La discusión bizantina o el final del callejón sin salida
Casi todos los seres humanos, en una o en múltiples ocasiones, hemos tomado parte en debates absurdos que no conducen a nada. En muchos casos nos ha tocado, al menos, el papel de testigos. Esa vía tortuosa e improductiva se identifica como “discusión bizantina”, nombre otrora dado en sentido irónico al afán desmedido que mostraron los ciudadanos de Bizancio (griegos por genética aficionados a las especulaciones, mientras más largas, mejor) por las disquisiciones y controversias en materia teológica.
La expresión “discusión o argumento bizantino” identifica a una porfía inútil, en la cual cada contendiente verbal no logra nunca mostrar a su adversario la veracidad de sus aseveraciones. Se estima que equivale al enunciado “discutir el sexo de los ángeles”, tema sobre el cual rivalizaban aún con afán los bizantinos cuando los otomanos cercaron Constantinopla en el siglo XV. Los bizantinos también dedicaron un tiempo infinito a especular sobre cuántos ángeles cabían en la cabeza de un alfiler. Debo aclarar que no se referían a los alfileres que conocemos hoy, sino a las fíbulas o grandes agujas de metales preciosos y cabeza labrada con formas de animales o motivos de fantasía con que se sujetaban los mantos usados en la época, y que eran tan grandes que fácilmente se podía apuñalar a alguien con ellas. De tal debate debía inferirse no solo el tamaño, sino también el peso de los ángeles que decidieran posarse en la cabeza de la fíbula.
Otro tema que les apasionaba a los griegos de Bizancio y les lanzaba a interminables y lo mismo doctas que populacheras discusiones sin fin, era el sexo de los ángeles, en caso de que tuvieran alguno, porque los teólogos cristianos sostenían que los ángeles carecían de genitales y no eran ni varones ni hembras, asunto que imagino debió preocupar muchísimo a los monjes de entonces. Pero el tema cumbre de las discusiones bizantinas, para dilucidar el cual se hicieron hasta Concilios y debates ilustrísimos en los que llegaron a participar los mismos emperadores, era la cantidad de Personas que moraban en Dios: Una o Tres, y si era lícito adorarlas en imágenes o no. Por esto llegaron a matar los bizantinos, corrió la sangre en ríos y fueron asesinados emperadores, obispos, princesas y grandes generales.
Los ciudadanos de Bizancio se convirtieron en una suerte de teólogos aficionados, y cualquier tertulia podía convertirse en un enconado debate sobre variados temas de la fe. Por ello, el emperador Constante II, preocupado por la influencia negativa de esos pleitos inútiles, emitió un edicto que ilegalizó contender por tales asuntos. Los sancionados podían ser destituidos o excomulgados, o condenados a castigo corporal o destierro. De más está decir que el pobre Constante lo único que logró fue convertirse en el hazmerreír del populacho, que continuó paralizando los mercados cada vez que alguien tenía la ocurrencia de sacar a relucir un tema polémico. Largo y tortuoso fue el camino de las estériles discusiones bizantinas.
Bizancio, cuya capital fue Constantinopla, hoy Estambul, era la parte oriental del imperio romano y duró más de mil años. Cayó bajo el dominio de los turcos en el siglo XV, y el cristianismo fue poco a poco reemplazado por el Islam. No sé si los discutidores compulsivos tuvieron el coraje necesario para enfrentar las cimitarras de los mamelucos de los sultanes turcos. Pero la compulsión de discutir solo por soltar adrenalina y sin que a nadie le importe que prevalezca la razón, es algo que parece formar parte de la condición humana, por lo que hasta hoy es ejercicio que siguen practicando hasta los aborígenes australianos.
Ahora los temas son otros: ¿Caerán los Estados Unidos de su trono de primera potencia mundial ante el empuje económico de China? ¿Quiénes forman parte del club Bildelberg? ¿Quién es el mejor futbolista del mundo? ¿A qué país es conveniente ir de vacaciones sin correr peligro de que explote un coche-bomba? ¿Existe o no el cambio climático? ¿Quiénes serán los primeros en desaparecer cuando aumente el nivel de los océanos? ¿Julian Assange es culpable o inocente? ¿Cuál es la dieta más sana del mundo? ¿Qué sistema político es mejor para salvar la Humanidad? Si usted tiene respuesta para alguna de estas interrogantes, entonces, por favor, regrese a su planeta de origen en alguna constelación de otra galaxia, porque terrícola…, terrícola usted no es más nunca.
fny
