanex, que se entendía desde la entrada de la actual provincia de Pinar del Río hasta Matanzas, con algunas dispersas comunidades aborígenes agrupadas en pequeños poblados, dos de ellos ubicados en la desembocadura del río Almendares.
En 1519, la villa de San Cristóbal de La Habana se había asentado allí, tras un largo peregrinar que la llevó del sur al norte de la Isla. Rodeada de pequeñas haciendas y huertas, en 1538 tenía una iglesia y un hospital de mampostería reconocido como el mejor de la isla, y unos cincuenta vecinos blancos que vivían en bohíos muy semejantes a los de los aborígenes, y más o menos unos doscientos esclavos entre negros, mulatos e indios. Era cualquier cosa menos una ciudad, y no lo fue hasta que en 1592 el rey de España le concedió ese estatus. Para entonces ya La Habana contaba con su primer sistema de fortificaciones, construidas en la costa norte a lo largo del Camino de la Playa, uno de los dos que conectaban la villa con el resto de la isla. El rey también le concedió el derecho a ostentar un escudo en el que lucen tres torres de plata y una llave de oro sobre campo de azur, rodeado por una gruesa cadena semicircular. Hacia la izquierda de los torreones puede verse la representación de un cañaveral, y hacia la derecha la de un bosque. Tal fue el escudo original de la villa de San Cristóbal.
En heráldica, ciencia que estudia las genealogías y los blasones y narra, en lengua de imágenes, los orígenes y hazañas de lugares y hombres, el color azul alude a las virtudes, la justicia y la lealtad de la Isla, a la que España siempre consideró la perla de su corona. La plata de los torreones simboliza el agua, las virtudes, la fe, la pureza, la integridad, la palmera, la azucena y la paloma.
Las ciudades o familias que ostenten plata en sus escudos de armas están obligadas a servir a su rey en la náutica o ciencia de la navegación, a defender a las doncellas y a servir a los huérfanos. El oro simboliza el sol, el león, la nobleza, la germinación lo mismo de la naturaleza que de la riqueza material, y quienes llevan este metal en sus escudos están obligados a servir a su soberano cultivando las bellas letras, o sea, fomentando la cultura.
Cuando el rey de España entregó este escudo a La Habana y le concedió la categoría de ciudad, escribió: “Tú eres la llave del Golfo y antemural de las Indias”. Con la expresión Llave del Golfo se ha explicado en la ya muy nutrida bibliografía sobre la capital cubana que se hace referencia a la posición geográfica de Cuba a la entrada del Golfo de México, donde se encontraban los más ricos virreinatos de la Corona en América. Los tres torreones, que en heráldica representan a los castillos, aluden a las tres primeras fortalezas de la ciudad: el castillo de La Real Fuerza, el castillo de los Tres Santos Reyes Magos del Morro y el castillo de San Salvador de La Punta, que no solo defendían La Habana de los ataques piratas, sino a la Flota de Indias, que desde 1560 por Orden real se concentraba en su puerto durante varios meses al año en su viaje de la Península al Nuevo Mundo y en su retorno de este a la Madre Patria, acarreando en los vientres de sus galeones la mayor concentración de tesoros que el mundo ha visto. Es fácil comprender entonces que el escudo de La Habana fue muy bien pensado por la Corona española.

En la primera época de la villa de San Cristóbal imperaba la pobreza y hubo que recurrir a la ayuda en dinero, mano de obra, materiales de construcción y armamento a los virreinatos continentales. A la espera, a veces larga, de estos dones, se unían la mala intención que solía emponzoñar las relaciones entre los funcionarios de la villa y los maestros constructores al frente de las obras, y la no menos vergonzosa malversación, a manos de Gobernadores y alcaldes, de los recursos destinados por la Corona para tales trabajos. Como consecuencia, cada cierto tiempo la construcción de las fortalezas quedaba librada a los míseros recursos de los pocos vecinos de la villa, quienes solían colaborar con sus dineros, sus esclavos y hasta su propia fuerza de trabajo. El resultado de todas estas circunstancias fue que las fortalezas marcharon siempre a la zaga de las necesidades de la villa, y alguna jamás fue probada en combate por haber pasado de largo el momento en que hubiera podido desempeñar su función defensiva.
Existe una abundante bibliografía sobre el acoso al que la piratería internacional sometió a La Habana desde 1519, pero bastaría citar un solo párrafo de ella para dar una idea del estado de constante alerta y angustia en que vivían los habitantes de la villa:
Ya desde 1551 se había pregonado la obligación de que todos los vecinos de La Habana tenías que “llevar espada día y noche”. En 1554 se dispuso que “todos los vecinos de esta villa, así los de a pie como los de a caballo, cuando oyeren tiro de la fortaleza, es señal de que aparece navío, acudan todos a sus puestos. Los de a caballo a la casa del Gobernador, los de a pie al baluarte, y los demás a la fortaleza, como está mandado.
Pero nuestro primer sistema de fortificaciones tiene una historia muy hermosa de abnegación, heroísmo, tesón y lealtad, además de contar con la más antigua de las fortalezas que todavía se conservan en pie en América, el castillo de La Real Fuerza, ejemplo de la más perfecta arquitectura militar renacentista desarrollada por España en sus colonias. Nuestra arquitectura militar colonial cuenta, además, con la mayor de todas las fortalezas que han existido en el Nuevo Mundo, el castillo de San Carlos de La Cabaña. Nuestro primer sistema de fortificaciones comprende también sus cuatro torreones de apoyo: La Chorrera y San Lázaro en el oeste y Bacuranao y Cojímar hacia el este, protagonistas de hechos de armas dignos de ser recordados y de otros que siguen clavados como una espina dolorosa en el corazón de la ciudad y han dejado una huella indeleble en su pasado.
En la Sexta Reunión del Comité Intergubernamental de la Convención del Patrimonio Mundial, Cultural y Natural celebrada en diciembre de 1982, en la sede de la UNESCO en París, su director, Amadou-Mahtar M’̀̀Bow, declaró el Centro Histórico de la Ciudad de La Habana Patrimonio de la Humanidad. El área protegida declarada incluyó “las fortificaciones de la bahía y el espacio edificado luego de la demolición de la murallas […]”. Esta acción confiere a la villa de San Cristóbal un aura tan eterna como la de Roma.
Por todo esto, Radio Ciudad de La Habana dedica la siguiente serie de trabajos al primer sistema de fortificaciones de Cuba, en homenaje a los 500 años de la fundación de La Habana, incluida desde 2014 entre las Ciudades Maravillas de la Tierra.
fny

Genial, Gina! Muchas gracias! Un abrazo, Zulema.