Helms Burton o Ley de la esclavitud: aberración jurídica
Por: María Elena Álvarez Ponce. Tienen toda la razón quienes exhortan a leer despacio y de cabo a rabo la Helms-Burton. Vista hace fe y, porque monstruosa es la infamia, mayúscula la afrenta y tanto está en juego, urge que cada patriota cubano -y cuanta gente decente hay en el mundo- conozca al dedillo esta aberración jurídica.
La verdad está ahí, y no precisamente entre líneas. Para verla no hace falta saber mucho de leyes y tecnicismos, sobre todo porque, sin importar la forma en que está redactado -la estructura, el estilo, la terminología- ni que fue legislado, votado y sancionado, no existe el menor atisbo de legalidad en ese texto.
¿Por qué? Entre todas las razones, la extraterritorialidad es la primera. Y conste que no estoy hablando únicamente del Título III. No son solo los “daños a terceros” los que le otorgan ese carácter, aunque sí lo que ha suscitado siempre mayor revuelo y el rechazo, incluso de países tradicionalmente aliados de Estados Unidos.
Hablo del tan mentado tercer capítulo y de lo demás, porque de arriba abajo, desde su rimbombante y falaz nombre -abreviado con un no menos cínico Ley Libertad– hasta el punto final, el engendro todo es extraterritorial y, por tanto, espurio y absolutamente ilegal.
Un Estado legisla para su territorio y sus nacionales, estén donde estén, pero no para el mundo entero y todas las personas. Ningún Estado está por encima de los demás ni tiene autoridad sobre otro ni puede dictarle leyes y mucho menos decidir y regular su futuro, de modo que, por más que quiera, EE.UU. no tiene potestad para legislar sobre Cuba, sencillamente porque este archipiélago no hace parte de su territorio. Es un Estado independiente y soberano.
Ley Forajida han llamado a la Helms-Burton y bien está. Quien se coloca y actúa fuera de la Ley lo es, y si viviéramos en un mundo al derecho y, sobre todo, de Derecho, mucho más se habría hecho en estos 23 años y se estaría haciendo ahora mismo, para darle entre todos su merecido, lo que por justicia y por Ley corresponde, que es lograr su total derogación.
Esto no es una disputa entre vecinos mal llevados, un conflicto de dos que afecta a otros y acaba por involucrar al barrio. Cada una de las casi 50 páginas de ese estatuto (i)legal; cada línea, frase,
palabra, contradice el espíritu y la letra de la Carta de las Naciones Unidas y constituye una flagrante violación de las normas, valores y principios del Derecho Internacional.
Dejar hacer, dejar pasar, rara vez ha sido una buena táctica. No poner coto a la arbitrariedad, los delirios mesiánicos, la soberbia y los desmanes, nos hace a todos vulnerables. Sucedió así con la
Alemania nazi y está pasando desde hace rato con la nueva Roma.
Tal como lo veo, en 1996 el mundo dejó ir la ocasión de agarrar el toro por los cuernos y no soltarlo. Incluso la Unión Europea, que ante la Organización Mundial de Comercio presentó en bloque una denuncia en toda regla, se quedó a medias al aceptar como buena la palabra de
Estados Unidos, que para escurrir el bulto, se comprometió a dejar en suspenso la aplicación del Título III.
Cada prórroga firmada desde entonces semestre tras semestre, primero por Clinton y luego W. Bush, Obama y hasta Trump, fue un comercial a la Helms-Burton, un recordatorio de que ahí está, vivita, coleando y con sus cuatro patas -digo, títulos-, y un claro aviso de que Washington podía acabar el juego cuando quisiera.
El día llegó, la espada de Damocles finalmente cayó, los hechos demostraron que, tal como sostuvo entonces nuestro Fidel, aquella cláusula de suspensión no era sino una soberana tomadura de pelo.
A estas alturas y con lo que ha “llovido”, deben quedar pocos en la aldea global que no sepan que honor, decencia, ética, respeto, son arcaísmos para el Imperio. De acuerdos más grosos ha sabido salirse o se ha ido dando un portazo, cuando no convienen a sus intereses, más aun desde que a la Casa Blanca se mudó un patán.
El mundo no es el mismo de hace 23 años y quisiera creer que la lección fue aprendida, que la moraleja se entendió y la “movida” de Trump y su camarilla este dos de mayo terminará convirtiéndose en una segunda oportunidad para -esta vez sí- hacer bien las cosas. Por algo
hay que empezar. En algún momento la comunidad de naciones tendrá que pararse firme y ponerle bridas a la bestia.
