Tiempo de sueños o casi tan gris como ese mar de invierno…
Tengo que agradecer mucho al Canal Educativo la iniciativa de colocar en su programación un espacio en las noches de sábado con videos de Nocturno, sin lugar a dudas uno de los programas de mayor audiencia que ha conocido Cuba.
Me pregunto si la radio cubana hubiera podido hacer el milagro de Nocturno sin España, pues la mayoría de la música que transmitían entonces era la que hacían los grupos españoles de la época, que se formaron y vivieron una verdadera eclosión con el despegue de una España post franquista que demostraba al mundo poseer mucho más que su rica música tradicional de zarzuelas, flamenco y gitanerías. Costó sangre, sudor y lágrimas que los grupos anglosajones fueran admitidos mucho después. El peso sonoro de una década estuvo entre nosotros a cargo de la Madre Patria. Sin ella, ¿cuáles serían ahora nuestros recuerdos?
Yo era muy joven cuando comencé a oír Nocturno. Tenía exactamente 12 años y era 1968, había entrado en octavo grado de secundaria, lo que equivalía entonces a ingresar en el gremio de los primeros novios. Fue también el momento en que descubrí a los Beatles. Todo aquel mundo sonoro terminó de un golpe con mi infancia y mi aspecto de patito feo dientuso y con espejuelos plásticos de fondo de botella, para dar paso a la adolescente esbelta de cabellos largos que se estiraba los párpados hacia las sienes para aliviar su miopía y evitar los espejuelos. Gracias a Nocturno mi vida cambió: comencé a tener un grupo muy animado de amigos, me volví absolutamente libre y todos los días me escapaba con ellos de la escuela para bañarnos en la playa o hacer maldades en el cine Mónaco sin la sempiterna escolta de mi papá. Empecé a ir a fiestas, y como mi secundaria estaba en una zona que había sido y era, todavía, habitada por una población con poder económico, las fiestas se daban en casas maravillosas, y algunos de mis amigos estuvieron entre los primeros afortunados que pudieron conseguir discos de los Beatles, los Rolling Stons y otros grupos ingleses. Fueron los tiempos de las minifaldas baby-dolls, que muchas de nosotras nos hacíamos con las amplias faldas nesgadas de vestidos de noche usados por nuestras madres antes de 1959. En minutos modistas hábiles transformaban aquellos espléndidos trajes en la nueva moda, y las vecinas viejas desaprobaban nuestros muslos desnudos con la boca torcida. Comenzamos a teñirnos el cabello con piedras de mercuro cromo que en el furor y resudor de los bailes chorreaban su extraña coloración por sobre los rostros, pero nadie se fijaba, porque estábamos muy absortos bailando rock lento o brincando frenéticos a go-go. Nuestros galanes llevaban melenas como John Lennon y Paul McCartney, camisas ajustadas al torso, jeans campana y botas de cuero de Alemania Democrática o tenis modestos de escuela al campo, en dependencia de las posibilidades de la familia. No había muchas opciones para medias, así que algunas muchachas se pintaban la costura sobre la piel, otras usaban medias tejidas con hilo de carretes Bebito que se vendían por la libreta en tiendas de canastilla, o una variante que hoy sería una antigualla museable: medias de pelotero dobladas sobre los tenis para disimular la desnudez del pie. Recuerdo que hacían lucir piernas perfectas incluso a las dueñas de canillas fatales. Y también ocurrió para mí algo definitivo: entre las muchachitas de mi escuela circulaban novelas de Corín Tellado que excitaban mucho la fantasía. Pero Corín Tellado, comparada con los Fórmula 5 o los Beatles se me antojaba vieja, así que escribí una yo usando como modelos las historias que contaban las canciones de Nocturno. Fue la primera vez que di un paso real hacia mi futura carrera de escritora y tuve, también por primera vez, un público muy atento en la clase de Lengua Española, donde la maestra nos hacía leer composiciones. Yo usé un truco de mercado barato —aunque entonces no sabía qué era eso— para captar la atención de mis condiscípulos: ellos eran mis personajes, y todos nos embarcábamos en aventuras a lo Massiel y Julio Iglesias, en playas maravillosas, y la música de fondo era… Nocturno.
