El fracaso de la expedición de Fernandina

El fracaso de la expedición de Fernandina. Foto: Cubasí.

El fracaso de la expedición de Fernandina es uno de los episodios más tristes y, a la vez, más vergonzosos de la historia de Cuba, y es también uno de los hechos que puso de manifiesto con una luz más clara el temple extraordinario de José Martí y sus dotes como estratega y organizador. Sin embargo, nuestros planes de enseñanza mencionan ese episodio de manera muy superficial, por lo que es bastante desconocido para la mayoría de la población.

El 8 de diciembre de 1894 fue firmado en Filadelfia por José Martí, Delegado del Partido Revolucionario Cubano, y otras importantes figuras políticas cubanas, un plan de alzamiento que fijaba para finales de ese mismo mes el estallido de una insurrección que abarcaría toda la Isla. Era un proyecto complejo, pues una parte consistía en conducir tres expediciones por mar desde el pequeño puerto de Fernandina, situado en la isla Amelia, al norte de La Florida, hasta diferentes puntos estratégicos de las costas cubanas. Tres naves, el Amadis, el Lagonda y el Baracoa, zarparían con el mayor sigilo trasladando a la Isla material de guerra y mil efectivos, todo financiado con los fondos aportados por los tabaqueros de Tampa, Cayo Hueso y otras ciudades de la Florida. La otra parte del plan estaría a cargo de los jefes militares que operaban en Cuba, quienes debían contactar con los expedicionarios a su llegada. Este alzamiento sincronizado, cuya trama solo conocía por entero Martí, dado que la había armado él mismo, tomaría a los españoles por sorpresa y les dejaría muy poco margen para reaccionar ante una embestida mambisa de tal envergadura. Martí pasó largos meses planeando la operación, que mantuvo en secreto absoluto para asegurar su éxito. ¿Por qué, entonces, fracasó una acción tan minuciosamente concebida y organizada?

Después de releer ciertas páginas del historiador Rolando Rodríguez y del investigador Oscar Ferrer Carbonell, biznieto y biógrafo de Néstor Leonelo Carbonell, uno de los más cercanos y fieles colaboradores de Martí en Tampa, así como también artículos de diferentes autores cubanos, hay que llegar a la conclusión de que no hubo una sola causa para tan grande y gravísimo descalabro. Siempre se habla de un delator, pero en realidad fueron dos, y, además, intervinieron factores humanos que tuvieron gran peso en el desastre, algunos atribuibles al propio Martí.

El traidor más conocido y mencionado por los historiadores es Fernando López de Queralta, ingeniero nacido en Santiago de Cuba, quien alcanzó el grado de coronel en la Guerra de los Diez Años, durante la cual cumplió varias misiones como organizador de expediciones a la Isla, que, sin embargo, no siempre desarrolló a cabalidad, pues Antonio Maceo dudaba de él por lo mal que había conducido en 1886 ciertas compras de armas para los insurrectos de Oriente.

Martí se encontró con Queralta en Nueva York, pero se sabe que su relación databa de antes, pues Martí le había dedicado a aquel hombre un ejemplar de sus Versos sencillos. Queralta se le presentó a Martí como enviado del patriota y jefe militar cubano Serafín Sánchez, y era cierto. Serafín Sánchez gozaba de toda la confianza de Martí, quien le tenía en muy alta estima, lo cual sirvió de acreditación a Queralta. Hasta qué punto Martí le reveló a este hombre los detalles del plan de Fernandina es algo que probablemente no sabremos jamás, aunque es de suponer que no se lo dijo todo. Pero tomando en cuenta su pasada experiencia en la organización y conducción de expediciones a Cuba, Martí le confió esa parte del plan y le ofreció conducir una de las naves expedicionarias, a lo que Queralta se negó, dicen que, en un momento de cobardía, alegando que no quería volver a Cuba, pero aseguró tener buenas relaciones con un capitán de barco que merecía su confianza y podía ayudar en el asunto de los fletes. Dijo también que al tal capitán se le podía comentar el objetivo del Plan, lo que ya no parece haber gustado demasiado a Martí, pero ante la insistencia de Queralta y las muchas garantías que ofreció al Apóstol, este cedió y lo acompañó a la oficina de corredores de buques, acto que solo puedo explicarme si pienso que Martí, a esas alturas ya sin tenerlas todas consigo respecto de tal procedimiento, quiso supervisarlo por sí mismo, lo que fue un error, pues como parte del camuflaje del Plan de Fernandina el Apóstol tenía decidido firmar los documentos de contratación de las naves con una identidad falsa, la de Mr. D.E. Mantell, propietario de minas y exportaciones agrícolas, mientras las armas pasaban por maquinaria para unas minas de manganeso en Cuba, falsificación necesaria, porque su actividad política era bien conocida del Gobierno de los Estados Unidos y estaba siendo vigilado por detectives de la agencia Pinkerton, y por una legión de espías al servicio de España.

Martí lo sabía y de ahí su enorme cautela, que se justifica si sabemos que la agencia privada Pinkerton, fundada en Chicago en 1850 por el escocés Alan Pinkerton, fue la más antigua agencia de detectives del mundo, tal vez solo emulada por la red de espionaje que estructuró y desplegó por toda Europa monsieur Fouché, Ministro del Interior de Napoleón Bonaparte. Pinkerton, quien se inició en el mundo del espionaje como Jefe de Contraespionaje del Ejército de la Unión, había desarrollado varias técnicas de investigación innovadoras que aún se emplean en la actualidad, como el seguimiento o rastreo de sospechosos y la suplantación o creación de personajes para misiones de infiltración; creó, además, una base de datos para identificación de criminales, tan abarcadora y eficaz que hoy es administrada por el FBI. Martí tenía tras sus huellas a los peores sabuesos del planeta, con un brazo tan largo que abarcaba los cinco continentes (Pinkerton llegó a tener más agentes que soldados el Ejército de los Estados Unidos). Hacer acto de presencia en la oficina de flete de barcos fue un error craso, en mi humilde opinión.

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fny

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