¿Grimorios? La magia tiene su tiempo
Hace poco varios jóvenes sostenían en un parque de El Vedado una muy curiosa perorata sobre grimorios, un tema que jamás esperé oír en Cuba, no porque sea tabú ni tenga en su contra sambenitos ideológicos, sino simplemente porque esta isla no conoció la Antigüedad ni la Edad Media, épocas en que surgieron y se desarrollaron estos compendios mitad literatura, mitad imaginería y superstición y una pizca de ciencia, y tampoco somos como Praga, capital checa, un emporio de sabiduría oculta y prácticas esotéricas reconocido en Occidente por ser uno de los mayores y más importantes repositorios del saber oculto de esta mitad del mundo.
Los grimorios son compendios de fórmulas mágicas mezcladas con astrología, herbolaria, invocaciones, rituales, “ciencia” de los talismanes, los cuadrados mágicos de Pitágoras, tablas de correspondencias, lapidarios y códigos cifrados de escritura, basados casi siempre en un latín corrupto que viene de los últimos tiempos del imperio romano y, probablemente, de sus colonias castrenses en provincias tan alejadas como Siria, donde los soldados romanos se mezclaron con poblaciones locales portadoras de culturas diferentes.
Los grimorios más conocidos que han llegado hasta nosotros son el del Papa Honorio, el de Armadel, las Clavículas de Salomón, el San Cipriano y, en mi opinión, el más raro de todos, el Picatrix, firmado por Seudo Maslama el madrileño, probablemente un árabe o judío converso discípulo del árabe Ben Arabi. Pero los grimorios son mucho más antiguos, los libros sibilinos de los etruscos eran grimorios, aunque a diferencia de los medievales incorporaban profecías y sistemas adivinatorios. Los romanos sentían tal respeto y reconocimiento por los augures etruscos que aún cuando ya Etruria se había integrado a Roma sus sacerdotes seguían siendo consultados por los generales y el Senado romano. La más famosa de estas profecías es, tal vez, la referida al tiempo de existencia del pueblo etrusco como nación: 10 siglos, según sus augures. Poco antes del plazo fijado la liga de naciones que conformaba la poderosa Etruria dejó de existir.
Es casi seguro que el poderosísimo sacerdocio del dios Amón, en Egipto, poseyó grimorios, y en algún momento, durante el reinado de los cinco príncipes de la dinastía de los llamados faraones negros, príncipes de Kush que de vasallos pasaron a señores del País de los Dos Ríos, como era llamado Egipto, aquellos libros secretos cayeron en poder de los sacerdotes de los conquistadores, y entonces se produjo una fusión de conocimientos de donde es probable que provenga el Libro de Ifá,- y muchos otros elementos de las religiones de los pueblos africanos más cercanos a la frontera sur egipcia. Y ese era, precisamente, uno de los temas más candentes de la discusión que escuché sin querer en ese parque de El Vedado.
Pero quizá, lo más interesante sobre el largo viaje de los grimorios hasta nuestros días sea el hecho de que muchos sobrevivieron gracias a la diligente e incansable labor de los monjes cristianos que trabajaban como copistas en los scriptoria de los monasterios, donde traducían y copiaban con prolijidad manuscritos antiguos. No es cierto, como suele creerse, que los monjes destruyeron el saber de la Antigüedad. En realidad lo salvaron y citaré solo dos ejemplos: Carlomagno, emperador de los francos, conservó y desarrolló la antigua caligrafía de unciales romanas cuando los últimos vestigios de Roma no eran más que ruinas cubiertas por la maleza donde se ocultaban las alimañas de la noche, y sus monjes copiaron un incontable número de libros procedentes de todas partes del mundo conocido y aún de regiones ignotas. En Irlanda, San Patricio ordenaba a sus monjes constructores de los primeros monasterios salvar mediante la escritura del griego y un latín rebosante de erratas todo el riquísimo acervo de mitos, leyendas y costumbres que había constituido la cultura celta y el saber de sus sacerdotes, los druidas.
