Aquellas frutas del más allá… ¿Se puede o no se puede?
Cuando era niña mis abuelos me compraban casi todos los días una cestica de frutas en las famosas Cuatro Esquinas de Luyanó. A cualquier hora siempre estaba allí un señor entrado en años de pie junto a una tarima surtida con frutas cubanas y de otras latitudes. Junto a las piñas, los mangos, las guayabas, los platanitos manzanos y otras muchas delicias nuestras, lucían sus pieles relucientes las jugosas peras, manzanas, albaricoques, duraznos, melocotones, uvas, damascos, y también higos y dátiles.
Una vez pregunté de dónde venían las frutas de climas fríos y desérticos, pues yo sabía que no eran de Cuba, y alguien en mi casa me contestó que venían en el ferry. Solo tuve idea de lo que es un ferry cuando en mi adolescencia, siendo ya alumna de la Escuela Nacional de Instructores de Arte (ENIA), nos llevaron en esa embarcación por primera vez a hacer la escuela al campo en Isla de Pinos. Entonces descubrí el agua tibia: el ferry de mi infancia venía de los Estados Unidos varias veces por semana al puerto de La Habana, y allí recogían su carga los comerciantes mayoristas y quizá también los humildes vendedores callejeros.
Hace algunos años, mientras visitaba a un señor que cultivaba tulipanes en la terraza de un apartamento en el corazón de El Vedado, me pregunté si se podría hacer lo mismo con aquellas maravillosas frutas “extranjeras” que tanto seguía deseando saborear en vano.
Sé que en Cuba se cultivan uvas, un poco ácidas, pero sabrosas (alguna variedad produce un vino cuya altísima calidad ha merecido reconocimiento internacional), y algo llamado pera china, roja y desabrida, durísima, pero nada comparable con los recuerdos que yo guardo en mi paladar.
Y de repente, mientras leía el libro Franceses en el suroriente de Cuba, de Carlos Padrón (Ediciones UNIÓN, 1997), encontré una descripción de los cafetales fundados por los franceses venidos de Haití en las cumbres cercanas a La Gran Piedra, en la que el autor cita al investigador Jorge Berenguer: “…se dedicaban a la producción de frutas europeas: peras, membrillos, flor de altea […]. Propiciaron la aclimatación del melocotón y el durazno […]. Santiago Danger introdujo el cultivo de la pimienta y la canela”. A continuación, cita Padrón un fragmento de un texto del viajero francés Hippolyte Piron en el que alaba a sus compatriotas:
Producen el mejor café de la isla. Los naranjos son enormes y dan unas frutas exquisitas […] Se halla el durazno junto a la chirimoya, la pera cerca de la guayaba, la uva a algunos pasos del mango, las fresas por encima del anón y del zapotillo. Esta mezcolanza nos encanta y nos prueba que nos encontramos en la tierra prometida. El clima es tan fresco que por las noches nos vemos obligados a cubrirnos con frazadas. Un jardín cercano a la casa reúne gran número de flores europeas.
No solo frutas, también flores, además de la extraordinaria calidad de los cultivos de azúcar, café, tabaco, algodón y otros. ¿Dónde estaba la magia de los franceses? ¿En su industriosidad, osadía e ingenio? ¿En el clima de montaña, con temperaturas más bajas que los agostadores calores de nuestras sabanas…? ¿En su experiencia como plantadores adquirida en Haití o en la de sus esclavos, a muchos de los cuales trajeron consigo?
De las posibles respuestas a estas preguntas la única verdaderamente importante es la relacionada con el clima. Hay en Cuba zonas donde pueden producirse cultivos muy diversificados, los franceses lo demostraron hace ya dos siglos, y lo que ellos hicieron con tecnologías agrícolas decimonónicas, ¿no podríamos hacerlo hoy los cubanos con posibilidades productivas mucho más avanzadas?
Pensemos por un momento en el mercado de Cuatro Caminos, próximo a reabrir sus puertas tras un largo proceso de remodelación, e imaginemos sus tarimas llenas con nuestras jugosas frutas nacionales junto a esas otras no menos deliciosas y nutritivas que, aparentemente, solo pueden “venir en el ferry”. Sería una forma más de derrotar al bloqueo económico que padece nuestro país desde hace más de 60 años. Y ojo: no habría que importarlas. ¿Por qué no pensamos en eso?
fny
