Breve historia de los Gobelinos franceses

charles_le_brun_-_louis_xiv_visiting_the_gobelins_factory Foto: http://mddimartino.blogspot.com.

Cuando era niña, recuerdo haber visto en algunas casas coloniales y en mansiones construidas durante la primera etapa de la República unos tapices, casi todos enormes, que cubrían paredes estratégicas desde las cuales podían ser vistos por los visitantes. Eran ásperos o suaves al tacto, algunos tenían bordes con largos flecos y una paleta que oscilaba entre todas las gamas de tierra y otros colores que, tal vez por el paso del tiempo y el polvo, ya no brillaban y habían girado hacia el neutro. Ahora no puedo recordar ni una sola imagen, pero sí, con nitidez, los tonos rosa, que me atraían de un modo hipnótico. Probablemente no todos aquellos tapices fueran Gobelinos, sino imitaciones españolas de los célebres Gobelinos franceses, ya no puedo saberlo, pero en La Habana había Gobelinos legítimos y estoy segura de que algunos de los que vi, lo eran.

Tener un gobelino auténtico significa poseer un objeto de gran valor artístico. No debe confundirse con otras clases de tapices y alfombras, aunque sean muy valiosos, como es el caso de las alfombras persas. Si el Gobelino es una pieza auténtica, tiene que haber sido hecho en la Manufacture Royale des Gobelins de París (debe ostentar en alguno de sus extremos o en el dorso una P o una flor de lis), una industria con una azarosa historia a través del tiempo desde que fue fundada a mediados del siglo XV por Jehan Gobelins, un maestro teñidor de lana que se hizo famoso en la capital gala por los bellos matices escarlata que conseguía con sus tinturas. Su taller estaba junto al río Bievre, en París. En 1602 el rey Enrique IV, el mismo que había sido jefe de los protestantes franceses y se convirtió al catolicismo para obtener la corona con la célebre frase “París bien vale una misa”, alquiló en ese barrio unos edificios donde instaló a sus tapiceros flamencos, artesanos de gran fama, y en 1662 Luis XIV, el Rey Sol, mandó agrupar en uno solo todos los talleres reales y fundó la Manufactura Real de tapiceros y muebleros de la Corona, que pronto fue conocida como la Manufactura Real de Gobelinos.

El establecimiento conoció varios cierres y hasta saqueos y destrucciones, que en el primer caso dependían de los altibajos de la fortuna real, y en el segundo de los vaivenes de la política. Los procesos revolucionarios que hicieron de la monarquía una república se sucedían con cierta frecuencia en París, y causaron casi siempre daños de envergadura a los talleres, incluso en 1871 la Comuna llegó a incendiarlos, pero siempre fueron restaurados. Hoy la fábrica funciona como institución estatal, y se compone de un conjunto de cuatro edificios irregulares que datan del siglo XVII, además de la construcción en la avenida des Gobelins, reconstruida en 1912 en estilo Napoleón III después del incendio de 1871.

En el arte de los Gobelinos estuvieron involucrados maestros de renombre como el pintor real Charles Le Brun, Antoine Caron, Ambroise Dubois Toussaint Dubreuil y Martin Freminet, el gran Simón Vouet y sus discípulos Eustache Le Sueur, Charles Le Brun y Charles Poerson, quienes tras la muerte de su mentor continuaron trabajando a las órdenes de Nicolas Poussin. Por lo general los Gobelinos se producían en series temáticas: Fontainebleau, Embajador de Polonia, Viajes, Salida del embajador turco de los jardines de las Tullerías, La historia de Constantino, Las Musas, La historia de Alejandro, La vida de Moisés, escenas de la India, Turquía y China, y una serie sobre Don Quijote, por solo citar algunos ejemplos. Los expertos consideran la serie Artemisa, nombre de la diosa griega de la caza y hermana de Apolo, el más bello tapiz tejido en Francia en la primera mitad del siglo XVII, la realización más perfecta de uno de los artistas más importantes del Renacimiento francés, el pintor Antoine Caron, elaborado con el tejido más rico que existe. Consta de quince paneles y fue encargado en 1607 por el rey Enrique IV para su esposa María de Medicis.

Varias generaciones de pintores y dibujantes trabajaron por siglos en la industria del gobelino parisiense, que produjo obras en al menos seis estilos, como fueron el manierismo, con sus figuras de cuerpos alargados y rostros finos y delgados; el barroco, con imágenes de mayor plasticidad y expresividad y menos riqueza arquitectónica; el estilo regencia, que puso de moda las escenas de ambientes exóticos y durante el cual la moda de las paredes recubiertas de paneles de madera fue en detrimento de la preponderancia de la tapicería en general, y por supuesto, del gobelino; el rococó, que al poner de moda las paredes forradas de espejos redujo los Gobelinos a meros medallones con retratos, y el neoclasicismo, etapa en la que los Gobelinos tuvieron un pequeño renacimiento. La siempre oscilante vida de estos tapices tuvo períodos en que las series temáticas casi cesaron de existir para dejar un exiguo lugar en las paredes a los retratos, pero siempre resurgían, cada vez más hermosos, gracias, en parte, a la retroalimentación que permeó a sus creadores en la convivencia con otras manifestaciones de la industria del ornamento, pues ya en 1662 los talleres de Gobelinos fueron incorporados a la Corona, creándose la Manufactura Real de Muebles de la Corona, donde además de tapices se elaboraron muebles y todo tipo de objetos de artes decorativas, incluyendo las estatuas de bronce que adornaban los jardines de Versalles. A estos talleres mixtos se incorporaron doscientos cincuenta artesanos, entre ebanistas, pintores, broncistas, orfebres, plateros, lapidarios y artesanos de otros oficios, y se creó, además, una escuela de artes decorativas. De esta época se conservan, además de tapices y muebles, algunos jarrones, paneles de pietre dure y alfombras. Luego vendrían intervalos de esplendor y decadencia ligados siempre a la economía de los reyes o a las oscilaciones políticas, aunque también a la entronización de modas nuevas en el decorado de interiores que dejaban poca relevancia a los tapices.

