Chivo expiatorio: ¡que no fui yo, caramba!

Chivo expiatorio: ¡que no fui yo, caramba!. Foto: ecuavisa.com.

Hablemos del socorrido chivo expiatorio. De tan manida expresión se hace uso frecuente, sin hablar de sus orígenes. Pero vayamos de la actualidad al pasado. La página web tripledobleve punto no-funciona.es, de España, narra de modo desenfadado que la modernidad ha originado en ese país un puesto laboral curioso: el chivo expiatorio. Agrega que algunas empresas cuentan con esa plaza sui géneris, aunque no resulte fácil mostrar que el contenido de trabajo del contratado sea ese. La misión de tal sujeto es cargar con la culpa de su empleador cuando un cliente o proveedor presenta una reclamación contra aquel por un trabajo deficiente. Este chivo expiatorio a sueldo debe llamar al inconforme, identificarse, disculparse y rogar humildemente que el afectado abandone su reclamación, pues de lo contrario perdería su empleo.

El diccionario nos dice que chivo expiatorio es el “macho cabrío que el sumo sacerdote sacrificaba por los pecados de los israelitas”. El chivo es el macho joven de la cabra, mientras que expiar es la acción de purificarse de las culpas por medio de algún sacrificio. La locución chivo expiatorio la utilizamos para referirnos a quien paga las faltas de otros. El origen de la expresión proviene del Antiguo Testamento. En el Levítico, uno de los libros del Pentateuco, se dice que los judíos elegían dos chivos, uno como ofrenda a Yaveh, sacrificado por el sacerdote durante el rito, y otro al cual se atribuían todas las culpas del pueblo hebreo y era entregado al demonio Azazel. Aquel pobre animal, conocido como chivo expiatorio, era dejado en el desierto, donde, tras ser insultado y apedreado, moría de hambre y sed. Los pintores prerrafaelitas inmortalizaron en un lienzo impresionante el suplicio de este infeliz animal.

En psicología el término chivo expiatorio se aplica a quien en un grupo familiar, laboral o social es convertido en depositario de los hechos negativos, o sea, es la víctima inocente a quien se culpa de la acción de otros. La búsqueda del chivo expiatorio perdura con el paso de los siglos, desde que aquellos hebreos, hace más de dos milenios, decidieran echar sobre el inocente mamífero las culpas de ellos mismos. Es muy probable que todos tengamos nuestro propio chivo expiatorio, o lo hayamos sido para alguien, pagándose culpas aunque no las haya. Con el chivo expiatorio muchos cubren sus errores, sus incompetencias y deficiencias, librando así a su ego, no apto para admitir las faltas cometidas. Lo mejor sería que cada uno de nosotros cargáramos con nuestras propias culpas y respondiéramos por ellas, pero ¿no dice la Biblia que Dios nos hizo de barro? El barro es sucio y apesta. No somos perfectos, pero eso no es lo peor del género humano, sino que no queremos dejar de serlo. Parece que la imperfección es más cómoda o más chic. Quién sabe.

fny

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