Soy La Habana
Este 16 de noviembre permítanme hablar de mí, porque no siempre se siente el regocijo de cumplir quinientos años y llegar a esta vetusta edad con los renovados bríos con que me han agasajado muchísimos habaneros, empecinados en rescatar poco a poco mi esplendor.
Debe ser por eso que hoy los leones del Paseo del Prado me rugen piropos, la farola del Morro me hace seductores guiños luminosos, los recios adoquines se tienden como una mullida alfombra ante mis pasos… y hasta la altiva Giraldilla me dedica una sonrisa a modo de alabanza.
Soy La Habana que llega al medio milenio con piernas de columnas, busto de balcones, ojos de vitrales, cabellos de tejados, y el aroma de salitre -o tal vez de lágrimas- que brota desde el mar para abarcar el banco más largo del mundo: ese Malecón hecho a la medida de tantos romances y no pocas nostalgias.
Soy La Habana que hoy se regocija de su edad, pues no hay que reparar demasiado en lo que el tiempo me quitó, sino en lo que me depararán los años por venir si mis hijos por nacimiento o adopción hacen lo suyo para preservar e incrementar todos mis encantos.
Y lo digo sin vanidad alguna, pues no existe otra capital a la que le hayan ofrendado su inspiración tantísimos cantores, pintores y poetas. Incluso los nacidos en otras latitudes del planeta, que al tenerme frente a frente se han rendido de admiración por mí.
Será porque soy una ciudad tan real como maravillosa, que se mueve a los compases de un concierto, de un bolero, de un salmo o de un bembé; una ciudad que eleva con el mismo fervor plegarias y consignas; que amanece mezclando su esperanza con el sabor dulce-amargo del primer sorbo de café, encara sus faenas cotidianas con el afán de hacer posible lo imposible… y se acuesta a dormir colocando sus mejores anhelos debajo de la almohada.
Soy La Habana: una ciudad con nombre de mujer que llega a sus quinientos años, y seguro que de no existir… ¡alguien hubiera tenido que inventarme!
imop/