En espera de ese tiempo mejor y para apurar su llegada, toca a Cuba perseverar en la denuncia y la demanda. A fuerza de verdad y razones hay que combatir la tiranía mediática y echar abajo el muro de mentiras, manipulación, tergiversación, ocultamiento y silencio, para enterar al mundo, desnudar ante sus ojos este esperpento de ley y que las personas honestas y amantes de la libertad y la justicia conozcan su contenido, vericuetos y propósitos.
Por acá también hay que hablar mucho más, poner sobre la mesa información, argumentos; explicarle a la gente, razonar. ¿Cuántos cubanos no habían nacido en 1996 o eran entonces muy jóvenes para entender? ¿Cuántos solo conocen de esta Ley por el “¡Abajo la Helms-Burton!”, gritado a coro en concentraciones y marchas?
Cada compatriota ha de saber. Ignorancia y confusión no pueden tener cabida entre nosotros. Este no es, como algunos piensan, un muerto resucitado, agua pasada que de repente nos echan encima.
Tampoco -como dicen otros, con poco olfato o mala intención- es un asunto de los políticos, gobiernos, hombres de negocios, las leyes y los tribunales, importante, sí, para quienes tienen algo que reclamar o que les reclamen, pero que no nos va ni nos viene a los de a pie.
Mal piensan y dicen. ¿Cuánto tiempo llevamos sufriendo -así, en presente y todos- el bloqueo? ¿Y cuántas más vueltas sigue dando el Imperio al vil garrote? Pues bien, además de ampliarlo, reforzarlo e internacionalizarlo, la sin pudor nombrada Ley para la Libertad y la Solidaridad Democrática Cubanas de 1996 pretende perpetuarlo.
Es que el Título I codifica el bloqueo, convierte en ley las normas, disposiciones y demás medidas que le dan cuerpo. Ponerle fin al genocidio puede tardar una eternidad. Gracias a la Helms-Burton, ya no es facultad del Ejecutivo. Está en manos del Congreso, requiere la aprobación de ambas cámaras y, sobre todo, para que el legislativo autorice al Presidente a emprender pasos, siquiera para suspender el bloqueo, tendría que haber en Cuba un “gobierno de transición”, y eso bien sabemos que significa no más Revolución.
Y qué decir del Título III. ¿De verdad puede alguien creer que no le da ni le quita? ¡Claro que nos quita a todos lo que fue pensado y comienza a aplicarse para estrechar aún más el cerco, asfixiarnos económicamente, ahuyentar a los inversionistas foráneos y castigar a los que no entienden que Cuba es -tiene que ser- de EE.UU. y lo que es suyo no se toca!
Por supuesto que ahora mismo cuanto hay en nuestra tierra está fuera de su alcance, pero, no nos llamemos a engaño en esto de las demandas y las indemnizaciones. En las cortes estadounidenses se está sirviendo apenas un tentempié en espera del banquete -o lo que es igual, del despojo total-, si un día ven cumplido su sueño de que la Revolución se venga abajo.
Hay que estudiar la Helms-Burton. Habría hasta que enseñarla en la escuela, y no por manuales, sino texto en mano, en especial el Título II. Bueno sería para la formación de las nuevas generaciones y mucho bien nos hará a todos examinar a conciencia esta hoja de ruta de la recolonización de Cuba, tan minuciosamente trazada.
Todo está a la vista: los más siniestros designios, los medios más ruines, los métodos más diabólicos. ¿Para qué una hoja de parra? Nada de bajar el tono y dorar la píldora. Así de arrogante es el vecino del Norte. Y no hemos de tomar a la ligera ni como alarde, desvarío o torpeza esos planes tan desvergonzadamente revelados.
El segundo y más infame título de la Helms-Burton es como un deja vu, solo que en este caso, lo “ya visto” ocurrió, fue vivido por los cubanos, es parte de nuestra historia. A ese pasado pretenden
regresarnos, como de vuelta al infierno, y todo indica que, si llegara a filmarse, el remake sería todavía más nefasto, porque a esta Ley de la Esclavitud, la Enmienda Platt no le llega ni a los talones.
Vendrán con todo y por todos, al menor chance, pero eso es lo que jamás daremos al Imperio, ni tantito así, ¡nada!
Fuente: ACN
imop/
