¿Quiénes eran las monjas cubanas?

Convento-de-Belen. Foto: https://www.visitarcuba.org.

Es interesante preguntarse cuál era el destino de las hijas de la aristocracia habanera que no lograban un buen matrimonio, y de las segundonas, quienes no podían aspirar a los privilegios de los hijos varones o, si no los había en la familia, de las mayorazgas.

El destino solía ser el convento y los hábitos de monja. No se trataba de algo que estuviera legalmente establecido, no era una ley enterrar en vida a las hijas dedicándolas al servicio de Dios, pero era lo que sucedía con más frecuencia. Y no solo por decisión de los padres de la muchacha sino que, incluso, cuando estos morían dejando o no a sus hijas protegidas en sus testamentos, los hermanos podían disponer la entrada de sus hermanas en un convento a fin de no verse en la obligación de entregarles su parte de la fortuna familiar, evitando así la tan temida decisión de los bienes patrimoniales que tanto ha acongojado siempre a las clases altas. Vale decir que muchas veces los herederos varones mandaban a sus hermanas al convento para que no pudieran casarse y dar lugar a otras ramas de la familia con derecho a herencia.

Había, sin embargo, una tercera razón, que a tanta distancia histórica es difícil saber cuánto de cierto tenía y cuanto de interesada fabulación: se internaba  a las damiselas por “el peligro de perder su honra y buena reputación”. Es cierto que cuando se quiere abusar de un inocente que no puede defenderse, el fuerte puede alegar cualquier argumento que valide su conducta abusiva, pero… hay que hacer aquí un alto y recordar cierto trabajo que publicamos hace unos años sobre los matrimonios clandestinos en La Habana colonial. Al parecer, las parejas que por oposición familiar no podían casarse de modo oficial y tranquilo, lo hacían por otras vías, bien uniéndose o bien casándose a escondidas en otra parroquia o con algún fraile compadecido de sus amores o complaciente ante una buena oferta monetaria. Y estamos hablando de matrimonio, pero seguramente no todas las parejas tenían intención de mantenerse juntas para siempre, sino que muchas eran transitorias o incluso, momentáneas, por lo que la posibilidad de perder la honra puede haber sido algo más que una mera fórmula justificatoria de abusos.

De cualquier modo no parece que la vida en reclusión religiosa fuera demasiado dura para las hijas de familias pudientes. Por ejemplo, para profesar en el convento de Santa Clara, que en el siglo XVIII ocupaba las cuatro manzanas comprendidas entre las cales Habana, Sol, Cuba y Luz se exigía una dote superior a los dos mil ducados. Una vez terminado el noviciado en el convento, las nuevas monjas podían mantener a su lado una esclava de su casa, y en ocasiones hasta tres. Ocupaban una celda en solitario y aunque cada Orden tenía sus propias regulaciones con respecto a la dieta, la monja de familia rica podía hacerse alimentar por sus esclavas. No parece haber existido en  La Habana ninguna casa de las reglas más severas. Las monjas generalmente tenían autorización de la Madre Superiora para salir del convento y visitar a sus parientes u otros deudos, hacer caridad y atender enfermos. También podían recibir visitas en el claustro.

En cuanto atañe a las esclavas que debían, quisieran o no, seguir a sus amias a los penumbrosos interiores de los conventos, no tenían por única obligación servirlas como criadas de mano, además de realizar labores de limpieza, cocina y aprovisionamiento de la despensa colectiva, sino que hay noticias de que también cantaban en el coro de las iglesias y se acompañaban de algunos instrumentos musicales entre los cuales se encontraba ¡el guiro!

En cuanto al delicadísimo tema de la honra, los trabajos e arqueología realizados en el Casco Histórico de La Habana Vieja han puesto de manifiesto la existencia en conventos de numerosos enterramientos de fetos y de bebés muertos inmediatamente después del nacimiento, y no todas estas criaturas han resultado ser de raza negra, por lo que no puede achacarse su maternidad a las esclavas que acompañaban a sus amas, sino a las amas mismas. Si algunas de estas jóvenes de buena familia llegaban al convento ya embarazadas -y era este el motivo de su reclusión-, o si ya eran monjas profesas cuando abortaban o parían, es imposible dar una respuesta cierta, salvo en algunos casos en que se conoce de historias de muchachas adineradas porque se hicieron públicas de un modo u otro en su época.

Había algunas Órdenes que permitían abandonar los votos, o lo que se conoce como colgar los hábitos, mientras que en la mayoría de ellas la monja que profesaba tenía que hacer toda su vida en clausura. En los casos de las familias de mayor fortuna, no era raro que compraran el cargo de Madre Superiora para su miembro.

En casos en que moría algún familiar del clan o era necesario tomar alguna determinación importante que involucrara a toda la familia, estas monjas, que en su momento habían sido apartadas del grupo familiar, eran llamadas y su opinión se tenía entonces muy en cuenta.

Hay, entre tantas historias sobre las monjas de La Habana, una que es particularmente simpática, y trata de la tres hermanas Manso de Contreras, todas de toca y hábito, quienes oyendo rumores inminentes de ataque pirata a la capital, ni cortas no perezosas se armaron de picos y palas y emparedaron en los muros de su convento un enorme cofre repleto con las joyas y los doblones de la familia.

Es posible que ser monja en esta isla del Caribe, donde todo florece bajo los rayos de un sol juguetón que disminuye notoriamente la solemnidad de los hechos y las situaciones, haya sido mucho menos desagradable que serlo en otra parte del planeta, y no parece que las monjas habaneras hayan tenido serios motivos de queja, aunque hayan ido a parar al convento contra su voluntad.

fny

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