La única e inigualable calle de madera de Cuba
Hay un lugar en el Casco Histórico de La Habana Vieja que es emblemático para escritores y artistas de la capital: la célebre Calle de Madera, ubicada a un costado de la Plaza de Armas y frente al Palacio de los Capitanes Generales. Desde hace décadas los sábados en la mañana se realizan allí presentaciones de libros y retretas de la Banda Municipal. Esto último es una tradición que heredamos de los tiempos coloniales, pues esa plaza fue escenario de paseos de los habaneros, tanto en coche como a pie, de bailes y retretas a las que acudía población de todos los estratos sociales.
Durante toda la semana en esta calle única de nuestra capital se asientan los libreros de viejo, y es el equivalente de la Calle de los Libreros cercana al Paseo de El Prado, en Madrid. También ha sido escenario y parada itinerante de grupos danzarios y de la famosa tropa de los Zancudos, quienes la invaden de vez en cuando con su fanfarria estridente y su cohorte de admiradores entusiastas.
La Calle de Madera nació a principios del siglo XIX y no existe otra igual en toda la Isla. En realidad, no se llama Calle de Madera, como la han bautizado los habaneros, sino calle Tacón, en honor al tristemente célebre Miguel Tacón, Capitán General de la Isla, de penosa memoria para los cubanos, a quienes no amaba y oprimió cuanto pudo mientras desempeñó su puesto, aunque también hizo obras que hay que evaluar como positivas, dicho sea, porque es verdad.
Las calles de La Habana colonial siempre estuvieron pavimentadas con chinas pelonas, una piedra redonda y lisa que bajo la lluvia tropical se convertía en un trampolín de la muerte donde resbalaban peatones, coches y caballos, y muchos iban a dar con sus fundos en el barro. Las damas, con sus chapines, tenían que tomar tremendas precauciones para mantener el equilibrio, y ni el más lujoso vestido se salvaba de convertirse en un trapo ajado y cubierto de manchas, los encajes de los ruedos se arruinaban, en fin, que caminar o desplazarse por la ciudad era una auténtica tragedia, sin contar que el lodo incrustado entre las famosas chinas se convertía en fecundo criadero de gérmenes y de insectos tan pesados como las moscas y los mosquitos, por lo que aquellas piedras eran cómplices de las enfermedades endémicas y epidemias que azotaron la urbe durante siglos. Y estaba, además, el constante rechinar de las ruedas de los carruajes y los cascos de los caballos sobre la lisa superficie de las piedras mojadas o recalentadas por el sol. No hay duda de que las chinas pelonas eran odiadas por los habaneros, como da fe el siguiente documento emitido en 1821 por el Ayuntamiento de la ciudad: “… las chinas pelonas desacreditan la cultura de esta hermosa capital, la hacen estrepitosa e insufrible el uso del inmenso número de carruajes, nadie goza del sosiego en las calles y casas, y forma una atmósfera ardiente e insalubre”.
El ingeniero Evaristo Carrillo concibió la sabia idea de sustituir las aborrecidas chinas por adoquines de jiquí negro, una madera más dura que el hierro y más resistente que muchos otros materiales a la humedad y la mordedura del salitre marino. Logró construir el primer tramo, y aunque demostró que su proyecto era brillante y sumamente eficaz, cinco meses después de este primer paso el Ayuntamiento le retiró su apoyo por considerar que el enmaderamiento era demasiado costoso y con toda seguridad duraría menos que las piedras. Y así abortó al nacer una de las mejores iniciativas que tuvo La Habana colonial.
Con la llegada de la modernidad las chinas, y con ellas los adoquines de jiquí, desaparecieron bajo las capas de asfalto de las nuevas y pujantes calles citadinas donde florecían los comercios más variados y ricos. Cuenta la leyenda urbana, y no sabemos si es cierto, que la Calle de Madera estuvo casi a punto de desaparecer en las primeras décadas posteriores a 1959, pero fue salvada por un hombre, entonces muy joven y de poca estatura, que se tendió con los brazos en cruz bajo las ruedas de las bulldozers. El imaginario popular ha conservado su nombre: Eusebio Leal Spengler, discípulo y heredero del historiador Emilio Roig de Leuschenring, y él mismo Historiador de la Ciudad de La Habana.
Como dice el refrán italiano, si non e vero, e bien trovato, si no es verdad está bien contado. Yo era entonces todavía muy joven y no estaba tan involucrada en la historia de mi ciudad como ahora, así que no puedo dar fe de lo que estoy contando, pero me parece perfectamente verosímil. Cualquiera que conozca solo un poco a Leal Spengler sabe que es capaz de eso y mucho más.
Hoy la Calle de Madera continúa en su puesto, para felicidad de quienes amamos nuestro pasado, como un testigo mudo, una presencia imborrable de aquella Habana colonial tan majestuosa, colorida, espléndida y llena de vida, una de las capitales más descritas y comentadas de América Latina en todos los tiempos. Demos gracia por ello, y que esos 100 metros de historia continúen ahí para siempre, custodiando el ayer de la ciudad.
fny