El oscuro teniente de artillería Napoleón Bonaparte, con su ego desmesurado y su siempre creciente necesidad de acreditar su conversión en emperador de los franceses, prefería una decoración de sus palacios con gran boato y pompa. Bajo su reinado la industria del Gobelino cobró nueva fuerza y el emperador supo aprovecharla para el culto de su persona. En los talleres surgieron nuevas series de hermosos tapices que contaban hazañas del advenedizo corso: Peste en Jaffa, Bonaparte cruzando el San Bernardo, La visita del Papa a Napoleón y, desde luego, retratos del emperador y su familia.

Los Gobelinos franceses han demostrado una gran capacidad no solo de supervivencia, sino de adaptación a los muchos cambios que han visto en su larga existencia, como lo demuestra el hecho de que en el período que va de 1870 a 1940 se reinventaron al abandonar los interiores suntuosos para ocupar un lugar en espacios como la ópera de París, la sala de Las Musas en el Elíseo, la Biblioteca Nacional y otros edificios de uso público, y asimilaron estéticas que en aquel mismo momento eran polémicas dentro del mundo de las artes plásticas, como el impresionismo. Así, aparecieron cartones diseñados por Gustave Moreau, Odilon Redon, Paul Cézanne, Jean Arp, Fernand Léger, Sonia Delaunay, Joan Miró, Klára Lenz y otros importantes artistas de esa corriente que revolucionó la pintura contemporánea.

Las técnicas de elaboración de Gobelinos no son excepcionalmente complejas y, con más o menos diferencias en dependencia de las épocas, pueden resumirse en pocos pasos. Primero el artista traza su boceto sobre cartón o una tabla de madera. Luego se comienza el entrelazado o tejido de los hilos en el telar, llamado también ligamento. El ligamento se compone de la urdimbre y la trama. La urdimbre es el soporte de la trama y la forman un conjunto de hilos paralelos dispuestos en sentido longitudinal en el telar. Sobre ella se van efectuando las “pasadas de trama” con los hilos de colores que van reproduciendo la decoración del cartón. La trama la forman los hilos horizontales que van cubriendo las urdimbres pares a la ida y las impares a la vuelta, (una ida y una vuelta corresponde a una pasada de “trama “). La trama se empieza a tejer desde la parte inferior del tapiz. Se utiliza cualquier fibra que el artesano decida: lanas, sedas, oros, plata…

Los Gobelinos franceses tienen su sede en la llamada “aldea de los Gobelinos”, un edificio del siglo XVIII en perfecto estado de conservación y clasificado como monumento histórico, muy cerca de donde estuvieron los primitivos talleres de monsieur Gobelin, el mago de los comienzos. Este sitio alberga hoy las tres manufacturas nacionales dedicadas al tejido desde hace más de tres siglos: los Gobelinos, Beauvais y la Savonneirie. La galería de los Gobelinos fue construida entre 1906 y 1914 por Jean-Camille Formigé, arquitecto jefe de monumentos históricos y arquitecto del metro aéreo de París.

Desde los tiempos del pintor Charles le Brun, primer pintor de Luis XIV y primer director de los Gobelinos, laboran en la aldea no solo pintores y tapiceros, sino también orfebres, ebanistas, fundidores y grabadores, y otras especialidades que hoy forman parte de los siete talleres de restauración y de mantenimiento del Patrimonio nacional. Allí se realizan labores de ebanistería, restauración de alfombras, tapices, lustros y bronces, tapicería de muebles y tapicería de decoración. Como en los primeros tiempos, todo el trabajo se sigue realizando a mano.

Gobelinos y tapices han demostrado ser un arte que no pasa de moda, y en nuestros tiempos, que se vanaglorian de estar en el último grito de lo fashionable, siguen tan vigentes que en muchos lugares se imparten cursos para enseñar a tejerlos, y quienes asisten pueden hacer sus propios tapices para decorar sus viviendas, sus oficinas, hacer cojines, alfombras, pantallas para lámparas, bolsos o, simplemente, obsequiárselos a sus amigos. No es posible hacer lo mismo con una estatua de bronce, un reloj de porcelana, una vajilla de marfil, pero ¿con un Gobelino? De imitación, por supuesto, y sin mayores pretensiones, pero que puede ser hermoso.

fny

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