La casa colonial cubana (II)

La casa colonial cubana (II). Foto: https://www.pinterest.com.

Para que el lector pueda hacerse una imagen vívida de una casa colonial cubana, por fuera y por dentro, hemos seleccionado fragmentos de La piel Fugaz, novela histórica en fase de preparación:

Nuestra casona colonial, perteneciente a mi abuelo Juan el Marino, como yo le llamaba, estaba enclavada en la intersección de las calles de Luz y Oficios, y cuando el viento soplaba en esa dirección derramaba por sus interiores penumbrosos los penetrantes aromas del puerto, mezcla de brea, yodo y sal, de mieles y pan de azúcar embalsamado en sarcófagos de cedro. La segunda razón era de carácter más material: la casona databa del siglo XVIII, y se encontraba en una callejuela estrecha que no le permitía poseer un amplio soportal con arcos de medio punto y columnas toscanas, Sin embargo, nuestra casa era hermosa y yo aún recuerdo con nostalgia su techumbre de arcilla rojinegra brillando bajo el sol, y el amarillo intenso de sus muros de caliza conchífera traída del litoral, que a pesar del tiempo seguía conservando esa humedad marítima que inunda la penumbra de las habitaciones con un olor tenuísimo de algas sepultadas; su zaguán de azulejos gaditanos abierto a un amplio patio colonial lleno de plantas verdecidas descolgándose hasta el suelo, como una cabellera de mujer, desde enormes tinajas sujetas a los barandales de la galería cubierta de persianas y de balaustres de madera blanquísima, de exquisito torneado curvilíneo que evocaba al mirarlos las curvas opulentas de un cuerpo de mujer; y en medio de toda esta vegetación, el aljibe sencillo en el que hundían sus baldes las esclavas varias veces al día en procura del agua necesaria para la vida de la mansión. Con el tiempo, mi madre logró autorización de papá para disfrazar el humilde aljibe de fuentecita manadora con tres brocales de losas coloreadas, y lo llenó de carpas vivísimas, de rosas rojas y jicoteas bobas, endosándole encima un copia en mármol de la Venus Medícea, cuyas apetitosas desnudeces no tardó en hacer cubrir, aconsejada por su confesor que temía la lujuria de los negros, con un rígido paño sin gracia en nada semejante a los genuinos peplos de las vírgenes griegas. El entresuelo donde vivía la servidumbre, sin duda el lugar más alegre de la casa, nos estaba terminantemente prohibido a nosotros los niños, a quienes, sin embargo, se nos permitía corretear libremente en tropel por las dependencias del piso bajo, las cocheras, la caballeriza, la cocina y los lavaderos, donde podíamos hartarnos de mameyes y naranjas, oír los cantos de los esclavos y las bromas que se gastaban, y ver quizás otras cosas no muy edificantes. Pero a mí lo que realmente me gustaba hasta el delirio era sumirme en la contemplación de los altos aparadores del comedor, repletos de vajillas de plata y porcelana con dibujos de pastoras y amorcitos, y las vitrinas de bibelots delicadísimos que mi madre atesoraba con celo. Y aún más me motivaban los pisos de madera cubiertos por alfombras espesas que debían apagar el rumor de los pasos sin conseguirlo jamás enteramente. Si durante toda mi existencia poseí un oído tan sensible, lo debo sin duda a la costumbre adquirida durante mis infancia de quedarme muy quieta en cualquier lugar de la casa, percibiendo el eco asordinado de las vibraciones, a través del cual podía percibir en todo momento dónde se encontraba y qué hacía cada uno de los habitantes de la casa. Este arte que perfeccioné con dedicación digna de mejor causa me permitió descubrir secretos que entonces, por mis pocos años, nunca debí llegar a conocer.

