Una princesa en la habana colonial (Parte II)

princesa María Eulalia de Borbón

La llegada a la Habana de la hermosa princesa Eulalia ocurrió el 8 de mayo de 1893, y tanto en el litoral como en las cercanías del muelle de atraque, se reunieron, en posiciones de privilegio, las principales autoridades político militares y lo más selecto de la sociedad habanera, así como la guardia de honor y una multitud de pobladores que no querían perderse tal acontecimiento.

Una mayúscula sorpresa protagonizó la distinguida visitante, quien a su llegada lucía un traje en tela azul celeste y un cuello de terciopelo rojo, que reproducía los colores de la bandera de los mambises, algo lógicamente prohibitivo, por la férrea censura de las autoridades españoles.

Años después, al escribir sus memorias, explicó que se negó a cambiar el vestuario porque el vestido de su elección para ese viaje y su similitud con los colores de la bandera cubana era una coincidencia, aunque muchos lo consideraron como una muestra de simpatía por la causa cubana.

Su amorío por la villa fue instantáneo, y con gran maestría en su verbo dejó constancia de ello. Muy rápidamente manifestó: “Las primeras impresiones de la ciudad de La Habana me han recordado a Sevilla, con sus casas bajas, tan apretadas unas contra otras y rematadas todas ellas por una azotea».

Del Morro, escribió «Es un inmenso peñasco lleno de majestad, que se erige perpendicularmente sobre el mar. Sus muros, sus parapetos, sus torres, sus pendones, sus señales flotantes y el faro que lo domina, le dan el aspecto de una gran máquina de guerra, de un coloso puesto de centinela para guardar la ciudad».

EULALIA - PATIO DEL PALACIO DE LOS CAPITANES Y GENERALES DE LA HABANAPara agasajarla le fue ofrecida una recepción en los jardines de la Quinta de los Molinos, la cual describe como un paraíso, donde «Las lindas cubanas, con sus vestidos claros, iban y venían, agitando sus abanicos, cuyos tonos multicolores mariposeaban sobre la verdura obscura entre una lujuriosa vegetación tropical (…). Había oído siempre ponderar la belleza de las habaneras, su señorío, su elegancia y, sobre todo, su dulzura, pero la realidad superó en mucho a lo que había imaginado».

En carta a su madre, la reina Isabel II, le expresa: «No puedes figurarte hasta qué punto La Habana y yo formamos un solo cuerpo y un solo pensamiento. (…) voy a abandonar este admirable país —calor aparte— donde todo es interesante, donde todo embelesa por su encanto (…)”“Sentiré seguramente la nostalgia de La Habana, (…), con su mezcla de habitantes, que va del blanco al negro, pasando por el tono de los mestizos» (…).

Las autoridades le prepararon un amplio programa que incluyó visitas a una fábrica de tabacos y un hospital, comidas en su honor, paseos a caballo y una recepción brindada por los condes de Fernandina en su palacio del Cerro, gesto reconocido por la Infanta con su descripción sobre la fiesta “(…) me impresionó vivamente, por su elegancia, su distinción y su señorío, todo bastante más refinado que en la sociedad madrileña de la época… La Habana es una ciudad rica, espléndida, galante, hecha al derroche, a la suntuosidad y al lujo, a las elegancias europeas y al señorío criollo. La Habana nos hizo un recibimiento cálido, afectuoso y simpático, sin severidad formularia, pero lleno de emoción, como son los cubanos”.

Algunas fuentes señalan que durante su estancia en La Habana recurrió al periodista catalán de ideas liberales Antonio de San Miguel, quien le facilitó contactos con intelectuales y políticos de la Isla y representantes de «gente de color», entrevistas de las que pudo sacar, en tan poco tiempo, una valoración muy objetiva de la situación cubana en 1893.

Apunta nuestro personaje que Cánovas le explicó que su visita tendría la misión de “Calmar a los cubanos y llevarles el anuncio de que Su Majestad atenderá, en lo posible, sus peticiones. Nuestra política respecto a Cuba cambiará en adelante (…) pero antes hay que someter a los insurrectos, sin lastimar a nuestros adictos”, según relató la viajera.

Sobre la realidad política en Cuba fue muy sincera cuando sintetizó su parecer: “Pocos días me bastaron para darme cuenta de la verdadera situación cubana (…). Detrás de las atenciones, de la gentileza y de la afabilidad característica del habanero se descubría su pensamiento político distanciado de la corona… Solo escuché palabras de respeto, de simpatía y de homenaje. Pero vi que en Cuba nuestra causa estaba perdida definitivamente”.

“Al partir, mi corazón se ha apretado como si nunca más tuviera que volver a pisar esta tierra tan fecunda, este país encantador donde los sentimientos son tan vivaces como las plantas y los árboles… me ha parecido que dejaba detrás de mí algo de mí misma”.

María Eulalia de Borbón tendría una larga vida. Durante gran parte de ella fue la incomprendida de la Casa Real española, sobre todo en la primera década del siglo XX, cuando llegó a ser desterrada por el Rey a consecuencia de sus posiciones propicias a la exigencia de los derechos de las mujeres y a la crítica a la sociedad española en general.

Murió en España, en 1958 y para siempre quedó en su recuerdo el “país encantador donde los sentimientos son tan vivaces como las plantas y los árboles”.

imop/