Lo último que quiero recordar antes de llegar al final de esta memoria es el aspecto de La Rampa y toda la calle 23 las noches de fin de semana: muy iluminada, con oleadas de juventud alegre y despreocupada vagando Rampa arriba y Rampa abajo, luciendo en los portales del cine Yara la carterita comando traída por el padre marino mercante o el jeans del papá diplomático, y quienes iban para alguna fiesta atesoraban, bien escondido entre los libros de la escuela, el Album Blanco, porque aunque ahora la estatua de Lennon se haya convertido en sitio de culto y altar, entonces el portador de aquellos tesoros musicales se podía buscar un problema muy serio llevando encima cualquiera de esos acetatos o escuchándolos, aún si el grupo de fans se arrebujaba, bien oculto, en el baño de alguna mansión del Casino Deportivo, con el tocadiscos casi embutido dentro del cesto de ropa sucia.
Y estaban los clubes. Aunque yo recuerdo más el Sherezada y La zorra y el cuervo había muchos, todos en moneda nacional y con precios tan posibles que hasta unos estudianticos con calderilla en los bolsillos podíamos tomarnos unos mojitos en un pub y brincar sofocados al ser descubiertos por la imprudente linterna del camarero mientras estábamos “ligando” con novios y novias, arrullados por Julio Iglesias. O a lo mejor, con toda la alegría de que es capaz la juventud estábamos divirtiéndonos en las interminables colas de Coppelia o la pizzería La Rampa, o simplemente bebiendo el aire de la costa habanera sobre los muros del Malecón. Nadie nos cerraba el paso. Cuando pienso en aquellos tiempos no puedo evitar que vuelva a mi memoria el recuerdo de mi primer novio, un muchacho de noveno grado con una fama de gandul que no agradaba a mis padres ni a la directora de nuestra secundaria, Mercedes la Bruja. Años después, cuando yo estaba becada en la Escuela Nacional de Asesores de Arte (ENIA) y pasaba mis días en la Biblioteca Nacional entre Rimbaud, Baudelaire, Shakespeare, Durrell, Salinger, Fitzgeral y los pesados mamotretos de antropología que han sido siempre mi pasión, supe que algún amanecer lo encontró convertido en estatua de hielo sobre el banco de un parque en los Estados Unidos.
Ahora, en la enorme distancia del recuerdo, me parece increíble que mientras la juventud del mundo luchaba en el mayo sangriento del 68 en París, en la Plaza de Tlatelolco y en tantos otros lugares del planeta, las mayores batallas que librábamos mis amigos y yo ocurrieron en nuestras escuelas y en las calles de La Habana, y todo lo que demandábamos entonces era poder escuchar a los Beatles y que los varones fueran libres de llevar el pelo largo, que cesaran las odiosas planillas escolares con los humillantes “cuéntame tu vida”, que pudiera profesar en paz su religión quien la tuviese, y ver el mundo ancho y ajeno…. Entonces nos parecía que se restringían nuestros derechos de manera monstruosa y nos rebelábamos con furia digna de mejores causas, y luego todo cesaba cuando llegábamos a la Universidad, cada cual entrando sin obstáculos a la carrera que deseaba, y nos graduábamos y comenzaban nuestras vidas de adultos. Hoy me doy cuenta de que la mayoría de los jóvenes cubanos de los sesenta y los setenta, y aún de los ochenta, fuimos muy felices, y aquellas décadas las mejores de nuestras vidas, pero en aquel momento no lo sabíamos. Y toda, absolutamente toda la felicidad que entonces disfrutábamos sin saberla valorar tenía un alma: Nocturno, que se impregnó en una generación fuerte y de mente sana, con esperanzas, con pureza, con decencia. Eso puede hacer la música en bien de las personas.
¿Qué qué hago cada noche de sábado cuando veo ese fantasma de mi pasado revivir frente a mis ojos en el Canal Educativo? Pues llorar, por supuesto, hacia dentro, como lloran los que saben que la mejor parte de su vida, la visceral, aquella de las promesas de futuro se ha ido sin remedio, y ya solo nos queda este vacío casi tan gris/ como ese mar de invierno….
fny