Otro de los grandes encantos que tenía para mí nuestra antigua mansión residía en la contemplación de las cenefas pintadas sobre las paredes y que me sacaban más de media cabeza de alto ; las del comedor ofrecían a la vista motivos geométricos de vivos colores, algo opacados por la antigüedad de los pigmentos empleados, mientras que las del comedor eran como extensos lienzos cubiertos por todas las variedades florales que la imaginación más exaltada pudiera concebir, y por pájaros de plumaje brillante que se diría prestos a levantar el vuelo. También me fascinaban las imágenes de cristal coloreado sobre las mamparas con que mi madre, en su insaciable afán renovador, había hecho proteger las puertas siguiendo el estilo de los palacios modernos. Pero creo que el espectáculo más impresionante para mis ojos de niña se producía sólo en ciertos momentos del día, cuando la luz solar atravesaba los lucernarios incrustados en mediopuntos de balcones y ventanales, se licuaba en las tintas rojo purpúreo, amarillo áureo, naranja frutal y cobalto insondable del vidrio emplomado, y terminaba derramándose sobre los muebles y las colgaduras, en deslumbrante juego de matices que evocaba la iridiscencia de un caleidoscopio. Cuando esto sucedía, especialmente a la caída de la tarde, aquel portento de luz multicolor se me antojaba una gloriosa prueba de la existencia de Dios, embargándome una exaltación muy cercana al éxtasis del alma en comunión con lo divino. En realidad aquella fue la única experiencia religiosa que tuve en mi infancia, pues los altares de los templos, los claustros de los conventos y los santos de semblante martirizado y plantas llagadas con pintura roja nunca me conmovieron.

Pero donde mi padre se negó rotundamente a complacer la caprichosa vanidad de mamá fue en lo tocante a la modernización de la escalera, que nacía en la primera crujía del piso bajo y unía este con los aposentos del piso alto; modernización que ella pretendía llevar a cabo recubriendo los escalones de piedra original con mármol italiano costosísimo. “Querida, no puedes convertir en pavorreal a una gallina vieja por más plumas que le pegues, fue su sentencia definitiva. Así las cosas, la inquieta María Luisa tuvo que conformarse con los pasos moldurados de azulejos y las viejas barandas talladas en madera dura. Y yo me divertía locamente cuando veía crisparse el rostro de mi madre al sentir el irritante chillido que producían, en inevitable frotación con la piedra desnuda, los altísimos tacones de las damas que diariamente nos visitaban de cuatro a cinco, después de la siesta, para pasar la velada en inefable y siempre renovado cotilleo.

Este último fragmento, también de la novela antes mencionada, describe, aunque de forma recreada, la mansión la poderosísima familia Ximeno y Cruz tenía en la ciudad de Matanzas:

La casa de la calle Gelabert tenía tres patios. En el último estaban los lavaderos, en un declive del terreno, y junto a estos, semienterrada bajo el nivel del suelo, la puertecita de maderas resecas que conducía a esa especie de paraíso del inframundo que era para nosotros la bodega de los vinos. Había allí botellas tan añejas que una capa de hongos ocultaba la etiqueta con la marca y el año de cosecha. No había ninguna clase de iluminación y cuando algún esclavo debía aventurarse en su interior llevaba invariablemente una vela o un candil para alumbrarse el camino (…).
Sirva de ilustración también esta otra descripción proveniente del mismo texto, pero esta vez enteramente reconstruida sobre memorias de época:
(…) la casa que ahora visitábamos estaba montada con todo el lujo y esplendor a que los riquísimos Abreu estaban acostumbrados. Solamente la puerta principal tenía un labrado de la madera tan exquisito que la convertía en una auténtica obra de arte. Era una edificación bastante antigua, con paredes de piedra y techos de maderas preciosas ricamente trabajadas. Poseía dos plantas sostenidas por poderosas columnas de hierro y tantas ventanas que sólo una ligera mariposa hubiera podido volar por varias de ellas en el transcurso de unos minutos. Estas ventanas estaban todas protegidas por un enrejado de preciosas volutas y en la planta superior había estrechos balcones esquineros con guardavecinos coronados de flores. La puerta principal se abría a la cochera y a un lado quedaba la sala, que era más bien un lugar para recibir momentáneamente a quienes llegaban, y de ahí se pasaba al almacén, dependencia que ya los Abreu no utilizaban, pero donde aún guardaban reliquias del patrimonio familiar, y que se abría a un patio cuadrado y amplio, en cuyo centro una fuente de mármol representaba a una hermosa Afrodita con peplo, de cuya boca abierta manaba un alegre surtidor. Los muebles del piso alto, al menos los del salón y el comedor, eran de estilo Luis XVI, de palisandro con aplicaciones en bronce sobredorado. De las cornisas de caoba oscura descendían cortinajes de tupido damasco estampado en todos los matices del sepia con pájaros exóticos y flores, rematados en el ruedo por madroños de seda marrón. Fuentes, cestas, candelabros, ceniceros, braceros, escupideras y jofainas eran de plata cifrada, dando al espacio una sensación de austeridad casi monacal acentuada por la penumbra agazapada en los rincones y por el fuerte olor a metal recién bruñido y a encierro que flotaba en el aire. A este ambiente de claustro contribuían aún más los cuadros de familia, cuyos rasgos y porte severísimo denunciaba desde lejos el sello de la consanguinidad. Eran todos de ancianos y ancianas, y ni una nota de juventud perturbaba aquella deprimente galería de rancios patricios villareños.

