¿Hacia dónde van la Ciudad Maravilla y sus habitantes?

guia-la-habana-arquitectura. Foto: Guía Low Cost.

Dos textos de gran calidad, como suelen ser los publicados en la revista La Jiribilla, me han hecho reflexionar una vez más sobre un problema que no me preocupa únicamente a mí: ¿Hacia dónde van La Habana y sus habitantes? Si como ha dicho alguien, el hombre es su casa y la arquitectura refleja a quienes la viven, ¿qué le espera a nuestra Ciudad Maravilla en un futuro no muy lejano? Su rostro está cambiando y no para más belleza.

Renacer La Habana, entrevistas realizadas por un colectivo de autores a arquitectos, inversionistas, abogados y otros profesionales relacionados con el tema—, y La Habana: una ciudad cubana o una ciudad en Cuba, del prestigioso arquitecto Miguel Coyula, analizan los cambios dramáticos que está sufriendo la arquitectura citadina, pero a la vez dejan al descubierto la presencia de un conjunto de males que están devorando nuestra capital: el individualismo feroz, el vandalismo, la improvisación, la impunidad frente a la ley, la especulación, el oportunismo, la paupérrima formación cultural de una significativa mayoría de la población capitalina, y la inercia de las instituciones ante conductas salvajes y erráticas que socavan no solo los valores arquitectónicos, sino también los valores morales y sociales  de la ciudadanía.

Sería engañoso atribuir este estado de cosas a la implantación siempre creciente en la capital de ciudadanos de otras provincias que suelen traer consigo valores (o no valores) culturales y conductuales diferentes a los que han caracterizado históricamente a esta urbe. Y también lo sería culpabilizar a los trabajadores por cuenta propia o a cualquier individuo que posea ingresos económicos superiores a la media, porque construyen sus viviendas y locales destinados a todo tipo de comercio sin el debido asesoramiento de especialistas. Estos son solo efectos secundarios de un mal mayor cuya raíz se encuentra en otra parte. Pero antes de llegar a ello vale la pena reflexionar un poco sobre algunos aspectos del problema.

¿De dónde salen el mal gusto y las “excentricidades” que alarman a los arquitectos en tantas nuevas construcciones habaneras, con su eclecticismo de pastiche, sus colores chillones y todo un catálogo de ornamentos ridículos y anacrónicos? El sello de la arquitectura habanera ha sido precisamente el eclecticismo, la mezcla de estilos que ha hecho de La Habana una ciudad con personalidad propia en el mundo globalizado, pero esa mezcla fue el producto del trabajo de firmas de arquitectos altamente profesionales, muchas de ellas de prestigio internacional como Govantes y Cabarroca, quienes diseñaron, entre otras obras, el Capitolio de La Habana, de estilo neoclásico y considerado uno de los seis palacios de mayor relevancia a nivel mundial, y el célebre  palacete de Catalina Lasa, ubicado en 17 y Paseo, donde el art deco se entrelaza con un estilo florentino renacentista. Eran diseños basados en una cultura humanística, un gran sentido estético, armoniosos, elegantes, bellos. Pero ¿quiénes decoran hoy sus nuevas casas con balaustradas de muñecos hieráticos que imitan de manera burdísima las cariátides del majestuoso Malecón 17? Las cariátides pertenecen a la cultura griega pre-clásica y formaron parte de nuestra arquitectura neoclásica republicana. ¿Por qué regresan ahora, incluso para coronar una esperpéntica torre de cuatro pisos levantada en el santosuareño solar de La Margarita?

¿Y esos medallones con cabezas de leones, águilas y otros símbolos “raros” que ostentan cada vez con más frecuencia las fachadas de casas particulares recién construidas o remodeladas? Son patéticas copias de los mismos medallones que todavía pueden verse en los frontones de inmuebles construidos durante el machadato, y que fueron en su época un penoso intento de aquella burguesía republicana emergente por apropiarse las marcas de linaje codificadas en los escudos de armas y otros símbolos heráldicos que ostentaban las mansiones de la aristocracia colonial.

