Buenos consejos para malos críticos literarios

Buenos consejos para malos críticos literarios. Foto: https://articulo.mercadolibre.com.ar.

En varias ocasiones he encontrado en textos cubanos de crítica literaria -o que pretenden serlo- valoraciones despectivas sobre algunas novelas, relatos y poemas a los que se tilda de incomprensibles o incoherentes “por exceso de referencias culturales”.

Curiosamente, muchas menos veces he dado con críticas a ensayos y artículos especializados por abuso de un metalenguaje con pretensiones científicas y un interminable catálogo de tecnicismos que, según afirman sus defensores, pertenecen a la teoría literaria, pero en realidad, la mayor parte corresponde a la retórica griega clásica.

Entre esos pocos textos “agraciados” con el sambenito del “exceso de referencias culturales” -qué interesante: cuando se trata de Carpentier o de Lezama se habla de estilo barroco- se encuentran la noveleta Onoloria, de Miguel Collazo, autor cubano ya fallecido, Cibersade, del también escritor cubano Alberto Garrandés, y mi novela Malevolgia. Hasta donde sé Collazo, mientras vivió, nunca dijo una sola palabra pública sobre todas las buenas y malas palabras que se escribieron sobre Onoloria, y después de su muerte, como es obvio, los ataques y defensas quedaron a cargo de sus fans y detractores. En cuanto a Garrandés, nunca ha mostrado interés en responder o refutar a quienes atacan su trabajo. Pero es el caso que además de ser Malevolgia un libro mío, fui desde mi primera lectura de Onoloria una defensora apasionada de ese texto que considero una joya de la literatura cubana. Y admiro mucho la literatura de Garrandés, al menos hasta su novela Fake, el resto no lo conozco bien. Son, pues, creaciones que me motivan a reflexionar sobre el trabajo de los críticos literarios profesionales y de otro tipo, y con modestia ofrecer un par de consejos a quienes los necesiten, e incluso a quienes no sepan que los necesitan.

En primer lugar, siempre que una persona que está escribiendo crítica literaria -sea un profesional o un aficionado, o un improvisado, que hay muchísimos- afirma que cierto texto padece un exceso de referencias culturales, lo primero que yo hago, con independencia de la nacionalidad del crítico y su víctima, es investigar si el criticado pertenece a esa minoría segregada presente en la literatura de todos los países a la cual, por falta de una definición mejor (y por influencia de Darío), se ha dado en llamar raros, porque los escritores raros ciertamente suelen posicionarse entre los detentadores de las culturas más vastas. Sospecho que esa visión panorámica en extensión y profundidad es, precisamente, la que los convierte en seres diferentes dentro del mundo letrado.

Mi segundo paso consiste en examinar cuidadosamente la formación cultural del crítico en cuestión. En Cuba, la mayoría de los críticos literarios suelen tener una preparación teórica sólida y hasta impresionante, pero lamentablemente la vida es breve y les ha faltado tiempo para hacerse con una cultura igual de sólida e impresionante que su arsenal teórico. Y, además, se puede acceder a las mejores bibliotecas del mundo, las mejores universidades, los mejores profesores, los más ilustres archivos, pero… otra cosa muy diferente es el partido que este alumno brillante sea capaz de sacarle a semejante aprendizaje, porque la capacidad intelectual está dictada por factores biológicos y genéticos que sobrepasan la voluntad individual. Dicho de un modo más simple: se puede ser el mejor estudiante de una facultad, Diploma de Oro de una universidad prestigiosa, estar literalmente cubierto de premios, ser conferencista internacional, etc. y a la hora en que el individuo se queda a solas con sus neuronas, no poder hacer mucho con las que Natura le dio. En justicia, si un intelectual de las letras no está muy dotado en su inteligencia, mentalidad, sensibilidad, capacidad de observación, capacidad para relacionar y discriminar, etc., no debería llegar muy lejos, pero en la cotidianeidad suele ocurrir lo contrario. No hay que creer demasiado en la justicia poética ni esperar que ella ponga siempre las cosas en su verdadero lugar.

Antes de continuar debo confesar que siempre me he preguntado qué habría sido de Lezama, Carpentier y Eliseo Diego (y otros integrantes del grupo Orígenes) si en vez de haber llegado a 1959 con nombres ya sólidamente establecidos en la literatura nacional y coronados de laureles, hubieran tenido que salir a la arena del circo bajo la mirada adusta y soberbia de nuestros actuales críticos literarios. Dulce María no habría sido tan menoscabada en ese sentido porque, aunque era cultísima, a la hora de escribir le interesaba más explorar su mundo interior y sus recuerdos que bracear en las aguas procelosas de la cultura universal. Su Carta de amor a Tutankamón fue, me parece, una excepción en tal sentido dentro de su obra. Una bellísima excepción. Aún así, yo podría reflexionar un poco sobre las exégesis de su novela Jardín, hechas por la crítica nacional, pero eso es tema para otro día. Para esgrimir un ejemplo de cómo medir el potencial intelectual de un crítico no pienso en Lezama, Señor Oscuro por excelencia, ni en Carpentier, que no es tan incomprensible como tanta gente suele creer, pero sí en Eliseo, un poeta que aun habiendo escrito gran parte de su obra dentro de la más pura tradición del clasicismo castellano, solo cuenta hasta hoy entre nosotros con un estudio realmente serio, documentado, reflexivo, cultísimo, analítico e inspirado de su obra poética, ese libro tocado por la gracia que es Eliseo Diego: el juego de diez. Salvo por esta proeza, el universo de las referencias culturales de Eliseo Diego continúa estando fuera del alcance de nuestra crítica literaria, por muy académica que esta sea.

Ejemplos más cercanos a mí en el tiempo son Miguel Collazo, culpable por haber escrito Onoloria, y Garrandés, culpable por casi toda la ficción que ha escrito. ¿Por qué, pero por qué a pesar de ser Onoloria un texto de incuestionable majestuosidad y belleza en el ritmo de su prosa, en sus metáforas, sus atmósferas, su ekphrasis y hasta en sus signos de puntuación, ha sido catalogado, también por alguien con un nombre visible dentro de las letras cubanas, como “un buen escritor de segunda fila”? Conste que la cita es textual, y aunque estoy citando de memoria la recuerdo perfectamente por el escándalo y la indignación que provocó en mí esa frase. Y todavía sigo indignada.

Yo me sentí en la obligación perentoria de escribir un breve ensayo sobre Cibersade y una monografía de hermenéutica simbólica sobre Isabeau –dos obras de Garrandés- porque estaba casi segura, por no decir totalmente segura de que salvo para un pequeño cenáculo culturoso, entre quienes se encontraba el lúcido e irrepetible Rufo Caballero, el enigma encerrado en los laberintos vertiginosos de Cibersade y la enorme, infinita belleza de Isabeau pasarían inadvertidos, ignorados o peor, vilipendiados por la ceguera de los críticos. ¡Cuánto pierden, por solo citar un ejemplo, aquellos lectores -y críticos- de Cibersade que no alcancen a comprender que su estructura conceptual está concebida como un -y pertenece al arquetipo de- Ouroboros! Qué pifia…

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fny

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