En cuanto al comedor, importantísima pieza de la casa no sólo por la función de alimentación familiar, sino por el uso y abuso que hacían de él los patricios criollos, muy dados a ofrecer grandes banquetes sociales por cualquier pretexto:
(…) un salón inmenso con puntal altísimo y pisos de mármol verde con hermosas vetas. Las paredes, completamente cubiertas de paisajes de Europa que representaban momentos de las vidas de aldeanos y cazadores y pastoras. La mesa era la más grande de todas cuantas había visto, de caoba y mármol verde, con capacidad para ochenta cubiertos. Al fondo del salón un aparador enorme con puertas de cristal guardaba vajillas enteras de varias marcas y países, allí la porcelana de Dresde, la loza japonesa, las salseras de Bristol, acá las soperas de Derby, teteras de Chelsea, piezas de Sevres y la preciosa platería de Furstenberg llenaron mis deslumbrados ojos con sus mil diseños y colores, y la cristalería de Baccrat y Bohemia, inmensamente superior a la de mi casa en el labrado exquisito del cristal y la iridiscencia de los tonos, trastornó mi alma por un instante ante el espectáculo de tanta sublime belleza. Un enorme centro de mesa emergía triunfante de todo aquel caleidoscopio: un ciervo de plata maciza en actitud sedente sostenía entre el ramaje de sus astas un bellísimo plato de Bohemia en cuyo interior flotaba un pequeño jardín natural, un vergel donde las rosas en todos sus matices se mezclaban con claveles, dalias y madreselvas. En cuatro mesas esquineras se erguían cuatro imponentes candelabros de plata de siete brazos. Imaginé aquel comedor de leyenda iluminado por aquellas opulentas joyas y se me cortó el aliento.
Los patios, tan importantes en viviendas asoladas la mayor parte del año por un solazo que convertía a los habitantes en seres inertes constantemente abanicados por sus esclavos, tenían la doble función de airear las mansiones y de iluminarlas:
(…) me propuso llevarme a los patios que no podían verse desde el salón principal por quedar ocultos tras otros cuerpos de habitaciones de la mansión. Me dejé conducir y pronto me introdujo en un jardín de ensueño. Había allí, como en todo gran patio de entonces, una fuente central con su correspondiente grupo escultórico representando el rapto de las sabinas. El surtidor se desgranaba alegremente sobre el agua en la que nadaban pequeños peces multicolores. Otras estatuas custodiaban las esquinas, sosteniendo, como el siervo del comedor, enormes platos donde crecían ramos de madreselvas, de estefanoides, de picualas con su aroma penetrante y dulzón tan parecido a un perfume de invierno. Arriba, de los barandales de madera torneada que cercaban las galerías, se descolgaban la yedra lujuriante, la flor de cera con sus simétricas estrellas, la malanga de hojas anchas como abanicos, el bambule y otras plantas que en su exuberante verdor conferían a aquel espacio abierto bajo el cielo la lujuriante apariencia de un paraíso.

¿Casa de familia, mansión, palacio, centro de operaciones, nido de amores y lujurias, punto de gravitación social, templo destinado al culto de la Belleza…? Sí, la casa colonial cubana fue todo esto, y hay que ver con pena cómo el concepto que tiene el hombre moderno der lo que es una vivienda difiere visceralmente del que tuvieron nuestros antepasados, quienes sentían que vivir era plenitud, nunca pragmatismo, belleza y no solo confort. La casa era trasunto del espíritu, y elevado fue en aquellos tiempos fundadores que pusieron los cimientos de nuestra casa-nación.

fny

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