¿Y esas paredes revestidas con distintas clases de piedras que fueron gala de la arquitectura de Miramar en los años cuarenta y cincuenta, y hoy resultan en otras partes de la capital un triste monumento a la vulgaridad y la chapucería constructiva? Estas imitaciones de modelos y códigos provenientes de las barriadas de los ricos de ayer, reaparecen ahora como banderas y marcas de estatus económico, reclamos de lustre y validación social, soberbia de una clase que despunta y que, para mal de la ciudad y su gente, acaban convirtiéndose en modas chabacanas y absurdas. Los colores chillones, que al decir de los arquitectos en ocasiones recuerdan más a la repostería que a la arquitectura, hacen que uno se pregunte qué tienen en sus cabezas esas personas que no tienen claro si quieren vivir dentro de una casa o si su sueño es habitar en el interior de un kake. Sin comentarios.

Pero no todos los delirios son autóctonos y no hay que desestimar las influencias provenientes del extranjero, de las que no siempre se toma lo mejor, y como botón de muestra va la siguiente anécdota, conmovedora en su ingenuidad: Una familia visita a su hijo muy bien instalado en Miami. Cuando regresan a La Habana quieren tener en su casa una chimenea igual a la que posee el hijo en su mansión, pero aquella es una chimenea hindú, flanqueada por dos estilizados budas de bronce a tamaño natural ataviados con tocados donde relucen incrustaciones de piedras semipreciosas; son kitsh sí, pero de excelente factura, y el cuerpo de la chimenea es de un raro mármol verde con marco de oro. La primera cuestión a resolver por los inocentes imitadores habaneros es la identidad de las figuras, que por ignorancia de ellos mismos y de los tallistas acaban convertidas en dos enormes orishas de cemento, mientras el cuerpo de la chimenea es de cerámica.  La familia muestra a todos con orgullo su “flamante” chimenea.

¿Qué ha hecho posible esa distorsión de la arquitectura habanera, con sus ruinas y bodrios que devienen expresión del deterioro conductual y estético de sus habitantes? La falta de atención y de control estatal y su temible hija Impunidad, como apunta el arquitecto Coyula en su excelente artículo, y vienen señalando desde hace tiempo especialistas en otras materias, entre los cuales abundan las llamadas de advertencia de la prensa nacional.

Cuba, como cualquier Estado de Derecho, posee un sistema de Leyes, Códigos Penal y Civil, Tribunales, Fiscalías municipales, provinciales y General de la República, Instituciones de Planificación Física y de Vivienda en los mismos tres niveles, y muchas, muchas normas y regulaciones para la arquitectura y para el comportamiento humano. Pero la población viola con alarmante frecuencia las regulaciones constructivas y las que norman la dinámica social, sin otro resultado que la impunidad más absoluta. Existen, además, instituciones de muy alto nivel como el Consejo de Estado y Atención a la Ciudadanía, a donde los ciudadanos pueden remitir sus quejas cuando no son debidamente atendidos en otras instancias. Por todo el país hay fiscales, abogados, notarios y un casi infinito catálogo de documentos oficiales para todo tipo de procedimientos. Y hay una Policía Nacional Revolucionaria encargada de reprimir el delito. En cuanto a estructura no nos falta casi nada de lo que caracteriza al sistema legal de cualquier país civilizado. Pero sobre la eficacia de esas estructuras no puede decirse lo mismo.

Nuestras leyes necesitan ser enriquecidas, perfiladas y actualizadas, pues todo es perfectible. Por ejemplo, debería ampliarse el concepto de Acoso, una figura que hasta hoy solo refiere en nuestro país al acoso sexual, cuando ya en otros países de Occidente se reconocen, además, el acoso escolar, el laboral, el moral y el vecinal como figuras de delito punible. Cinco formas de acoso de las cuales la ley cubana solo reconoce una, mientras quienes practican las otras cuatro quedan siempre impunes. Y, además, muchos psiquiatras de diferentes países, especializados en el tema del acoso, demandan que las víctimas sean consideradas como víctimas de guerra por la gravedad de sus afectaciones psicológicas y emocionales. Vale la pena recordar que la figura de Intimidación, bajo la cual hasta hoy tipifican en nuestras leyes las varias formas de acoso, no se ajusta a la naturaleza de ese delito, porque el acoso puede existir con o sin intimidación, con o sin amenaza.

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fny

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