Y algo más, un detalle no precisamente pequeño que los católicos jamás mencionan: algunos de los autores de grimorios célebres fueron Papas, jefes de la Iglesia Católica, entre los cuales abundaron los alquimistas como Alberto Magno, cuyo nombre llevan dos de los más célebres grimorios que hoy se conservan; Gran Alberto y Pequeño Alberto. Y también hubo practicantes de las ciencias esotéricas, como el Papa Silvestre II, llamado el Papa Brujo, de quien se dice poseía una cabeza de bronce parlante capaz de responder cualquier pregunta que se le formulase, siempre y cuando la respuesta pudiera ser ofrecida de acuerdo al sistema binario más simple que existe: SÍ y NO. No hay que especular teorías tremendas sobre esto: los autómatas existen desde tiempos remotos, los ingenieros del Egipto faraónico eran expertos en la construcción de autómatas que empleaban en sus templos en escenificaciones destinadas a aterrar a los fieles y aumentar su docilidad, y más tarde los árabes del Medioevo, poseedores de una cultura refinadísima y muy superior en aquel momento a la europea, fueron diestros constructores de autómatas destinados las más de las veces a los placeres de la vida, como servir vino en las fuentes de sus célebres jardines o ser ofrecidos como juguetes para entretener a la nobleza y sus poderosos señores y cortesanas. El Papado siempre tuvo tratos secretos con el mundo musulmán, anteriores quizá a las Cruzadas. Es sabido que en los castillos de la Orden monástico-militar de El Temple trabajaban alquimistas árabes; que también se les albergaba y protegía en las cortes católicas más recalcitrantes de Europa como médicos de la realeza; y llegaron en gran número a la Provenza, el Languedoc y la Aquitania del país cátaro bajo el amparo de grandes señores feudales como el conde Raimundo de Toulouse y el conde de Foix. La verdad es que los hombres de conocimiento de Oriente y Occidente jamás han dejado que los cieguen las políticas al uso y han mantenido un constante flujo de comunicación e intercambio de sabiduría: en el Egipto romano cuando en el siglo VI el general Arm destruía por orden de su Callifa los últimos restos de la Biblioteca de Alejandría; en la Palestina de las Cruzadas, donde a diario se enfrentaban a muerte cristianos y musulmanes; en Castilla, cuando los Reyes Católicos peleaban contra los moros de Al Ándaluz y, de noche, ocultándose entre las sombras de las fronteras de ambos reinos, iban y venían los sabios de los dos bandos cargados de manuscritos, y se reunían en las ciudades en subterráneos clandestinos junto con los rabinos judíos para preservar, más allá de guerras, religiones y coronas, el saber de la Humanidad.
Y hay un extraño libro conocido como el misterioso manuscrito Voinich, que se ha resistido a todos los intentos de hallar las claves del lenguaje cifrado en que está escrito, pero las muchas láminas que lo ilustran -dibujadas con una maestría y un naturalismo que hablan de la mano de un artista- y muestran especímenes de plantas, animales y seres que no existen en nuestro planeta, sugieren la posibilidad de que se trate de algún tipo de grimorio.
También se sigue especulando en los círculos que sienten atracción por estos temas sobre la existencia real del Necronomicón, ese grimorio mencionado por el gran escritor norteamericano de ciencia ficción Howard Philipp Lovecraft, cuya autoría él atribuyó modestamente “al árabe loco Abdul Alazred”. No soy autoridad en materia de grimorios, pero en mi opinión, es un producto más del imaginario desbordado de Lovecraft, que sus lectores conocemos sobradamente. El resto es manipulación del mercado del libro y las revistas esotéricas.
Algunos de estos grimorios se encuentran a la venta en librerías habaneras en divisa, y a veces los he visto en los estantes de las Ferias del Libro en La Cabaña. No puedo garantizar que estén completos, y una única vez encontré en nuestra capital los tres tomos de uno de los grimorios de magia ceremonial más interesantes que he leído, el Manual de Magia Ritual de la Aurora Dorada, una Orden esotérica secreta inglesa que desempeñó un papel muy importante durante la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, cierto escritor habanero me permitió fotocopiar el más deslumbrante de todos los grimorios que han pasado por mis manos, el Picatrix. Para aquellos muchachos tan interesados como despistados del parque de El Vedado reproduzco aquí una cita como botón de muestra:
Ten en cuenta que este medio se expresa en la magia y que la verdad de la magia es absolutamente todo lo que hechiza la razón y a que se sujeta el alma, sean palabras u obras, en el sentido del pasmo, la sujeción, el embeleso y el dominio. Es de lo que la razón difícilmente capta y que oculta sus causas al necio, porque es una fuerza divina con causas determinantes que dificultan su comprensión, así que es una ciencia de difícil comprensión, aunque también la hay práctica, porque su materia es un espíritu que hay en un espíritu, y este es el filtro y la sugestión, como la materia del talismán es un espíritu que hay en un cuerpo y el objeto de la alquimia también un cuerpo que hay en un cuerpo. En total, es magia aquello cuya causa está mayormente oculta a la razón y difícil de aclarar, mientras la verdad del talismán es la vibración de su nombre que es poderoso; porque es de la sustancia de la violencia y el dominio produce en lo que tiene encabalgamiento con él un efecto de superioridad y victoria por afinidad numérica y secretos astronómicos situados en cuerpos especiales en momentos favorables y sahumerios poderosos que atraen espiritualidad al talismán. Su condición, es como la del otro medio concretado en la piedra filosofal que con su intensidad convierte los cuerpos en ella misma; entonces es un fermento que actúa variando el principio de las cosas y tan fuerte como el veneno, incorpora en su especie a los cuerpos y les convierte en sí mismo volviendo una persona en otra con una fuerza ínsita en él; y has de saber, amigo mío, que la verdad del enzima es que es un elixir compuesto de terraqueidad, etereidad, acuosidad e igneidad que lleva en conjunto el germen que convierte cuanto toca a su esencia y lo vuelve de su forma; así va suavizándolo y vaciándolo y así facilita la digestión al convertirlo rápidamente en alimento. Igual actúa el elixir de la alquimia que convierte el cuerpo a él rápidamente, lo cambia de naturaleza a naturaleza superior, revistiéndolo de espíritu, alma y firmeza y lo quita la transitoriedad y la corruptibilidad. Así es el secreto de sus principios.
