Llegada del príncipe inglés Guillermo Enrique a la Habana (Parte II)

MONUMENTO A GUILLERMO IV

Después de su agitado primer día en la Habana, narrado anteriormente, durante la primera noche el joven príncipe fue homenajeado por el gobernador Unzaga con un banquete y un gran baile, donde pudo mostrar sus habilidades para la danza ante las doncellas de la burguesía criolla que le rodeaban y se disputaban su atención.  Guillermo Enrique, que era poco dado al protocolo y a la etiqueta, en su precario español propuso a las chicas que lo llamaran simplemente “Willy”, lo que sin dudas favorecía las relaciones y las hacía menos rígidas.

Al día siguiente lo invitaron a pasar revista a la escuadra que lo había recibido y a visitar el afamado Real Arsenal, donde contempló la construcción de los navíos de guerra. Luego de que el comandante general de la escuadra le obsequiara con un banquete, montó a caballo con los generales jefes de la guarnición, revistó la tropa y presenció ejercicios militares en el prestigioso Campo de Marte. En la noche disfrutó de otro gran banquete además de un baile de seis horas.

Hay quienes dicen que enamoró a la hija de una de las principales autoridades coloniales, con lo que provocó el escándalo de la sociedad habanera, pero por suerte este suceso no pasó de ahí, aunque pudo haber sido sangriento, según se cuenta.

Mientras que él y sus acompañantes la pasaban muy bien disfrutando de disimiles atenciones, el Almirante de la flota inglesa se inquietaba a bordo de la nave almiranta, quien al considerar que el joven extendía en demasía su estancia, le envió un mensajero con la advertencia de que si no reembarcaba de inmediato, proseguiría viaje dejándole en tierra, por muy príncipe e hijo de monarca que fuera; algo así como una frase muy utilizada en nuestra cotidianidad ¡Monta que te quedas!

Según se afirma, Guillermo, conocedor de la dureza del Almirante, no dudó en regresar a bordo sin chistar, y la escuadra continuó la travesía prevista, no sin antes celebrarse el acto de despedida.

El príncipe, visiblemente satisfecho y emocionado por su estancia en la villa pasó entre dos líneas de tropas en dirección al muelle, donde tomó la barca que lo condujo hasta su fragata, ubicada fuera del Morro.  Fue despedido por el capitán general, el comandante de la escuadra y los jefes subalternos de ambos cuerpos armados, que lo acompañaron en tanto los navíos ingleses y españoles hacían intercambio de salvas.

Guillermo continúo su carrera naval y en 1789, además de ser promovido a contraalmirante, pasó a ser Duque de Clarence, aunque termina el servicio activo en la marina un año después. En 1798 se le confirió el grado honorífico de almirante, seguido del de Gran Lord Almirante.

En 1830, al fallecer su hermano, el rey Jorge IV, ocupó el trono con el nombre de Guillermo IV. Era el tercero en la línea de sucesión al trono y nunca se creyó que obtuviera la corona, pero el escenario fue otro: sus hermanos fallecieron sin dejar herederos, por lo que se convirtió en el rey Guillermo IV, y con 64 años fue la persona más vieja en ocupar el trono inglés.

Se le llamó el “Rey marinero” por su servicio en la armada, pero se desconoce si alguna vez dejó constancia personal de su breve e intensa estancia en La Habana, de la cual partió impresionado por sus encantos. MONEDA-CON-LA-ESFINGE-DE-GUILLERMO-IV

Durante su reinado se promovieron varias reformas importantes: la Ley de Pobres fue revisada, el gobierno municipal democratizado, el trabajo de niños fue restringido y la esclavitud suprimida en todo el Imperio Británico.

La legislación más importante del reinado de Guillermo IV fue la Ley de reforma de 1832, que modernizaba el sistema electoral británico. Guillermo IV no intervino en política tanto como su hermano o su padre, pero fue el último monarca en designar un primer ministro en contra de la voluntad del Parlamento, en 1834.

Falleció en 1837, y al no tener descendientes legítimos la corona pasó a su sobrina de 18 años, la duquesa de Kent, quien luego reinara durante 63 años como Victoria I de Inglaterra.

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