Mentiría si dijera que he escogido este párrafo porque resulte especialmente significativo. Solo he querido dar a los interesados una idea del tono del lenguaje y del cariz de las ideas del Picatrix. Quiero recordarles además, que es curioso mantener este tipo de conversaciones junto a la estatua de Lennon, porque John Lennon se interesó siempre en esta clase de saberes esotéricos, así que a lo mejor estos muchachos tuvieron aquella tarde un oyente atento y dedicado de sus lucubraciones.
Entonces ¿es Ifá un grimorio y el más completo de todos cuanto existen? Lo es y al mismo tiempo es más y menos que eso. Ifá, por su estructura, es un tratado de magia práctica y ritual que contiene invocaciones, recetas basadas en la ciencia herbolaria, guías para la fabricación de talismanes (los resguardos), y también historias, los patakines, una forma de enseñanza oral para transmitir moralejas, pero que es también un germen de teatro ontológico. Pero trabaja muy poco con el reino mineral, aunque considera las piedras como asiento de orishas, y no contiene ni una sola noción de astrología, lo que me dice, según mi humilde opinión, que se originó en un pueblo que no conocía la observación del firmamento más allá de lo necesario para llevar adelante labores agrícolas y de pastoreo. Ifá está más cerca de un compendio de chamanismo que de un grimorio occidental.
Pero, sobre todo, me gustaría sugerir a los jóvenes del parque que lean los grimorios con interés de puro conocimiento, pero se deshagan de la intención de utilizarlos, porque los grimorios en sí mismos no son saberes completos, los antiguos y los medievales los empleaban junto con tratados de adivinación y otros saberes que no vale la pena mencionar aquí, además de que todo ese acervo estaba muy limitado y bien resguardado en manos de hombres entrenados desde niños para usarlo, y consagrados a ello en cuerpo y alma, lo que implica un trabajo constante de purificación del cuerpo y la mente, imposible para cubanos comedores de cerdo, fumadores de cualquier cosa y bebedores de ron y otras sustancias. El conocimiento es siempre, por su propia naturaleza, digno de ser conservado, pero tiene su momento histórico que cuando pasa, pasa, y dejar de llevar un enfermo a un hospital para intentar curarlo llamando en su auxilio a los genios del Picatrix o a las fuerzas del Libro de las Sombras de las brujas wicca es insensatez. Y a esos jóvenes del parque les pido, también, que tengan muy presente que el hombre de metal sentado en aquel banco mirando el mundo desde sus lentes redondos llegó a la cumbre del arte armado únicamente con su guitarra y unos amigos tan geniales como él. Es una buena receta, mejor que cualquiera de los grimorios.
De cualquier forma, en lo personal creo sinceramente que la lectura de grimorios es un camino tan bueno como otros hacia la cultura verdadera, hacia la herencia que Occidente ha legado a sus hijos, entre los cuales nos contamos nosotros, los cubanos de todas las razas. Mejor que aquellos jóvenes del parque lean grimorios escritos por sabios de otras épocas o, en el peor de los casos, por monjes cultos, a que escuchen todos los días las letras abstrusas del reguetón, escritas por personas incultas, misóginas, violentas y con una visión distorsionada y marginal de la vida, que solo pueden -y no pretenden- ofrecer más que modelos conductuales aberrantes que conducen a la pérdida de valores sociales y morales y a una peligrosa involución de la sociedad.
fny

